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martes, 20 de septiembre de 2011

LAS LUCIERNAGAS DEL TIEMPO


En alguna ocasión alguien me dijo que la vida es como un río en cuyas aguas uno se baña una sola vez. O quizás lo leí en un libro de Herman Hesse. En realidad, No recuerdo quién fue, pues a mi edad, las voces y los rostros se nublan a menudo y suelo confundir a mis nietos con sus hijos en bastantes ocasiones. Los días pasan veloces y el tiempo se concentra ante mis ojos en un solo punto, mezclando el pasado con un escaso futuro. Pero, en general, estaría de acuerdo con ésta afirmación si en esta vida no hubiera tenido el placer de conocer a Hans Kluber, cuya curiosa historia  voy a relatar.

Durante mi juventud, estudié la carrera de físicas. Todo el mundo aseveraba que aquello no supondría valor alguno en el futuro profesional que me aguardaba, augurándome que acabaría como profesor en algún remoto instituto, dedicado a la docencia. Pero mi anhelo por la investigación del mundo que nos rodea era tal que para mí era una gran ilusión dedicar el tiempo a semejante sacerdocio. Por ello, al terminar mis estudios, envié centenares de currículums a los centros de investigación que resultaban interesantes a mis propósitos. Transcurridos los meses, no obtuve respuesta alguna, lo que me sumió en un estado de apatía e indiferencia. Cuando pensaba que todo esfuerzo era inútil y comenzaba a resignarme con una vida de común asalariado en cualquier oficina, o de funcionario en una institución, un buen día, recibí una carta de Industrias Kluber, en la que se me ofrecía un puesto de científico en Bruselas. La investigación estaba relacionada con la naturaleza de la luz. Ese mismo día hice mi equipaje y me dispuse a tomar el primer vuelo de la mañana.

Al salir del aeropuerto, un taxi me condujo hasta la dirección que figuraba en el membrete, que resultó ser una inmensa mansión a las afueras de la ciudad. La gran puerta de hierro de la mansión estaba abierta, de modo que me adentré caminando ruidosamente y con una maleta en cada mano por el camino de grava, rodeado por un cuidado jardín francés, que conducía a la puerta de la mansión. Ya al pié de las escaleras, una agradable joven, vestida con un trasnochado  conjunto de lunares, me dio la bienvenida

-         Buenos días –dijo la joven sonriendo - ¿Puedo ayudarte en algo?

-         Buenos días. – contesté intentando devolverle la sonrisa - Me llamo Pedro García, y he venido a cubrir una vacante en el equipo de investigación de Industrias Kluber.

-         Encantado, señor Pedro. No le esperábamos tan pronto –dijo la joven tendiéndome la mano. – Acompáñeme, por favor. Mi tío le recibirá en seguida.

La joven me condujo hasta en interior de la casa abandonándome en el Hall, al pié de una gran escalera, en donde hube de esperar un buen rato. Finalmente, reapareció en lo alto de la escalera, y desde allí gritó:

-         ¡Suba, por favor!. ¡Le están esperando!.

Subí las escaleras sin demasiada prisa, y la muchacha me condujo hacia la biblioteca, en donde aguardaba Hans Kluber.

El Señor  Kluber se hallaba junto a la ventana, mirando distraídamente al jardín. Era un hombre maduro,  de estatura media y elegantemente vestido. No parecía apercibirse de mi presencia en la habitación. Me disponía a presentarme cuando él comenzó a hablar, sin dejar de mirar por la ventana.

-         Supongo que es Vd. Pedro García.

-         Si señor.

-         ¿Está Vd. Casado?. ¿Algún tipo de relación sentimental?

-         No

-         Me agrada eso en un científico. El matrimonio y la investigación son a menudo actividades incompatibles, salvo, por supuesto, que tu pareja comparta la misma pasión. ¿No lo crees así, Pedro? – dijo Kluber apartándose unos pasos de la ventana .
-         Pues... Verá, señor Kluber. Hasta ahora solo he conocido a unas pocas chicas y no he tenido ninguna relación sentimental seria, por lo que no tengo al respecto ninguna opinión. – dije mientras miraba de reojo a la joven que me había acompañado, que permanecía junto a la puerta.

-         ¡Bien! –masculló Kluber –dándose la vuelta. – Muchas gracias, Marta. Puedes retirarte.-

Marta se deslizó fuera de la estancia no sin antes dedicarme una luminosa sonrisa de bienvenida. Kluber se apartó de la ventana y avanzó unos pasos hacia mí.

 – Dime, Pedro. ¿qué esperas de este trabajo?.

-         Pues, a decir verdad, todavía no tengo una opinión formada. Pero tengo experiencia en programas de investigación de la universidad, y espero que el trabajo que me ofrece esté en línea con las actividades que he venido desarrollando.

-         Espero que sí.- dijo Kluber colocándose frente a mí y mirándome fijamente. – El trabajo que te ofrezco está relacionado con la naturaleza de la luz. Es un trabajo de investigación, y por lo tanto está mal pagado. Comerás, dormirás y vivirás aquí, y los pocos ratos libres que te queden los dedicarás a revisar tus notas. ¿Es esto lo que esperabas?.

