Páginas vistas en total

sábado, 10 de marzo de 2012

FIDELIO


PORCIA.- Te pertenece una libra de carne de ese mercader: la ley te la da y el tribunal te la adjudica.
SHYLOCK.- ¡Rectísimo juez!
PORCIA.- Y podéis cortar esa carne de su pecho. La ley lo permite y el tribunal os lo autoriza.

"El mercader de Venecia", de William Shakespeare



Conocí al músico de Ipanema en  Rio de Janeiro, ciudad maravillosa a la que acudí por vacaciones un mes de febrero. El músico, sentado sobre una toalla junto al paseo marítimo en la Avenida Delfín Moreira, entre la familiar  Leblón  y la tumultuosa playa  de Ipanema, rodeado de niños, tocaba la guitarra cadenciosamente, mientras susurraba al son de los arpegios una triste canción, dedicada a un amigo perdido, de nombre Fidelio.

No muy lejos de allí, en la loma de una colina, entre Pedro Dos Irmaos y el Morro de Cochrane, se extiende una vasta extensión de humildes casas. Un enjambre humano y caótico de viviendas descolgadas en el irregular trazado de la ladera del morro, con paredes de ladrillo visto, en ocasiones pintadas de vivos colores o apenas enfoscadas, techadas con cobertizos planos de chapa ondulada, levantándose como garitas en medio de árboles centenarios, vestigios de la selva amazónica y engalanadas de ropa tendida al sol sobre ventanas y azoteas. El lugar se conoce como Favela Rocinha. Bajo sus estrechas calles, cubiertas por un bosque de cables eléctricos que viajan entre los edificios sin orden ni concierto, una multitud de 50.000 personas pulula bulliciosa y alegre, afrontando cada día la vida con una sonrisa.

 En ese lugar, en medio del paraíso olvidado, vivía Fidelio, un joven mulato  sin familia de apenas trece años. Casi había olvidado el día en que sus padres fueron asesinados por el Carter. Las reglas son sencillas. Quien no las cumple, acaba muriendo. Durante un tiempo fue cuidado  por su hermana Patrizia, apenas tres años mayor que él. Un buen día, Patrizia desapareció y Fidelio no volvió a saber nada más de ella. Desde entonces, Fabio y Edu, amigos del barrio, fueron su única familia.

Fidelio Vivía en el ático de una casa, bajo un techado de cartones junto a un depósito azul de agua en la parte alta de la colina. Desde el lugar  podía divisarse el Corcovado y el refulgente mar carioca. Unas chanclas, unos vaqueros despernados y una vieja camiseta eran todo su patrimonio. El depósito de agua y las lluvias amazónicas los mantenían razonablemente limpios.

Fidelio nunca estudió. La única escuela que conoció fue la de Samba académicos de Rocinha, en donde él y sus amigos solían colarse a visitar al músico de la guitarra. La calle fue su escuela, la fuente de la que bebió toda su sabiduría. Desde que cumplió los nueve años, ganaba el sustento como correo de los narcos o como limpiabotas en el paseo marítimo. Cuando Fabio y Edu le acompañaban, aguardaba su oportunidad frente a la puerta de los servicios públicos de la playa en la zona de los hoteles y se cruzaba con los clientes, dejando caer el cepillo de lustre junto a ellos. El educado caballero, compadecido del pobre muchacho que sin darse cuenta había perdido en su deambular el cepillo, lo recogía del suelo y llamaba al despistado crío. No había vuelta atrás. Fidelio agarraba el cepillo de la mano del turista y una décima de segundo más tarde se encontraba esparciendo el betún sobre el zapato del sorprendido individuo. A los pocos segundos, llegaba el momento de la cuenta. O quizás debería decir el sablazo, porque tras el breve lapso que el muchacho tardó en limpiar los zapatos, extendía su mano y solicitaba un importe de mil reales (Al cambio, unos cuatrocientos euros aproximadamente).  Entonces el amable caballero, sorprendido por el elevado precio del servicio solía sonreír diciendo: “Te has equivocado, muchacho. Serán mil céntimos y aún así, me parecería excesivo”. A continuación, Fabio y Edu aparecían en escena, acusando al ingenuo turista de estafar al limpiabotas mientras Fidelio fingía llorar. Normalmente, la escena se solventaba cuando el individuo, avergonzado por aquella escena de escándalo, les entregaba  una suma variable que solía ser como mínimo cuatro euros, o si la ocasión resultaba propicia, la mitad de lo que la víctima llevase encima, lo cual raramente llegaba a sobrepasar los veinte euros, aunque todo ello dependía de la cercanía de la patrulla de policía, sobradamente conocedora de los pillos locales.

Aquel día el sol brillaba con fuerza y la mañana prometía. El individuo que acababa de entrar en los servicios tenía que estar forrado de pasta. Un gringo que calzaba unos hermosos zapatos italianos de diseño de más de mil reales, traje oscuro hecho a la medida, gemelos plateados en los puños de la camisa, gafas de sol de gama alta, un gran reloj Rolex  Day-date con montura de platino y anillo de oro en el dedo índice engarzado con un enorme brillante. Sin duda, un buen negocio para cubrir el día.

