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domingo, 17 de enero de 2016

BURROLOGIA



¿Qué puedes esperar del futuro de la enseñanza en una sociedad donde los políticos no dejan de meter la nariz en las aulas?.
-           
-          ¡Yiii Haaa!

El rebuzno resonó en el aula con tal estruendo que hizo oscilar el fino cristal de la ventana hasta el punto de provocar un espasmo de pánico a la paloma que, arrebujada entre las plumas, dormitaba en el alfeizar. Don Eusebio vio al ave alejarse mientras evaluaba mentalmente la calidad del sonido emitido. Sin lugar a dudas, el grito de sus alumnos había sido magnífico, una muestra del poder sonoro de la unanimidad en aras de la concordia prometida. Pese a ello, aquel pulcro maestro no se daba por satisfecho, pues su fino oído de melómano había detectado la ausencia de una voz, por lo que decidió repetir ensayo. Sus temores se acrecentaron al girar el rostro hacia el aula y descubrir a Albertito aguardando en la primera fila con el brazo levantado.

-          ¡Profee... Sócrates se ha callado...!

-          Muy bien, Alberto – masculló Don Eusebio entre dientes, reprimiendo la aversión que los chivatos le habían provocado desde siempre. - A ver, otra vez...

-          ¡¡Yiii Haaa!!


-          ¡Esta vez te he pillado, Sócrates! – exclamó el pedagogo al descubrir la pertinaz mudez del alumno díscolo.- ¿Puede saberse por qué te niegas a unirte a tus compañeros?.

-          Es que no me gusta rebuznar. – respondió el pequeño encogiéndose de hombros.


-          Eso no es excusa Sócrates. En esta vida a veces tenemos que hacer cosas que no nos gustan. Sin ir más lejos, yo antes impartía matemáticas y  ahora, después de la última contrarreforma educativa, he de amoldarme a la nueva política de normalización lingüística. Pero es lo que toca. Debemos hacerlo por el bien de nuestro país y de los mercados. Vamos a repetir, y esta vez quiero oírte.

-          Es que me siento ridículo -  respondió el alumno con un tono de desesperanza.

-          Pues entonces, suspenderás la Burrología –sentenció Don Eusebio en un tono tan serio que terminó por provocar en el alumno un conato de llanto nervioso que a cada momento  incrementaba su timbre.

-          ¡¡Por el amor del cielo, Sócrates. Cállate!!. ¡Que nos van a oír en el ministerio!.

Don Eusebio clavó su mirada en la cámara del aula, integrada en la pantalla de alta definición ubicada en el lugar privilegiado sobre la pizarra que antaño ocuparan retratos y crucifijos. Mahoma, Cristo, Confucio, Shiva y Lucifer se alternaban ordenadamente en la sucesión de imágenes animadas, provocando en Don Eusebio impulsos apremiantes por santiguarse, especialmente cuando aparecía éste último asiendo su tridente entre las llamas. Pero la normativa ministerial relativa al laicismo bastaba para refrenar sus deseos, pues las sanciones se hallaban a la orden del día.  De pronto, la alarma del dispositivo despertó de su letargo, zumbando en la pared como un nido de abejas asesinas, escudriñando la labor docente a través de su roja pupila de Terminator,  luz que merced al nervioso llanto de Sócrates y los murmullos del aula escandalizada, avivaba su fulgor por momentos como un rescoldo del infierno. Finalmente, una reverberación en los altavoces seguida por la voz de la inspectora gubernamental –que, interrumpiendo el desfile de deidades mostraba su rostro en pantalla- terminó por quebrar la fragilidad inmóvil del suceso.



-          Funcionario Nº 7740. Hemos detectado en su puesto de trabajo anomalías ultrasónicas por encima del umbral reglamentario.  Por favor, proceda a exponer el problema.

-          Nada importante, señora supervisora. –respondió Eusebio tratando de mitigar los sudores fríos que en esos momentos le recorrían el cuerpo. - Solo una pequeña dificultad en el cumplimiento de la orden ministerial nº 255 por parte de un alumno. Cosas de críos, pero el ministerio no debe preocuparse por este pequeño suceso anecdótico.

-          Eso lo decidiremos nosotros. – respondió la voz . -  Por favor, exponga al sujeto ante la cámara para proceder a una evaluación de los hechos.

Don Eusebio tomó a Sócrates del brazo y lo arrimó hacia la cámara hasta que la chata nariz del muchacho magnificó su tamaño en el visualizador de la pantalla.

-          Vamos a ver, pequeño.-preguntó la inspectora. - ¿Cuántas son dos y dos?

-          Cuatro, señora.

-          Y si Don Eusebio te dice que dos y dos son tres, ¿qué responderías?

-          Son cuatro.