-         Pues la verdad es que sí, señor. Como ya le he dicho, tengo experiencia en programas de investigación.

-         ¡Y veo que también sentido del humor! – contestó riendo. Con una mueca irónica,  sopló largamente sobre mi rostro. Agitó la mano ante mis ojos y preguntó:

-         Dime, Pedro. ¿Crees que el aire existe?. ¿Acaso puedes verlo?. Ciertamente no, pero puedes sentirlo. Estás tan acostumbrado a su presencia que realmente resulta en gran medida inapreciable. Y sin embargo, ahí está .

Permanecí callado mientras Kluber me daba la espalda y descubría un bar oculto en una inmensa librería que ocupaba el fondo de la estancia. Kluber destapó una botella de cristal finamente tallada y llenó dos copas.

-         Quisiera que probaras este brandy. Es de mi cosecha personal. Estoy seguro que será de tu agrado.

-         Gracias, pero el alcohol no me agrada excesivamente. Preferiría algo menos fuerte. ¿No tiene algo más suave, como cerveza o un poco de vino?.

-         ¡Mi joven amigo!, - dijo Kluber ligeramente ofendido. – El vino se convierte en brandy con el paso del tiempo. Te ruego que lo pruebes. Lo encontrarás suave en extremo.

Nos sentamos en el salón de la biblioteca, y mientras degustábamos el brandy, Hans Kluber encendió un cigarro.

-         El aire, mi querido amigo, es el ente invisible que sostiene este humo de mi cigarro. Pero no es del aire de lo que realmente deseo hablarte, sino del tiempo. No me malinterpretes, - dijo riendo.- No estoy interesado en saber si lloverá mañana, o por el contrario habrá sol. Me refiero a esa clase de tiempo que ha transformado un rojo vino joven en brandy añejo. Algo que está aquí, como el aire. Algo que acumulamos diariamente, que nos hace cambiar imperceptiblemente  hasta consumirnos.

-         No comprendo a que se refiere.

-         ¡Por supuesto que no!. ¡Hace falta la experiencia de la edad para comprender la esencia del tiempo!. – contestó apurando el brandy  en un último trago.- Pero, si tu, Pedro, eres la persona que estoy buscando, no tardarás en comprender el significado de mis palabras.

Mientras degustaba con dificultad el brandy que me habían servido, Kluber abrió la carpeta que había sobre la mesa del salón. Se colocó unas gafas de montura redonda y hojeó el contenido de la carpeta.

-         Veamos... Según parece, efectuaste tus estudios superiores en el Instituto de Tecnología de  Massachusetts. ... Estudios de física, termodinámica, astronomía e informática. Supongo que sabes como funciona un aparato de aire acondicionado.

-         Por supuesto, señor.

-         De acuerdo. Acompáñame, por favor.

Abandonamos la biblioteca y descendimos las escaleras de la habitación, hasta llegar a un sótano. Allí tomamos un ascensor. Mientras el ascensor descendía, conversamos sobre la naturaleza de la luz. Experimentos en laboratorio habían revelado un hecho insólito sobre la naturaleza de la luz, por la que un mismo haz luminoso desviado en un punto y siguiendo un camino más largo alcanzaba el punto de destino simultáneamente al haz principal. Las teorías relativistas sobre este hecho evidenciaban una contracción del espacio-tiempo difícil de descifrar. Kluber afirmó que la explicación a este fenómeno no se debía a una curvatura del espacio, sino a un flujo de tiempo a través del propio haz luminoso, provocado por la expansión y compresión de la luz.


El laboratorio estaba instalado a gran profundidad, en lo que parecía una antigua mina de carbón. La instalación no presentaba un aspecto demasiado moderno, pero parecía bien equipada. Kluber abrió una pesada puerta, mostrándome un reactor con un cilindro de cristal en su interior, con cabida para un ser humano, rodeado de un tanque que envolvía un líquido verdoso y luminiscente.

-         ¡Bacterias luminiscentes! – afirmó con entusiasmo. - ¡La luz de la vida!. Y ahora quiero enseñarte otro de mis secretos. Mi bodega.

Tras el reactor se escondía una inmensa bodega repleta de barricas de roble. Las paredes de la bodega estaban llenas de botellas, en receptáculos con forma de panal. Kluber escogió una botella, la abrió y llenó dos  pequeños vasos. Después , colocó la botella abierta en una vitrina contigua al reactor.

-         ¡Vino joven! – exclamó -¡De la cosecha de este año!. ¡ El trabajo es tuyo, si lo aceptas!

-         Gracias. A su salud.

-         El sol ha sido este año generoso con la tierra – dijo chasqueando los labios. – Espero que sepas apreciar el buen vino.

-         En mi país, señor, el vino es una costumbre que se remonta al principio de los tiempos.

-         Eso me gusta. Creo que con la edad  aumentará tu aprecio por los buenos caldos. Ahora, quiero mostrarte algo sobre lo que deberás guardar un total silencio. ¿Ves ese frutero que hay sobre la mesa?

-         Si.

-         Coge la manzana más madura y colócala dentro del reactor.