Tal y como acostumbraba, Fidelio se escondió tras un contenedor de basura apostado en un lado del acceso hasta que el hombre salió de los retretes. Después, pasó frente a él, a unos pocos pasos y disimuladamente dejó caer al suelo el cepillo de lustre. No había caminado aún diez pasos cuando escuchó la voz del gringo llamándole. Fidelio dio la vuelta, llegó hasta la altura del extraño, recogió el cepillo de su mano y en un rápido movimiento, se sentó en el suelo abrillantando los zapatos con esmero sin que el gringo se inmutara lo más mínimo.

Al terminar el trabajo, Fidelio se levantó del suelo y extendió la mano  hacia el forastero, diciendo: “-Son mil reales, señor”. El gringo sonrió socarronamente y preguntó: “-¿Cómo te llamas, muchacho? “. “- Fidelio”, respondió mientras el hombre le agarraba la cabeza y con los dedos separaba los párpados examinando sus pupilas.

El gringo introdujo su mano en el interior de la chaqueta extrayendo una abultada cartera de cuero llena de billetes. Con gran habilidad reunió la suma convenida y la expuso frente a los ojos del muchacho. Fidelio no podía creerlo. Una fortuna se hallaba a su alcance ante sus ojos. Lo suficiente como para dejar de preocuparse quizás para siempre por la pobreza en la que vivía,  pero ¿dónde estaban Fabio y Edu?. ¿Por qué no habían aparecido?.

-         ¿Lo quieres? – exclamó el gringo.
-         Claro, señor – dijo riendo Fidelio
-         Piénsatelo. Un trato es un trato. ¿No quieres reconsiderar el precio de tu servicio?. ¿No prefieres discutir su precio?
-         No hay nada que pensar, señor. – respondió Fidelio esta vez con semblante serio. -Yo ya hice mi trabajo y mil reales es su precio. Una vez hecho el trabajo es tarde para discutirlo.
-         Sea pues, -dijo el hombre con semblante serio mientras entregaba a Fidelio la suma exigida ocultando la mirada tras el brillo de sus gafas oscuras.

Tan pronto como Fidelio tuvo la suma en sus manos echó a correr cuesta arriba, en dirección a la fabela. Al cabo de dos minutos, Fabio y Edu le alcanzaron corriendo:

- ¿Qué has hecho, Fidelio?. – dijo Fabio mientras corría junto a él. - ¿No sabes quién era ese tipo?.
- ¡No lo sé! – gritó Fidelio sin parar de correr – Pero me ha pagado los mil reales.
-         ¡ Le llaman el Señor Muerte! – exclamó Edu jadeante. – Yo que tú desaparecería una temporada. Deberías ir a ver a Edgar para que te esconda.
-         - ¡¡Nosotros no te hemos visto!! – gritó Fabio antes de alejarse junto con Edu al doblar la esquina.

Edgar era uno de los gerentes  locales del negocio de distribución de droga en la zona de Rocinha. Apenas tenía diecisiete años, pero en aquel negocio se comenzaba joven. Heredó el negocio de su antecesor, otro joven criado en las calles y misteriosamente desaparecido. Principalmente trabajaba la cocaína, porque era lo que más le gustaba. Regentaba el negocio en un antiguo surtidor de gasolina abandonado y cuando los chicos lo habían necesitado, Edgar les había dado dinero a cambio de hacer de mula para él. El lugar quedaba a una cierta distancia, por lo que Fidelio tuvo que recorrer un largo camino cuesta arriba hasta llegar a la oficina de Edgar y para colmo, las lluvias amazónicas hicieron acto de presencia, por lo que llegó empapado.

Al llegar al surtidor, observó un elegante Jaguar negro parado frente al expendedor de gasolina  roto y oxidado. Probablemente Edgar estaría ocupado con alguno de sus jefes, los que proveían  al negocio la mercancía. Nunca se habían dejado ver por allí, pero todos sabían que existían. De modo que Fidelio entró con cuidado en el establecimiento abandonado. El lugar permanecía silencioso, apenas alterado por el tintineo de la acusadora campanilla de la puerta, que todavía permanecía en funcionamiento cumpliendo su servicio.

-         ¿Edgar.....?

Pero Edgar no podía oírle. Yacía en el suelo con la garganta degollada en medio de un inmenso charco de sangre que llenaba toda la habitación. El chapoteo de la sangre hizo a  Fidelio mirar al suelo. Se encontraba de pié en medio de aquel charco.

La puerta de la gasolinera se cerró bruscamente, dando un portazo. Junto a ella, se encontraban dos hombres armados. Fidelio retrocedió instintivamente hasta toparse con un hombre que le agarró por los hombros. No hizo falta que Fidelio se volviese para reconocerle. Bastaba con ver sobre su dedo índice aquel anillo de oro engarzando al enorme diamante.

Los hombres de la puerta se acercaron al muchacho y le agarraron de los brazos. Levantaron su cuerpo en vilo y lo sentaron sobre la desordenada mesa de Edgar, previamente limpiada con el rápido barrido de la culata de un fusil. Uno de ellos permaneció tras la mesa, agarrando de los brazos a Fidelio mientras el segundo hombre esparcía por el fondo de la habitación un bidón de gasolina.

El Señor Muerte miró a Fidelio. Tomó un cubo y una esponja abandonados en un rincón de la gasolinera, que en otro tiempo sirvieron para limpiar el parabrisas de los coches y sin decir palabra se acercó al muchacho, se agachó frente a él y comenzó a limpiar con la esponja la sangre  de Edgar que al entrar en la habitación Fidelio había pisado y  que ahora teñía pies y pantorrillas de rojas salpicaduras. El muchacho sollozaba:

-         Perdóneme. No sabía quien era usted. Le devolveré su dinero. Haré lo que quiera...