-          ¡La respuesta del alumno es inaceptable! – exclamó la supervisora con vehemencia.- ¡Refleja la total y absoluta falta de autoridad del funcionario Nº 7740 sobre los ciudadanos cuya educación tiene asignada!. Los mercados rechazarán el producto y el individuo será un marginado social más. Todo por su culpa, funcionario Nº 7740, por su falta de autoridad y liderazgo. Su  ineptitud profesional es evidente y  frente a ella, debemos tomar medidas correctoras,  por lo que será sancionado con una rebaja salarial del quince por ciento. ¿Está de acuerdo?

-          Si señora, gracias.- Respondió Eusebio forzando una sonrisa.- Sin duda, un ejemplo aleccionador a la par que magnánimo por la que he de quedar eternamente agradecido. –Ahora los dientes también le rechinaban. -Señora, siempre a sus pies...

-          Muy bien, estimado alumno, tu país y tu presidente te informan que a partir de las doce de la noche del día de ayer, dos y dos han dejado de ser cuatro para ser tres en el futuro. ¿Te ha quedado suficientemente claro?

Sócrates cuenta con los dedos:

-          Uno, dos, tres y cuatro. Si la señora dice que ahora son tres, eso significa que alguien se ha quedado con  el último. ¿No es cierto, señora?.

-          Noo, querido. Es que los matemáticos griegos desconocían el término “impuesto”. El arte de la suma implica una operación matemática y como en cualquier otra operación, ha de devengarse el impuesto correspondiente, principalmente IVA o el IRPF  Mejor es que ello se aprenda desde el colegio, para evitar desengaños en los salarios futuros, así como corruptelas debidas a economía sumergida.

-          ¿Eso significa que dos y dos son cuatro pero ustedes se llevan uno? – preguntó Sócrates con su tono más ingenuo.

-          No lo pienses tanto, cariño – respondió la funcionaria.- Pensar a tu edad no es nada bueno. Mejor ocúpate de ser feliz y déjanos a nosotros el asunto de los números. Contabilidad creativa al nivel de un imberbe. ¡Hasta ahí podíamos llegar!. Funcionario Nº 7740, detectamos en el alumno un evidente desequilibrio químico que ha de corregirse de modo inmediato. Por tanto, proceda con la medicación. Le recuerdo que como responsable directo de la situación, el coste médico le será  descontado de su próxima nómina.

El rostro de la inspectora se desvaneció en la pantalla dando nuevamente paso a las deidades animadas en la presidencia del aula.  Don Eusebio suspiró aliviado. La intervención ministerial le había costado un pico de su malogrado sueldo, pero podría haber sido peor. El cajón de la medicina se encontraba siempre cerrado y el maestro custodiaba la  llave pendiendo de una cadena junto a su pecho. Eusebio abrió la caja y extrajo dos cápsulas, ofreciendo al alumno una dosis no sin antes efectuar una ingesta. Había que dar ejemplo.   

-          Bueno, Sócrates. Ya has oído a la señora. Tómate éste caramelo.

-          No me gustan esos caramelos.- Gimoteó Sócrates. -Saben a medicina y después de tomarlos no me acuerdo del camino hacia casa

-          Bueno, si estuvieras abonado al servicio de transporte escolar, no tendrías el problema. Mira como yo los tomo y no pasa nada – exclamó resueltamente el pedagogo ignorando a lucifer y Belcebú, riendo juntos en la pantalla de plasma mientras contemplaban su ingesta y el mundo se convertía en un tiovivo que giraba en un remolino a ritmo de citara, más y más deprisa, hasta desempolvar colores olvidados, desconocidos por el hombre.



-          Profee.. yo también quiero caramelo. – exclamó Albertito abandonando su pupitre y acercándose  a la mesa del maestro.

-          ¿Ves?. A Alberto le gustan. Y yo también me voy a tomar otro.

-          Mmmm están muy ricos, ¿Verdad, Alberto?

-          Si, profe. ¿Puedo tomar otro?

-          Está bien.

-          ¿Y por qué teneis los ojos tan grandes?

-          ¡Para mirarte mejooor!

-          Está bién – respondió Sócrates. Tomó un par de caramelos y los engulló entre suspiros. Al fin y al cabo, no podría evitar soñar con aquellos dos individuos observándole desde el pié de la cama con ojos enrojecidos, como si esperaran a que el sueño le venciera para devorarlo. Afortunadamente, los caramelos proporcionaban un dormitar tranquilo sin pesadillas.

Finalmente, la vieja y querida sirena resonó en los pasillos del centro provocando en Don Eusebio una sonrisa de triunfo. A partir de ese instante, sus alumnos eran problema de otro, por lo que volvió sus ojos, llenos de pupila, hacia el aula expectante.

-  Bueno. Asunto resuelto – resolvió Don Eusebio.- Ahora guardad los Ipads y formar la fila rapidito, porque llegáis tarde a la clase de balido.