Escogí una manzana  roja y blanda al tacto. Siguiendo las instrucciones de Kluber, abrí la puerta del reactor y la coloqué dentro del cilindro de cristal. Luego cerré la puerta. Kluber permanecía de pié sobre una consola de mandos. Activó un interruptor y la luz de las bacterias se incrementó paulatinamente hasta resultar cegadora. El líquido que contenía las bacterias entró en el cilindro formando un vórtice alrededor de la fruta. Un viento invisible parecía agitar a la manzana en el interior del reactor, como si el núcleo del vortex quisiera absorberla. A los tienta segundos, el reactor se detuvo y extraje la manzana. Se hallaba envuelta en un líquido resinoso, por lo que procedí a limpiarla. El color rojizo de la misma había desaparecido, tornándose en un verde claro. Su tacto era duro y firme.  Me acerqué a la mesa y, con un cuchillo, corté la manzana en dos trozos. El resultado no ofrecía dudas.

-         ¡Dios mío! – exclamé - ¡La manzana ha reverdecido! ¡ Se ha producido una disminución de la entropía de la manzana!. ¡ Es asombroso!.

-         ¿Entropía? – contestó Kluber - ¡Puedes llamarlo como quieras, pero yo lo llamo tiempo!. La manzana ha retrocedido en su propio tiempo, retrocediendo en los procesos biológicos que la transformaron hasta una etapa anterior. La expansión de la luz absorbió el tiempo acumulado en la manzana. ¿quieres saber a dónde fue a parar este tiempo?. – Dijo mientras cogía de la vitrina el vino joven que instantes antes habíamos degustado.- ¡Bebe!.

-         ¡El vino se ha tornado en vinagre!. ¡Su entropía ha aumentado!. Es lógico. La disminución en la entropía de un cuerpo viene acompañada por un aumento en la entropía del otro. Es un descubrimiento magnífico, pero dudo que tenga realmente algo que ver con un flujo de tiempo.

-         Y yo dudo que tenga algo que ver con la entropía.  El aumento o disminución de entropía en los cuerpos es solo una anécdota. Es solo una función que indica la energía interna entre dos estados diferentes.  La respuesta de cada sistema al absorber el propio tiempo.  La baja entropía se asocia con conceptos como el orden, la salud,   la paz y la vida,  y la alta entropía con el caos, la enfermedad, la guerra y la muerte, pero es tan solo una abstracción termodinámica.  ¿Preparado para el siguiente experimento?.

Y, sin apenas tiempo para responder, Hans abrió una jaula que contenía ratones de laboratorio y extrajo dos ejemplares. Al segundo le administró una inyección letal.

-         No me es agradable sacrificar a mis amigos, pero ¿quiénes somos nosotros para juzgar el tiempo.? – dijo mientras abría la nevera y extraía un cadáver de ratón medio descompuesto, envuelto en una bolsa.

Kluber depositó los dos cadáveres de ratón y el ratón vivo en el interior del reactor. Por último, llenó un recipiente con agua y lo introdujo junto a los ratones.

-         Como te será fácil comprender, todas las células del ratón que extraje del refrigerador  están muertas y en fase de descomposición. En cuanto al segundo ratón sacrificado, está físicamente muerto, pero la mayor parte de sus células están aún vivas. El tercer ratón goza por el momento de buena salud. Veamos lo que ocurre.

El reactor arrancó nuevamente. A través del visor de la cápsula observé como el ratón vivo, levitando en el reactor inmerso en el vórtice, menguaba de tamaño, hasta perder el pelo, convertirse en un feto de ratón y desaparecer completamente en medio del líquido luminiscente, como si el vórtice hubiera acabado por disolverlo.

Atónito por lo que contemplaban mis ojos, observé los resultados de la segunda cápsula. El ratón sacrificado mediante la inyección experimentó un ligero rejuvenecimiento en sus células. El estado de descomposición del ratón congelado disminuyó sensiblemente, si bien su tamaño no se alteró. En cuanto al agua contenida en el recipiente, no experimentó cambio alguno.

Permanecí  en silencio un largo rato, mirando a través del visor los resultados del experimento.

-         Escucha, Pedro – dijo Kluber en tono conciliador. – Como puedes ver, este experimento solo afecta a los seres vivos. Si hubiese habido una disminución en la entropía de los cuerpos, el agua se hubiese congelado.  Y no ha sido así. Simplemente, hemos conseguido invertir los procesos biológicos.

-         No sé que decir, señor. Estoy fascinado. Este descubrimiento podría cambiar la vida de mucha gente. La humanidad tendría acceso a la inmortalidad, y...

-         No corras tanto, Pedro. Recuerda que, como científicos, hemos de consolidar  los descubrimientos antes de hacerlos públicos. La humanidad  puede pasar sin ellos por el momento. Además,  habrás observado que extraer de los seres vivos lo que yo llamo el tiempo, no les devuelve en ningún caso la vida. Tan solo consigue rejuvenecerlos. Y  el proceso de rejuvenecimiento que has contemplado no es precisamente un lifting. Afecta a los seres vivos en su propia composición celular, y si se aplica a un ser humano, los resultados pueden ser imprevisible, ya que las células viejas son reemplazadas por otras nuevas. Probablemente, las células de memoria del cerebro resultarán regeneradas y perderían  la información almacenada durante toda una vida, resultando borrada una parte de la propia existencia humana. La persona saliente de la cápsula bien pudiera ser distinta a la que entró...