El gringo continuó impertérrito, hasta que todas las manchas de sangre de los piés de Fidelio desaparecieron. Alzó la cabeza. El ruido de las aspas de un helicóptero fue aumentando en intensidad. El sicario de la gasolina había encendido el fuego. Solo entonces, con las llamas del incendio reflejadas en sus oscuras gafas, el Señor Muerte rompió su silencio.

-         Bueno, muchacho. He limpiado tus pies. Ahora te diré cuál es mi precio....

..............................

Jhonny abrió los ojos en el hospital, encontrando junto a la cama a sus padres, que le sujetaban de las manos con rostro sonriente. Los primeros rayos de sol de la mañana se filtraron a  través de la ventana junto con el bullicio del despertar de Nueva York. La operación había sido un éxito. Después de incontables esfuerzos, un corazón había llegado. Jhonny podía vivir.

Las semanas transcurrieron y el pequeño Jhonny se recuperaba rápidamente. Sus células eran aún jóvenes y el donante había resultado compatible. De modo que el médico le dio el alta. Los Anderson montaron en su coche con el pequeño muchacho sanando con rapidez. Al llegar a Brookling tuvieron que detener su marcha. Una comparsa, con música y tambores, ocupaba la calle. Era época de carnaval.

De pronto, Jhonny se puso pálido y se llevó la mano al pecho. El torax le latía con fuerza, como si su nuevo corazón quisiese escaparse. Los Anderson dieron la vuelta y regresaron al hospital a toda velocidad, accediendo al mismo por Urgencias. Cuando llegaron, el médico de guardia lo examinó con su fonendoscopio ante la mirada atenta y preocupada de sus padres, diagnosticando que se trataba de una anomalía.

Pues ¿Cómo diablos les iba a decir a los Anderson que el corazón de su hijo estaba latiendo a ritmo de samba?.


LA ESTATUA DEL TEMPLO



Estoy sentado en este pedestal, del que no puedo escapar. La gente viene a adorarme. Me cubren de flores y rezan. Encienden fuegos y velas perfumadas mientras hablan frente mi rostro impasible. Puedo oírles, aunque mis labios están sellados e inmóviles, prisioneros del frío mármol que alberga mi ser. Una vez fui un hombre, antes de que la mirada de Medusa transformara en estatua mi cuerpo de guerrero. Ahora soy solo una sombra. Un inmortal carente de vida testigo de las penas de los hombres. Ellos me cuentan sus problemas, piden por su salud o la de sus seres queridos, como si yo pudiera, merced a una magia antigua, apaciguar los dolores que sufren sus cuerpos y  almas. ¡Qué ilusos!.

No se puede escapar del cielo. Yo lo sé mejor que nadie. Por mucho que corra o intente esconderme, los astros me acaban encontrando. Solo en las noches de eclipse consigue el destino burlar la maldición de la Gorgona y otorgarme por unas horas el don de la vida. Así he conocido a los griegos, que vieron en mí a un corredor olímpico, romanos, Hititas, egipcios, Persas y  cientos de pueblos de la tierra. Incluso quise escribir mis desgracias en un pergamino que el contacto con mi piel se convirtió en piedra cuando la luna impuso en el cielo su presencia. En esta ocasión había aguardado mi destino sentado sobre la hierba mientras contemplaba el cielo.

Hoy me han traído un cesto de fruta. Parece que la pequeña hija del gobernador ha sanado de sus fiebres. Sin duda será un buen festín para los monjes del templo. En otro tiempo me regocijaba contemplar el pueblo postrándose a mis pies en busca de favores, pero sus penas son a veces demasiado intensas y su dolor demasiado profundo, incluso para un frío corazón como el mío.


Siento la lluvia cayendo sobre mi rostro de piedra. El agua me golpea en la frente y anega mis ojos para después fluir hacia el océano surcando en un pequeño torrente mis mejillas.  He visto hacerlo a los hombres muchas veces. Lo llaman llorar. Es bonito.

sábado, 3 de marzo de 2012

1.- MORADA DE DEMONIOS - PRISIONERO DE MI MISMO

Tumbado en el jergón de mi celda, con la luz de la prisión desvanecida, percibo, a través de los reflejos del muro de cristal que me aísla del largo corredor, el lento deambular del vigilante, en ocasiones detenido frente a la puerta de una celda, observando a sus moradores como si contemplase un cuadro en una exposición. Entonces viene a mi mente aquello que una vez imaginó un filósofo griego sobre la percepción de la vida desde el fondo de una cueva. Sombras en la pared que solo alcanzamos a interpretar.

Hace frío. El aliento se condensa al  salir de mi boca mientras arropo mi cuerpo con la manta de lana, gris y mugrienta como las paredes de la cueva del filósofo. En todo caso, la cueva de la que hablaba aquel griego se hallaba habitada. Podemos ver la cueva, porque está hecha de carne, pero no a sus habitantes que, como los guardianes de la prisión, aguardan en un zaguán oscuro, oculto en las profundidades de la cueva, su turno de ronda para saborear las delicias de la percepción y gobernar durante un instante sobre actos  y palabras, si su destino es en algún momento el gobierno de la carne que los cobija. En el caso de mi persona, si existe algún “yo” inmutable en mí, éste sería la cueva, la casa, el castillo, el hogar, la morada. Una morada habitada por demonios.