-         Y esa posibilidad solo puede comprobarse experimentando con seres humanos, exponiéndonos a su destrucción como persona e individuo. – respondí interrumpiendo a Hans mientras intentaba salir de mi asombro. - Tiene razón, señor Kluber. Debemos ser prudentes. No es un asunto para tomarse a la ligera.

-         Si lo deseas, podemos continuar esta conversación en el salón – dijo Kluber esbozando una sonrisa.

Dos grandes leños ardían en la chimenea del salón, tan solo iluminado por el resplandor de las llamas. La chica, Marta, ofreció una copa de brandy a su tío. Después se acercó a mí sonriendo e insistió en traerme una bebida, la cual acepté devolviendo la sonrisa a tan agradable portadora.

-         Confieso que estoy asombrado, Señor – le dije a Hans sinceramente.- Su descubrimiento puede revolucionar el concepto de la física desde sus cimientos. Le veo a Vd. Recogiendo un premio Nobel. No creo que exista nadie con mayor merecimiento...

-          No es necesario que me halagues, Pedro. Realmente, el mérito no es mío. Obedece a un accidente. A la casualidad. Yo solo he recogido los frutos, pero por el momento, la humanidad deberá quedar fuera de nuestro trato. ¿Entendido?.

-         Sí, señor – musité sin demasiado convencimiento.

-         Es un viaje atrás en el tiempo sin alterar el tiempo del universo presente. –dijo Hans mientras se recostaba sobre el respaldo de su sillón. – Pero existe el enorme inconveniente de que el viaje puede destruirte como persona. Ya has visto cómo la manzana reverdecía. Pero la pregunta es: ¿Se trata realmente de la misma manzana o de un simple clon que ocupa su lugar?. Al destruir sus células durante el proceso. ¿Qué garantía tenemos de hallarnos frente al mismo ser?.

-         Sin embargo, el ratón ha rejuvenecido delante de nuestros ojos, hasta desaparecer en un momento previo a su existencia. ¿No es aquello una prueba de la conservación del ser en esencia?

-            El proceso de rejuvenecimiento puede prolongarse hasta el mismo momento de la concepción. – respondió Kluber gravemente.- Si la esencia de un ser se encuentra en su concepción, estarías en lo cierto, pero ¿Acaso no somos una alianza temporal de fuerzas que se unen para formar a un ser?. Y si se separan ¿Dónde queda la esencia.? ¿En el óvulo o en el espermatozoide, portadores ambos del código genético?. ¿O acaso hay una esencia, un pasajero del cuerpo?. Lo que ocurre más allá, en el instante antes, sigue siendo  para mí un misterio. Pero en cualquier caso, deseo que investigues el fenómeno. Debemos controlar el proceso a voluntad para que solo una zona del cuerpo pueda ser alterada. De este modo, podremos devolver localmente la juventud a aquellas partes del cuerpo que lo necesiten, respetando la integridad de otras. Hasta la fecha, no he podido conseguirlo. Espero que tú tengas más suerte.

Tras una larga velada y horas de reflexiva conversación, Marta me condujo por los corredores de la mansión hasta la puerta misma de mi habitación, en donde ya se encontraba mi equipaje.

-         Bueno. Finalmente hemos llegado.- dijo Marta tras abrir la puerta.- Antiguamente estos aposentos se destinaban a mazmorras. Pero con una buena calefacción, resultan confortables.

-         Me parece perfecto –respondí mirándola a ella en lugar de la habitación – Creo que me va a gustar estar aquí.

-         Espero que no te aburras – respondió sonriendo.- A parte del laboratorio, no hay mucho que ver por aquí.


 Seguidamente me deseó buenas noches y procedí a instalarme en lo que sería mi cubil durante los meses siguientes.

Durante el tiempo que duró a mi estancia en la mansión de Hans Kluber, raramente abandonaba el laboratorio. Me entregué por completo a la investigación, con la máxima pasión que puede ofrecer un ser humano Las radiaciones emitidas por aquellas increíbles criaturas luminiscentes absorbían toda mi atención, colmando mi capacidad de asombro. Cuando se alteraba de modo brusco sus condiciones de presión y temperatura, provocaban durante los periodos de decremento que las enzimas de los seres vivos funcionaran temporalmente al revés de cómo lo hacían habitualmente, mostrando una actividad  frenética, desmontando literalmente las cadenas de ADN que forman células vivas, como una meticulosa brigada de desguaces y combinándolas con las vecinas. De este modo, las células no se dividían, sino que se fusionaban entre sí, y de la unión de dos células surgía una nueva y mejorada, que sumaba la vitalidad de sus dos donantes desechando los elementos descartados al soluto circundante. Por el contrario, la radiación inducida al comprimir la luz aceleraba la mitosis celular y el caos se abría paso a través del organismo hasta provocar su derrumbe.

A veces pensaba que Kluber había errado al elegirme como ayudante, ya que mis conocimientos de biología eran escasos y quizás la explicación al fenómeno estaba más cerca de la propia naturaleza de los seres vivos que de las propiedades de la luz en expansión. Pese a ello, mi ánimo no decayó, y me empeñé en efectuar extraños experimentos con los roedores del laboratorio, seccionándoles un miembro y reimplantándolo nuevamente. Pese a que los resultados no fueron malos, ninguno podía compararse con la aplicación del ensayo a un ser vivo completo.

Durante las pausas,  tomando café o a la hora del almuerzo, solía conversar con Marta. La joven se sentía demasiado controlada por su viejo tío, que la mantenía aislada del resto del mundo y la obligaba a someterse a reglas estrictas. Frecuentemente se quejaba de que su tío le prohibía ver la televisión o tan siquiera escuchar la radio, pues según Hans, ello repercutía negativamente en el intelecto del ser humano. Tan solo la lectura le era permitida, y Kluber filtraba también el contenido de los libros. El tabaco lo tenía totalmente prohibido y pese a ello, Marta parecía tener adicción. frecuentemente se pasaba por el laboratorio para mendigar un cigarrillo e intercambiar una pequeña charla. De este modo, sin apenas darnos cuenta, la distancia que a ambos nos separaba fue decreciendo, uniéndonos a ambos en un círculo más y más pequeño, hasta que, un buen día, el círculo se convirtió en un punto y nuestros labios se juntaron en un beso .

Ella desapareció corriendo escaleras arriba, dejando en mis labios el sabor de su boca y sin haber podido decirle tan siquiera que la amaba.  Aquel día no pude concentrarme en el trabajo, pues el hecho ocupaba toda mi mente y no pude dejar de pensar en Marta durante todo el día. Al caer la noche, los tres cenamos en el comedor. Kluber charló locuazmente, como siempre solía hacerlo, preguntando sobre los progresos de mi trabajo e interesándose por el estado de los ratones mientras Marta consumía su cena sin apenas levantar la vista del plato. Pero cuando ocasionalmente lo hacía y nuestras miradas se encontraban, su rostro se ruborizaba visiblemente. 

Ya de madrugada, mientras el insomnio castigaba mi mente y mi cuerpo rodaba a un lado y otro de la cama, la puerta de mi habitación se abrió y entró ella. Quise hablarle pero de un salto se montó sobre mi cuerpo como una amazona y colocando el dedo índice sobre mis labios, me rogó silencio. Apartó las sábanas y alzó los brazos, despojándose del camisón que la envolvía, volteándolo sobre su cabeza y mostrando su cuerpo desnudo. La besé sus senos y nos fundimos en un interminable abrazo...

No se en qué momento, mientras nuestros cuerpos se agitaban juntos presa de sudorosa pasión, apareció Kluber junto a la cama, como surgiendo de la oscuridad de la habitación bajo el fulgor de un relámpago. Tenía los ojos enrojecidos y una mueca de ira cubría su rostro. Por un instante, pensé que iba a matarnos a ambos y grité. Marta también gritó, pero Hans  gritó el último. Y lo hizo con el aullido enloquecido de un animal herido.

Sin apenas esperar un segundo, Marta saltó de la cama, cogió su camisón y tapándose el pecho, salió corriendo desnuda y descalza, atravesando los oscuros pasillos. Kluber le ordenó inútilmente que regresara y visiblemente frustrado salió en su persecución, no sin antes volverse hacia mí, señalarme con el dedo y gritarme que ajustaríamos cuentas más tarde. Se encontraba tan alterado que, al desaparecer de la habitación, comencé a vestirme apresuradamente, pues temía que Marta pudiera sufrir algún daño, dado el evidente estado alterado que Hans  presentaba.

Al llegar a la habitación de Marta, encontré la puerta entreabierta. Ambos lloraban, sentados en el borde de la cama. Hans había cubierto el cuerpo de la joven con la manta y  la rodeaba con su brazo. Al verles, preferí permanecer detrás de la puerta escuchando la conversación que mantenían.

-         Nunca me importó tu edad, ni las arrugas de tu rostro. –sollozó Kluber acariciando el rostro de la joven-. Todo lo hice por ti, para librarte de ese cáncer que te consumía. Una nueva oportunidad. No me importó si tu memoria desaparecía o se alteraba porque existía un amor que nos unía.

-         ¡Déjame, por el amor de Dios! –gritó Marta liberándose a codazos del abrazo de Hans - ¡Estás totalmente loco!. ¡Te odio. Has convertido mi vida en un infierno!. ¡No lo soporto más!.

-         Pero el amor es efímero. Y la Marta que conocía se la llevó el tiempo. ¿Debí dejar que te extinguieras como una llama entre mis brazos, y recordarte luego como mi amor perdido?. Quizás hubiera sido mejor que soportar tu nueva e insoportable adolescencia, pero esperaba que el tiempo despertara en ti lo que una vez fue entre nosotros....

-         ¡Mientes.!. ¡No quiero seguir escuchándote!. ¡Márchate!.

Hans Kluber  abandonó la habitación sin apercibirse de mi presencia. Cuando hubo desaparecido por el largo pasillo, me aventuré a entrar en la habitación. Marta temblaba de frio. La abracé con suavidad y ella apoyó su frente contra mi hombro.