¿Quién soy yo?, se preguntarán algunos. Hoy me llamo Tomás Gomez. Mañana puedo ser cualquiera. Y a pesar de estar internado en esta institución mental, que se asemeja a una prisión más que a ninguna otra cosa conocida, no me considero un loco. Estoy aquí por culpa de un incidente del que no albergo memoria alguna. De cualquier forma, mi involuntaria estancia como huesped de éste establecimiento me ha revelado que desde donde mi memoria alcanza, he aprendido a ser carcelero de mi mismo. A encerrar a cada demonio en su celda y escuchar sus gritos desde los corredores más profundos sin permitir que sus gritos alteren jamás mi conducta. Realmente, algo muy parecido a lo que acontece aquí cada día.

 Pero todo ello cambió de repente, en una noche de luna llena, cuando las puertas de la prisión se abrieron y escaparon todos mis demonios.

viernes, 2 de marzo de 2012

2.- MORADA DE DEMONIOS - EL OTOÑO


Las campanas de la iglesia del pueblo tañeron aquella mañana de un modo especial. Un tañido cadencioso, apagado y herrumbroso, emitido desde la torre de la iglesia, emergiendo fantasmagórica sobre el mar de espesa niebla que cubría el resto de las casas de la población. Don Alejandro De la torre, montado sobre una yegua andaluza blanca, escuchó en aquel  día de temprano Octubre  ese tañido peculiar desde la cima del monte que coronaba el pequeño pueblo, reconociendo su mensaje. El otoño había llegado y con él, la vendimia.

 Tras el largo y soleado verano, los pámpanos de las vides se habían vuelto ocres, trasladando su vigor a las uvas, que habían empezado ya a pintar y como todos los años, había llegado el momento de nombrar un viñadero que desde aquel día se encargaría de vigilar los viñedos, prohibiendo la entrada a las viñas tanto a personas como a animales.

 La elección del viñadero resultaba en aquel paraje potestad del cura, por ser el único autorizado a transmutar el vino en la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Es por ello que el campanero, acostumbrado al oficio de mensajería de maitines, bautizos, defunciones y otros eventos, obsequiaba a los parroquianos aquella mañana con el cántico de las viejas campanas llamando a comicios. A la postre, daba igual quién se presentaba como candidato, pues finalmente, la última palabra la tenía el cura.

Años atrás, ningún viñadero hubiera osado prohibir a Don Alejandro la entrada a sus propias tierras, pero debido a su constante y pertináz ausencia a los servicios religiosos y a su carácter poco diplomático,  el párroco no profesaba a  Don Alejandro demasiado afecto y una vez nombrado el viñadero, éste no tendría oportunidad de visitar sus propios viñedos hasta el momento mismo de la vendimia sin que por ello mediara una trifulca,  pues éstos  se encontraban en los lindes del viñedo comunal. De modo que el hombre azuzó la montura y sin demasiada prisa se encaminó hacia sus tierras para efectuar un último examen a las uvas.

Al rodear la colina, Alejandro se encontró con Hidalgo, el pastor, que se encontraba moliendo a palos a el abuelo Zacarías. El pobre abuelo había perdido la razón hacía ya muchos años, cuando su nieto, el actual Marqués de los Vados era aún un crío. Solía deambular por aquellos parajes medio desnudo, cubierto de harapos y resultaba un problema para todos los ganaderos de la región. A menudo se deslizaba por las noches en el interior de los gallineros de la comarca para sacrificar unas cuantas gallinas cuya sangre succionaba de la yugular de los animales para infortunio de sus criadores. Pese a ello, pocos osaban reclamar al marqués compensaciones  por los daños sufridos, debido al peculiar carácter de éste en lo relativo a asuntos económicos, y se contentaban con aprovechar al animal para un guiso en la cazuela, debido a que el abuelo Zacarías no consumía la carne de sus presas.

En esta ocasión, Zacarías se había excedido. Había degollado a una oveja vieja, que se encontraba postrada junto a ambos,  despatarrada como un alfombrón de lana. Desde luego, el abuelo se merecía en esta ocasión un buén castigo, y el pastor Hidalgo ayudado de su perro, que le mordía ferozmente la entrepierna,  le estaba dando una buena tunda.


Los viñedos de Don Alejandro se encontraban en las laderas de una montaña, en lo más alto de los viñedos comunales, dispuestos en bancales. El suelo que sustentaba las vides estaba formado sustancialmente de grava, extraida de las vastas cuevas que horadaban la montaña de piedra caliza sobre la que se erguía el castillo del marqués. La tierra que lo formaba – si es que merecía tal calificativo – resultaba tan pobre que difícilmente tendría otra utilidad que no fuera el cultivo de la vid. Los bancales, dispuestos a modo de terrazas sobre la empinada ladera, disponían las vides en hileras, soportadas sobre espalderas  paralelas a los bordes de gruesa piedra que formaba los muros de contención de cada terraza, buscando siempre el sol de la mañana. Debido a la inclinación del terreno, apenas se disponía de dos hileras de vides por terraza, lo que dificultaba su acceso a vehículos y obligaba a un mayor despliegue de medios humanos para efectuar las labores del campo.