-         ¿Crees que es cierto lo que dice?. No me lo puedo creer. Hans es para mí como un padre. ¿Cómo es posible que invente tales cosas para mortificarme?.

-         Tal vez sea cierto. O quizás una mentira. No lo sé. ¿Puedes decirme qué recuerdos tienes de tu infancia?.

-         Realmente, tengo pocos recuerdos. Me acuerdo de la muerte de mis padres durante la guerra. Después tuve aquel accidente en el que quedé en coma. Desde entonces Hans ha cuidado de mí.


-         Marta ... – mascullé mientras sentía un escalofrío recorriendo todo mi cuerpo.- No ha habido guerras en más de sesenta años. ¿Estás segura de lo que dices?.

-         ¡Qué importa!. – dijo mientras me besaba una y otra vez – Tómame ahora. Mañana abandonaremos juntos éste lugar para siempre.

A la mañana siguiente, poco después del amanecer, ambos abandonamos la mansión Kluber, caminando con nuestras maletas sobre el camino de grava que atravesaba el jardín frontal. Al llegar a la puerta de hierro, un niño rubio de unos 11 años nos esperaba. Vestía únicamente una camisa de adulto que le colgaba hasta los pies, los cuales asomaban descalzos, casi pisando las mangas en las que las manos habían desaparecido.

Aquella mañana hacía frío. Marta se acercó al niño y le preguntó si se había perdido. El niño asintió llorando y se agarró  con fuerza a su cintura. Un instinto maternal se despertó en ella. Me miró a los ojos y yo asentí con un suspiro. Marta se agachó y le besó en la frente. Después tomó su mano, le abrigó con su bufanda y juntos nos alejamos de la mansión.

Marta y yo nos casamos y adoptamos al pequeño y desorientado niño. En cuanto a Hans Kluber , nadie volvió a saber de él. Desapareció la misma noche en la que Marta se arrojó en mis brazos. Pero Marta y yo siempre supusimos que el pequeño niño que habíamos recogido aquel frío amanecer era Kluber, que finalmente había experimentado con su propia máquina, buscando con el rejuvenecer de su ser un olvido. Un bálsamo para un corazón herido. Aunque quizás hubieran otras explicaciones para su desaparición, dada la coincidencia de la misma con el paso de un polémico circo.  Por ello, llamamos  al pequeño Hans en recuerdo de Kluber.

Marta murió el año pasado, de cancer. Nunca dejó de fumar. A pesar de ello, nuestra vida juntos fue larga y muy feliz en la mansión Kluber, la cual heredó Marta por expreso designio de su generoso tío, Hans Kluber, una vez se hizo oficial su desaparición. Con el tiempo, fue aumentando mi afición a los vinos y actualmente, los jardines han desaparecido. En su lugar se levanta un hermoso viñedo. En cuanto al joven Hans, jamás experimentó ningún tipo de interés o habilidad científica. Lo cual me lleva a pensar: ¿Alguna vez  éste alocado juerguista que tengo por hijo fue Hans Kluber?. ¿O la casualidad nos jugó una mala pasada?. Creo que nunca podré saberlo.


En cuanto al antiguo laboratorio de Hans, allí sigue. No he vuelto a tentar al destino con drásticos y destructivos rejuvenecimientos, pues he aprendido que, como en los viejos vinos, la esencia humana está enraizada con  el tiempo que uno vive. Con sus amores y obras. Con las experiencias que atesora. No con una piel más joven. Y también he aprendido algún que otro truco para atesorar esas esencias.....

Pedro García se inclinó pesadamente sobre la chimenea para avivar el fuego. Después abrió el mueble bar y se sirvió un brandy añejo en una ancha copa, recorriendo el borde de cristal con la nariz antes de llevarlo hasta su boca. Al mojar con el brandy  sus labios, sintió  en los mismos el contacto de un dulce beso de amor. Una energía vital irradió desde su interior fluyendo a través de todo su cuerpo hasta rodearle por completo de una esfera de luz,  una cálida y confortable burbuja, incandescente como el sol y tibia como el agua. Al abrir los ojos, contempló a su esposa. Flotaba ante él, besándole en el aire vestida con un vaporoso camisón de seda blanco que se mecía ingrávido agitado por la intensa luz de la esfera.

-         ¡Marta!. ¡Cómo te echo de menos! – dijo antes de caer dormido.

domingo, 18 de septiembre de 2011

BANOR - LAS MEMORIAS DE UN MAR.





La danza de la estrella con su amante oscura alcanzó el orgasmo. A cientos de años luz, enormes bestias alzaron su cabeza hacia el cielo cuando la supernova proyectó en el suelo una segunda sombra. Luego siguieron pastando.