Don Alejandro ató su montura al tronco de un viejo árbol y se encaminó a pié ascendiendo pesadamente hacia su cultivo. Al llegar a las terrazas, paseó sobre ellas examinando el estado de los racimos. El resultado le hizo sonreir con satisfacción.  La  uva tempranillo  se encontraba próxima a su  punto de maduración, momento en el que adquiriría los grados exactos de azúcar y acidez necesarios para la elaboración de unos excelentes caldos.

 La boca de las primeras cuevas, en donde antaño los habitantes del lugar almacenaran el vino en barricas, se encontraba próxima. Ahora pertenecía por entero al marqués, señor del antiguo castillo que imperaba sobre la llanura. Alejandro no pudo reprimir un suspiro de tristeza. Había trabajado para el marqués durante mucho tiempo, suministrándole y fabricándole en su antiguo taller de calderería, fundado por su padre, una infinidad de artilugios necesarios para la elaboración del vino. Depósitos de acero inoxidable, prensas estrujadoras, despalilladoras y un sinfín de equipamientos e instalaciones necesarios para la elaboración industrial del vino.  Los caldos del marqués eran los más afamados de aquellas tierras y Alejandro pasó gran parte de su juventud satisfaciendo sus mínimos deseos. Pero el marqués siempre había sido un hombre ingrato y tacaño por naturaleza. Un mal pagador que finalmente consiguió arruinar por completo la industria que su padre había fundado. Aún así, le hizo un gran favor a Alejandro, pues una vez finiquitado el negocio familiar, pudo dedicarse por completo a la pasión que durante muchos años había ardido en su corazón: La elaboración del vino.

Don Alejandro era un hombre grueso y bonachón. Excelente persona. Tan amable en su trato que en ocasiones le había resultado harto imposible mantener la disciplina entre aquellos que en alguna ocasión habían trabajado para él. Pese a ello, debido al rebosante entusiasmo que había albergado en todas sus empresas durante su vida ya madura, resultaba explosivamente apasionado e iracundo en ocasiones. Ello le había llevado en el pasado a cosechar enemistades  profundas, que en ocasiones había lamentado. Pero el rasgo que quizás sobresalía de entre todos en su personalidad era su enorme ingenio. Valiéndose de él, había desarrollado nuevas técnicas en la elaboración de los vinos. Técnicas que  su antiguo amo, el marqués, no podía soñar en alcanzar. Ello le proporcionó con el paso del tiempo una gran fortuna. Sus vinos rivalizaban en calidad con los del marqués, superándolos en muchos aspectos,  aunque para ello tuvo que pagar el precio de la soledad, pues el marqués, molesto con Alejandro por haberle éste robado parte de sus secretos de elaboración mejor guardados, seguía siendo el amo de aquellos lugares y con su influencia consiguió apartarle casi por completo de la vida social de la comarca.

Mientras Alejandro consumía su tiempo en un tranquilo paseo entre las vides, vió salir de una de las grutas que horadaban la montaña a Pepe,  antiguo  oficial calderero de su taller. Durante muchos años había trabajado para su familia. Primero lo hizo para su padre y después para él. Hasta que perdió los dedos de la mano derecha en un desgraciado accidente a causa de un descuido con la plegadora. Ahora trabajaba como arromador en la bodega del marqués, controlando la pesada de la uva además de ejercer otros oficios si lo que aún conservaba de su mano derecha se lo permitía.

-         Buenos días, don Alejandro.- gritó Pepe a pesar de la poca distancia que les separaba. - ¿Qué le trae por aquí?.

-         He venido a ver las viñas. Y a dar un paseo.

-         Ahh. Bien. ¿Cómo se encuentra su hija?.- gritó nuevamente el arromador,  cuyo oído, después de muchos años trabajando en la calderería,  no era demasiado bueno.

-         Sigue igual – respondió Alejandro con tristeza. Aunque Clara no tenía vínculo de sangre con Alejandro ni con su mujer, ella era su hija más querida. Había sido abandonada a su puerta hace ya veinte años, cuando todavía trabajaba para el marqués y él la había acogido, vestido, alimentado y amado como si de su propia sangre se tratase. Ahora se encontraba en coma profundo en un hospital de la capital, a consecuencia de un fuerte trauma generado presumiblemente por una brutal violación a la que el pasado verano fue sometida. Desde entonces, Alejandro   no había tenido valor suficiente para ir a visitarla al hospital, pues la vista de su joven hija postrada en el lecho y sin ningún signo de vida le provocaba abundantes lágrimas.

-         Ya sabe que le aprecio, don Alejandro.- dijo Pepe esbozando una sonrisa en la que exhibió su deteriorada dentadura.- Usted siempre se portó bien conmigo. Pero ya sabe que al patrón no le gusta verle por aquí.

El arromador giró la cabeza y miró hacia la cima del monte en donde se alzaba el castillo del marqués. Se sentía visiblemente inquieto, como si alguien estuviera espiándoles desde sus murallas.

-         No te preocupes, Pepe. No me quedaré mucho por aquí.

Pepe se despidió con un sordo gruñido y desapareció en las fauces de la cueva como un oso malhumorado, dejando a Alejandro continuar con su paseo. Una vez inspeccionada meticulosamente cada planta, éste descendió de la ladera del monte y se alejó del lugar cabalgando sobre la yegua en dirección a su finca.