Después llegó el frió. Fragmentos de hielo flotando en la inmensa oscuridad del mayor de los océanos, girando lentamente alrededor de una estrella  aún no nacida. Una vaga visión de la eternidad dentro de  un sueño  vacío;  un  dormitar alejado de la luz  en  donde  el tiempo,  encerrado  en un frío mausoleo, se extinguía  entre fantasmas de humo y apagados gritos de silencio.  Una tumba a la deriva a través de la galaxia, contemplada por las estrellas con indiferencia. Tan  solo  los pequeños asteroides, náufragos como Banor  en el  espacio,  turbaban  ocasionalmente su  sepulcral  reposo atravesando  de  vez en cuando la esfera de gas y polvo que  era  su cuerpo.  Y  mientras  Banor dormía, el  universo,  como  una flor, se iba abriendo.


Llegó  por  fin la primavera cósmica y  los  planetas, deslizando  su  danza  alrededor de los soles,  abrieron  su piel  a  las nuevas músicas creadas para ellos. Banor,  como una  pequeña  espora arrastrada por el viento,  fue  poseído por  un gran gigante rojo, repleto de cráteres y habitado por un océano de fuego,  que hizo  de él  su compañero, acogiéndolo en su atmósfera. Y  en   el   seno   de   esa   atmósfera,   de  aquella transparencia  en la que el paso de la luz no dejaba tras de sí  a la infinita oscuridad del espacio, Banor encontró a la mitad  de  su ser. Nunca llegó a saber quién era  realmente, pero  pudo sentirlo como una presencia que, fundiéndose  con él  en un abrazo incontenible, rompía de un golpe el  espejo de  su  propia soledad para invitarle a salir de  ese  reino oscuro  en  donde  se hallaba, de ese lugar  en  donde  solo habitaba la muerte.


Día   a  día,  sobre  las montañas, los  cráteres  y  el rocoso  y polvoriento suelo, una danza sin edad hizo girar a  Banor  en  un apretado vals al ritmo  infatigable  de  la creación. Y  en ese baile, de un furtivo y  apretado  beso, surgió  el relámpago, el trueno y la tormenta. Y la  lluvia, torrencial,  poderosa, en un llanto de alegría incontenible,  hizo  a  Banor despertar para siempre de su largo sueño  con un  grito  de puro vértigo, derramándose en un diluvio  sobre la  tierra,  inundándola,  arrastrando   en  su  resurrección montañas  enteras,  rodando junto a él como una  muchedumbre alborotada, arrancada  de sus casas para asistir al milagro de la  nueva vida.

Dos  años tardó  Banor en concluir su caída al  planeta. Durante  ese  tiempo, la enorme masa líquida que formaba  su cuerpo  se  congregó  en  el  fondo  de  los  valles  y  fue creciendo  hasta  cubrir  en  su  totalidad  las  más  altas montañas.


Los  años  que siguieron a la formación de  Banor  como mar  los recuerda éste como una época de continua agitación, de  tumultos  y  constantes  cambios  en  la  fisonomía  del planeta,  provocados principalmente por la inadaptación a su nueva  forma.  A  este  periodo   siguió  otro  de  calma  y reflexión  en  el que las aguas descendieron y las  montañas más  altas  formaron  pequeñas   islas  desiertas  de  color granate,  fácilmente visibles desde el espacio en  contraste con la azulada palidez del cuerpo de Banor.


Lentamente,  gota a gota, el tiempo fue diluyéndose  en la  esencia  de Banor, mostrándole los secretos círculos  en los que se encerraba la memoria de todo lo creado.


El  día  y  la noche habitaban en Banor en  armonía,  y aunque  el  planeta giraba y las sombras se movían sobre  su cuerpo,  también  el  sol   abrasador   surgía  siempre  del horizonte  en  un  punto  móvil  y  eterno.  De  este  modo; habitada  su mente por crepúsculos y amaneceres;  reflejadas en  sus aguas todas las estrellas, la conciencia de Banor se hizo universo.


Las  aguas  se  llenaron con la voz de  las  estrellas, despertando  en  Banor un sueño vivo que transformó en  amor la  inmensidad de su cuerpo. Trató de imitar el canto de los astros, pero  su  voz era de espuma y no  de  luz.  Intentó entonces  brillar como ellos y sus aguas se tornaron doradas como  el sol, pero la luz que Banor reflejaba no nacía de su interior.


Abatido  por  no  poder demostrar el  amor  que  sentía  hacia  ese mar infinito que le había creado, Banor lloró, y en  su  llanto  quedaron prendidas  para siempre las estrellas, cabalgando  luminosas sobre  las  negras aguas y bajo la húmeda retina  del mar, al mirar a las estrellas o a su propio sol. Seres minúsculos, del  tamaño de  gotas de agua brotaron sobre su superficie a  merced de  las  corrientes. La luz del sol era su único alimento  y su  color  cambiaba con la temperatura de las aguas. En  los lugares  más fríos del planeta, estos seres adquirían la azulada blancura  del  mar, mientras que al adentrarse en las  zonas donde  el  sol  se colgaba en el centro mismo de  la  cúpula celeste,  brillaban dorados y rojos, absorbiendo la luz  y  aumentando de tamaño para luego consumirse  por  las noches  en un resplandor verde y plateado limitado tan  solo por la impenetrable oscuridad de las islas.