Mientras cabalgaba, no cesó de acordarse de su querida esposa. María, fallecida años atrás, le había sumido con su ausencia en la soledad más profunda. Alejandro nunca tuvo hijos. Solo Clara había mitigado con su compañía el profundo desamparo que sentía tras la desaparición de su esposa. Ahora, privado también de su hija por las atrocidades de un psicópata, se sentía vacío.

La finca de Don Alejandro se encontraba a varios kilómetros del pueblo. Para llegar hasta ella había que atravesar por un polvoriento camino de tierra y cruzar un arco blanco de adobe encalado. En esa antigua propiedad, adquirida hace años a un terrateniente de la zona con los dineros obtenidos en la liquidación del taller, Alejandro tenía su casa, su bodega, unas caballerizas e incluso un cementerio con su propia ermita, en cuyas catacumbas había instalado un laboratorio en el que pasaba la mayor parte del tiempo dedicado a experimentos secretos destinados a la elaboración del vino. Nadie, salvo él, entraba allí.

Al llegar a la finca, le esperaba Ambrosio, su capataz. Alejandro descendió de su montura y entregó la yegua al capataz.

-         Las uvas están listas, Ambrosio. Es hora de formar una cuadrilla.

El capataz asintió. Tomó las riendas de la yegua y la llevó a los establos. Después cargó algo de equipaje en un viejo coche todo terreno y salió de la finca rumbo a la capital. Don Alejandro lo vio  partir desde la amplia ventana de su salón. Sabía que tardaría en regresar, pues desde hacía años, a raíz de las presiones del marqués, ningún habitante del pueblo osaba trabajar en su viñedo temiendo  posibles represalias.

Cuando la nube de polvo que levantaba el vehículo desapareció de su vista, Alejandro se sintió solo nuevamente. Recordó a su hija, tendida en el hospital y le poseyó una inmensa rabia hacia su violador. Sabía que había sido capturado. Un muchacho de la edad de su hija, perturbado hasta el extremo de cometer tal atrocidad. Hubiera deseado matarle con sus propias manos. Arrancarle a mordiscos sus entrañas. Despedazarle sin piedad como a un animal inmundo, pero al menos sentía el consuelo de saberle a buen recaudo. Mientras trataba de desechar tales pensamientos, se sirvió una copa de un viejo brandy que guardaba bajo llave. Cansado del paseo se sentó en el sofá, cerró los ojos y acercó la copa a sus labios bebiendo un sorbo.



jueves, 1 de marzo de 2012

3.- MORADA DE DEMONIOS – EN EL CASTILLO


El marqués de los Llanos observó desde la torre el cauto descenso de Don Alejandro a través de los viñedos hasta alcanzar su yegua blanca. Como todos los días, empleaba aquellas horas de la mañana en limpiar y pulir con esmero los delicados prismas verdes de cristal que pertenecían a su familia desde tiempos inmemoriales. Para ello, empleaba una gamuza nueva cada día que frotaba contra las caras de los cristales hasta hacerlas relucir como esmeraldas. Después la gamuza era desechada, cosa inusual en una persona de talante avaro como el marqués.

La torre del castillo tenía doce almenas, y en cada hueco, armadas sobre unos soportes de bronce oxidado, como cañones de luz apuntando en todas direcciones, relucían once de aquellas misteriosas piedras verdes. Tenían el tamaño del brazo de un hombre y la forma de un prisma hexagonal, con las caras de los extremos perfectamente paralelas entre sí.  Faltaba una. Había desaparecido el mismo día que el marqués se había negado a pagar a Alejandro un depósito de acero inoxidable en el que habían aparecido manchas de óxido, a consecuencia de una insuficiente eliminación del decapante. El marqués siempre había sospechado que fue Alejandro quien lo sustrajo, despechado por el impago del depósito, pero nunca había tenido ocasión de comprobarlo.

Al terminar de limpiar el prisma de cristal que daba al  río, el marqués se agachó y miró a través de uno de los extremos del cristal. Las huestes del moro Almanzor seguían acampadas en la orilla del río, sitiando la fortaleza. El campamento era un hervidero de gentes venidas de uno y otro lado en un completo caos, portando armas y víveres para el asedio. Las cabalgaduras se apretaban entre sí, portando cada jinete un estandarte en la punta de su lanza, como si el día fuera festivo y se aprestaran para una celebración. El marqués suspiró profundamente y extrajo el cristal de su soporte de bronce, sustituyéndolo por uno próximo, de idéntico tamaño. Nuevamente, se agachó a mirar. La bella Dorotea se bañaba ahora desnuda en las aguas de un río inusualmente limpio.

-         ¡Andrés!. ¿Ya estamos otra vez fisgoneando a las doncellas? – exclamó una voz femenina a sus espaldas.

-         ¡No, querida! Respondió el marqués turbado dándose la vuelta y descubriendo en el portón de la torre a su esposa Amelia. – Estaba observando al ejercito de Almanzor. Aún sigue acampado junto al río. Creo que se acerca el día del Santo.

-         No sé por qué tienes ese empeño en fisgar en el pasado – dijo Amelia mirándo a su esposo con escepticismo.- Si al menos pudieras ver el futuro con esos inútiles cristales, al menos podría entender que te pasaras las horas muertas en este lugar sin otra cosa mejor que hacer. Vamos. Ven conmigo. Tenemos visita.

La marquesa se dio la vuelta y desapareció por el portón. Andrés, sintiéndose incomprendido por su afán de estudio sobre la historia, siguió a la mujer rezongando mientras descendía la interminable escalera de caracol de la torre.

Al llegar al salón del castillo, se encontraron con dos hombres esperándoles. Uno de ellos era el joven párroco Don Carmelo. La marquesa le saludó efusivamente, reclinándose a besarle la mano como si del propio Papa se tratase. El sacerdote, sintiéndose turbado, protestó tímidamente instando a la marquesa a levantarse. El marqués se limitó a estrechar su mano.

El hombre que acompañaba al párroco esperaba pacientemente junto a la puerta a que el párroco le presentase, momento que hubo de postergarse merced a la locuacidad de Doña Amelia con el joven párroco. Era un hombre de poca estatura y edad madura, correctamente vestido, que les miraba indiferente a través de sus lentes y que en su mano derecha sujetaba un maletín. Tras un breve carraspeo del desconocido, el párroco interrumpió a la marquesa y se dirigió hacia éste.

-         El caballero que me acompaña es Don Herminio. Viene de la capital.

-         Encantado, Herminio – dijo Amelia estrechándole la mano.- Es un placer que nos visite.

-         A sus pies, señora – dijo el desconocido cortésmente.

-         Y díganos, señor – dijo el marqués mientras le estrechaba sonriente la mano al invitado. ¿A qué debemos el honor de su visita?

-         Me envía la Agencia Tributaria.

-         ¿La agencia tributaria? – balbuceó el marqués mientras sostenía horrorizado la mirada a aquel hombrecillo que a través de sus gruesas lentes le observaba palidecer y perder la sonrisa. -  ¿ Qué quiere Hacienda de mí?.

-         Verá, señor – dijo el inspector sentándose en uno de los sillones del salón sin esperar a ser invitado y abriendo su maletín sobre la mesa – se trata de sus declaraciones de Hacienda y Patrimonio de los últimos cinco años. He venido a efectuar unas simples comprobaciones.

-         ¡Como guste! – suspiró Andrés resignado mientras se sentaba en el sillón contiguo a su invitado. – Pero antes de nada, debo decirle que personalmente no entiendo demasiado de asuntos económicos. Y quizás fuera más oportuno concertar una cita en la Delegación, en donde podría asistir con mi abogado y con los documentos que fueran necesarios.

La marquesa y el cura se sentaron junto a ellos en el sofá, sin parecer mostrar demasiado interés por los asuntos mundanos. Amelia cuchicheaba al oído del párroco frases que parecían escandalizarle.

-         Quizás más tarde sea necesario efectuar una citación – prosiguió Herminio – Pero de momento, desearía que me explicase cómo es posible que no declare Vd. Tener ingresos viviendo en una casa como ésta.

-         Esta es la morada de mis antepasados - respondió el marqués con un educado tono de indignación.-  Toda mi familia ha vivido aquí desde hace siglos. No necesito pagar renta alguna por vivir aquí. Me pertenece por derecho. Por nacimiento. Además, pertenece al abuelo.

-         ¿Y vive su abuelo con Vds?.

-         Naturalmente. Nosotros cuidamos de él. Realmente, no está en sus cabales. ¿Sabe Vd?. Cosas de la edad.

-         Pues no me consta que ningún contribuyente haya declarado nunca por este inmueble ni por los ingresos obtenidos con el negocio del vino que, según tengo entendido, Vd regenta – dijo el inspector hojeando los papeles que guardaba en su cartera.

-         Todo pertenece al abuelo – respondió Andrés alzando los brazos. – Pero como el hombre ya no tiene ni edad ni cabeza para llevar ningún tipo de negocio, nosotros lo hacemos por él desinteresadamente.

-         Ya veo – sonrió Herminio – Llevan sus negocios pero no hacen por él la declaración.

-         ¿Cómo podríamos? – respondió irónico el marqués – La declaración de hacienda es algo personal. Como la confesión .- Perdón, Padre.

-         Quisiera ver a su abuelo

-         ¡Ah no!-  Interrumpió la marquesa gesticulando con los brazos. – El abuelo no recibe visitas. No le gustan.

Herminio centró sus gafas y adoptó una expresión seria.

-         Su abuelo, suponiendo que aún esté vivo, debe tener la friolera de ciento veinte años, según la documentación de la que dispongo. De modo que, si no compruebo físicamente su existencia durante mi visita, he de obrar con lógica y pensar que una persona de su edad no puede seguir viva, lo que les convierte a Vds. En defraudadores de primer nivel ante la Administración Tributaria. En cualquier caso, no quiero seguir insistiendo. - Dijo mientras recogía sus papeles y cerraba la cartera .- Sus bienes seran embargados y sometidos a subasta pública.

-         ¡Espere un momento, por favor! – suplicó el marqués visíblemente nervioso. - ¡Ahora mismo viene!.

Andrés se levantó del sillón y cogió junto a la chimenea un mazo en cuyo extremo había una bola cubierta de tela. Con ella, comenzó a aporrear frenéticamente, una y otra vez, un gong de gran tamaño que colgaba de la pared al tiempo que gritaba un nombre.

-         ¡Pepeee!