Banor  llamó Edos a estos seres y aprendió  a manejarlos por medio de  las corrientes  hasta dominar por completo el arte del color. En las  zonas  frías del planeta alisaba su piel al  llegar  la noche  dejando  a  los Edos a merced de las  estrellas.  Los Edos,  testigos  individuales  de   la   luz  del  universo, formaban  un  mapa  vivo de las galaxias que  Banor  plegaba cuidadosamente  y  almacenaba  en forma de  cristal  en  los parajes helados del planeta.


 De  este  modo,   la revelación   de  la existencia  de  una  mente   universal   que,  como  un  mar infinito,  albergaba  el  universo, fue adquiriendo consciencia  en  Banor,  haciéndole  saber  que   él,   engendrado   por  un  hacedor misterioso  a su imagen y semejanza, tenia un solo  destino. Un solo propósito que hasta entonces no había conocido.

  Banor había sido creado para crear.

Día  a  día, como notas de color arrancadas de un  arpa invisible,  las  voces de las estrellas se plasmaron  en  el vibrante  océano  formando nuevas criaturas que llenaron  de vida  los fondos submarinos. Y en  cada  pequeña gota  marina,  en  cada elemento vivo de la  primera  lluvia, habitaba  el  espíritu del mar dando cobijo a  microscópicos seres  para  los  que  esa minúscula gota de agua era  su  único, infinito e inexplorado universo.


 Pero  a  pesar del dominio de la materia y la  facultad de  soñar en su propio seno, como las estrellas soñadoras de mundos, Banor deseaba la compañía  de  un   ser   con   el   don   de   sentir  amor, correspondiendo  así a esa fuerza primitiva que latía  detrás del milagro de la creación. Para  ello concentró su atención en los despejados cielos de las  noches polares y en los pequeños cristales helados  que encerraban  los  secretos pensamientos del  universo. Allí,  como  un  pintor humano que busca en el acogedor espacio  de una  buhardilla  la  consumación  de su obra  a  través  del cuerpo  de  una modelo, Banor, el artista, llevó a  cabo  su genial interpretación sobre la mente cósmica.


 Millares  de  cristales helados fueron  fusionados  por Banor  en una sola criatura viva capaz de emular a la  mente universal  en  sus  solitarios pensamientos.  De  este  modo nació  el  primer  Pil,  hijo del mar y  las  estrellas.  Su cuerpo  era de cristal, de un azul cambiante que variaba  de intensidad  según la naturaleza de la luz que recibía. En su interior,  en  el  seno de un denso cristal  oscuro,   destellos luminosos  se agitaban con un fuego vibrante a semejanza del intenso  dialogar  de  las estrellas. Y  alrededor  de  esos destellos, un  billón de mundos diferentes orbitaba en  silencio mientras  la  vida era evocada como un sueño en el  interior de cada uno de ellos.


Durante  siglos,  la vida del primer  pil  estuvo volcada  plenamente en sus sueños interiores, siendo testigo de  la  muerte y nacimiento de innumerables mundos a  través de  los ojos de miles de soles. Más tarde, al sobrepasar  su consciencia  el  límite de su propio ser, descubrió  el  mar que lo contenía, amándolo como a un dios.


Transcurrieron  los  siglos y nuevos  Pils,  aparecidos sobre  la superficie del océano, fueron uniéndose al primero, formando  primero una montaña flotante y milenios después un vasto reino de hielo. Pero  no  todos los pils permanecieron recluidos en  el frío  lugar   donde   fueron   creados. Muchos   de  ellos despreciaron  la inmortalidad que el frío les  proporcionaba y  desearon  adentrarse en las inmensas aguas para  fundirse al  sol  con  su creador.

 
Banor  amó  a  estos  Pils   más  que  a  ninguna  otra criatura,  haciéndolos viajeros de las corrientes y testigos del  sol  y de la noche. Se sentía dichoso de sentir  a  los Pils  emerger de las aguas para estremecerse con la luz  del sol.  En esos instantes, sus cuerpos de cristal y sus mentes se  agitaban,  uniéndose  a  su creador  en  una  conjunción perfecta  de   múltiples   y   armoniosas   vibraciones  que despegaban  a  los vientos, creando as¡ una hermosa  música.

Banor,  en  silencio,  escuchaba en su canto la  voz  de  la creación mientras  sus  criaturas  se  consumían,  hallando en la consumación de ese viaje la renovación de su mundo.


 El  tiempo  era  para  los Pils como  una  sucesión  de espacios  vacíos en los que la música de las aguas penetraba y  habitaba  en  ellos con una luz inquieta. No  existía  el bien  ni el mal en la percepción del mundo que recibían  los cristales.  Tan solo había un constante fluir de sensaciones que,  como un tumultuoso río, atravesaba sus mentes,  unidas por  un hilo invisible que permitía al pueblo Pil  compartir los pensamientos o sensaciones de cada uno de sus miembros.


 El  sueño  y  la  oscuridad eran  para  los  Pils  algo semejante  a  la muerte de los hombres: Un gigantesco  salón de  dimensiones  infinitas que, cuando a través de los  años uno  termina  de cruzarlo, nada recuerda. Por eso las  islas, en donde el mar no existía, eran temidas por los Pils, como un lugar vacío habitado por la muerte.

Un lugar que se convirtió en la misma muerte cuando los hombre llegaron con sus naves a habitar las islas.