Tras un largo rato de ensordecedor ruido, unas sonoras pisadas se escucharon en el pasillo. Instantes después, apareció Pepe,  el calderero que una vez trabajó para Don Alejandro.

-         ¿Llamaba, patrón?

-         Trae al abuelo – dijo el marqués.

Pepe se quedó mirándo, como si no entendiera la orden, por lo que el marqués se puso a gesticular.

-         Es que es algo sordo, ¿Sabe Vd.? – dijo sonriente la marquesa a Herminio.

Al cabo de un rato, el calderero pareció entender la orden, y tras un “Lo que usted diga, Patrón”, se encaminó hacia los sótanos del castillo. Mientras esperaban, la marquesa se dedicó a conversar con el cura. Le recordó que se acercaba el día del santo patrón de la comarca, y era costumbre efectuar una ofrenda., pero la ermita del santo se encontraba fuera del pueblo, en la finca de Don Alejandro  y este hacía ya años que no permitía visitas en su propiedad. Andrés no podía concentrarse en otra cosa que no fuera la inspección a la que se veía sometido, pero comprendió que Amelia había ideado una astucia para conocer mediante el párroco los secretos que Alejandro guardaba en el mausoleo.

Mientras conversaban, un sonido de cadenas y engranajes, similar al ruido efectuado por un puente levadizo, llegó desde el sótano hasta ellos. Herminio y el cura se miraron sorprendidos, pero la marquesa les tranquilizó diciéndoles que en aquella antigua morada eran normales todo tipo de ruidos extraños.

Al rato, reapareció Pepe acompañado de un anciano cubierto de harapos. El hombre, de facciones simiescas, conservaba todo su pelo, incluso unas largas patillas que le llegaban al mentón. Iba totalmente desaseado, y una fina pelusa cubría su rostro y se extendía tras su cuello, ceñido por una argolla y una pesada cadena que le mantenía encorvado. Pepe sujetaba con disimulo el extremo de la cadena mientras miraba silbando al tendido.

-         ¿Pero qué aberración es ésta? - gritó el cura indignado - ¡Suelte a ese hombre inmediatamente!.

-         Es por su propio bien – susurró la marquesa. – Para que no se haga daño.

El marqués ordenó a Pepe mediante un gesto que soltara al anciano. Este obedeció y se retiró hasta la puerta. El inspector se acercó al anciano y tras mirarle detenidamente, le entregó una nota.

-         Por la presente, se le cita en la Oficina de Recaudación número cinco el próximo Jueves para dar cuenta de sus responsabilidades tributarias. Deberá aportar el Documento Nacional de Identidad, Fé de Vida y ....

El anciano cogió la nota y tras olisquearla se la llevó a la boca. La masticó pausadamente, exhibiendo una arruinada dentadura, para después escupirla a los piés de Herminio.

-         ¡Pero ¿Cómo se atreve?! – masculló el inspector. No tuvo tiempo de decir nada más. El anciano, esgrimiendo una agilidad y reflejos asombrosos, se lanzó de un salto a su yugular clavándole los dientes.

Andrés y Pepe corrieron a separar al abuelo del cuello de Herminio, Les costó bastante trabajo conseguirlo, y finalmente Herminio quedó tendido en el suelo en medio de un charco de sangre mientras con la mano trataba de frenar la hemorragia.

-         Ya le dije que el abuelo estaba un poco ido – dijo Andrés con una risita nerviosa. – Abuelo. Eres un cachondo. ¿Cómo se te ocurren esas cosas?.

Pepe volvió a colocar la cadena en el grillete de la argolla que rodeaba el cuello del anciano y desapareció arrastrándolo escaleras abajo. Mientras Amelia iba en busca de un botiquín, Carmelo ayudó a levantarse a Herminio, que apenas podía hablar. El marqués le preguntó cómo se encontraba. Había perdido bastante sangre y si la lesión era grave, habría que llamar a una ambulancia. Herminio le tranquilizó. Prefería abandonar el lugar en el vehículo del párroco y visitar la clínica, para que allí le inyectasen la antirrábica, la antitetánica y lo que fuera necesario.  Se tapó la herida con un pañuelo el tiempo necesario para que Amelia regresara con vendas y desinfectante, con los que improvisó una cura de urgencia. Una vez terminada la cura, se marchó apresuradamente en compañía de Don Carmelo, no sin antes gesticular un “Tendrán noticias mías”. 

Andrés y Amelia despidieron a Don Carmelo desde el rellano de la escalera del palacio. Cuando el coche se alejó, Amelia se volvió hacia el marqués:

-         ¿Qué hacemos Ahora?

-         No te preocupes, querida. Únicamente hemos de llamar al abogado para que envíe un escrito a la Delegación de Hacienda. Un hombre de 120 años no tiene la salud como para andar atendiendo a citaciones de ningún tipo.

-         ¿Y no sería mejor declarar al abuelo incapacitado y ser nosotros los administradores de sus bienes?

-         No.

-         ¿Y para cuándo vas a hacer la transmutación?

El semblante del marqués se ensombreció de repente

-         Para cuando encuentre alguien capaz de cargar con la maldición. Además, te recuerdo que para efectuar la transmutación, hemos de contar con los doce cristales. Y nos sigue faltando uno

-         Ese traidor de Alejandro....  Espero que el cura tenga en cuenta mis palabras y podamos hacer una visita a lo que sea se esconda en esa ermita.