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sábado, 22 de diciembre de 2012

LOS AMANTES DORMIDOS









Ella era una bruja.. Sus ojos eran negros y hechiceros, enlutados de tristeza, brillantes como una bola de noche y aguacero. Pozos de luna en cuyo fondo manaban destellos del alma. Vivía lejos, en el bosque. Olía a humo y a selva y sus rodillas estaban tiznadas del hollín de la hoguera en que moraba, pero su piel era blanca como la nieve. El viento hacía de su larga melena morena una constante diversión, agitándola como la mar en un lenguaje de ondas que subyugaba a todo aquel que la miraba, que parecía decir “ven. No importa”. Las mujeres del pueblo la odiaban a muerte, porque hasta el último hombre del lugar  ansiaba poseerla.

Yo también la amaba. Suspiraba desde mi pedestal mientras cada noche ella rondaba junto a mí en el parque, para vender su cuerpo por unas monedas, pero la estatua que contenía mi alma permanecía impasible, muda, oculta tras una gruesa capa de heces de paloma mientras el alma quería gritar encerrada tras el frío mármol que era mi sepultura.

A veces, en las noches de luna nueva, cuando el mundo duerme y la realidad de la luz se quiebra, ella percibía algo en mí. Una presencia quizás. Entonces detenía su paseo y  sonreía mirándome. Después comenzó a traerme flores, a hablarme y en ocasiones a inundar de lágrimas mi pedestal, buscando en mi pecho de piedra un refugio contra el mal que la hería el alma. Entonces yo podía oír a los lobos del deseo aullar en su interior, gimiendo y lamentándose porque ya no había luna para ellos.

Aquella noche la luna brillaba como una corona de luz blanca y trémula bajo la penumbra de la sombra de la tierra. Noche de eclipse. Sus ojos, con las pupilas dilatadas como soles negros, copiaban con destellos de otros mundos el reverberar de las aguas del estanque. El Habta, el hongo mágico de los bosques, veía a través de ella un mundo hecho de fuego y espejismos que se agitaba como un remolino avivado por poderosas corrientes que nacían y morían en la propia alma. Las puertas de la magia habían sido abiertas y a través de ellas cabalgaba la locura, entresacando entre los profundos umbrales del tiempo su contacto con los secretos de la creación. La niebla, exhalada por el aliento de un dragón, hizo su presencia apagando el mundo. Lo oculto era visible, como en un teatro de tramoyas en el que por un instante se adivinara la mano sutil que mueve cada cosa.

La hable, tras de la roca, con lejanas palabras de amor. Tan intangibles como una ficción, pero ella me escuchó, pues esa noche el mundo de lo oculto se había abierto a su conciencia. Se sintió desnuda. Lo estaba. Me miró como quien mira a un sueño y sentí que mis músculos se tensaban y mis piernas se alzaban rompiendo las pétreas raíces que me amarraban al suelo. Caminé hasta ella y la tomé en brazos, desapareciendo entre los árboles.

Abrazados en la espesura, unidos por la intensa cópula, miramos al cielo. El eclipse finalizaba. La piedra se había vuelto carne y mi corazón latía de amor por ella. Entonces la miré a sus ojos y vi en ellos reflejados los míos. Contaminados por la mirada pérfida de Medusa. El vestigio de aquella tarde aciaga en la que me convertí en estatua de piedra al atreverme a mirar el rostro de la Gorgona aún asaltaba mis recuerdos. Ella se asustó. Vio en mi mirada el halo de la maldición  sostenida por la luna cuyo fulgor ahora retornaba con fuerza tras el paso de la sombra de la tierra sobre la blanca esfera. Quiso zafarse, pero fue demasiado tarde. Mis manos se tornaron de piedra y sus brazos quedaron atrapados entra mis puños fríos y yermos. El mármol se abrió paso congelando su cuerpo junto al mío. La carne sintió el dolor, el frío punzante y se apagó de nuevo.

Los vigilantes del parque descubrieron al alba el robo de la estatua. Una nueva obra, con dos amantes en lucha ocupa hoy su lugar.



PYROS






Escribo este relato como un ejercicio de reflexión personal, para tratar de comprender desde la observación por qué estamos perdiendo con los incendios nuestros amados bosques. Desgraciadamente, no puedo evitar añadir algúna que otra invención producto de una imaginación calenturienta para relatar la historia..

Desde que Pyros le miró con sus ojos azules y amarillos, escrutándole entre la profundidad de las llamas de una hoguera siendo aún un niño, Marcos no había dejado de padecer una extraña fascinación por el fuego. Solo él parecía verlo, sentir su respiración animal, los latidos del calor reflejados en su rostro, su cuerpo de serpiente luminosa retorciéndose entre los leños rojizos y gimiendo tras el crepitar de las llamas. Una magia antigua se mostraba ante él. Un poder de la naturaleza invocado por el hombre desde el principio de los tiempos puesto al  alcance de su deleite. Cuando Pyros aparecía, algo en su interior se abría y relajaba. Un cálido bienestar le invadía y los problemas o frustraciones que le atormentaban parecían consumirse barridos por una llamarada de placer atravesando cuerpo y mente. Nada era comparable con ver a Pyros entre una nube fulgurante sobre las copas de los árboles y el sabor a adrenalina en la garganta mientras él y los otros brigadistas intentaban frenar en vano el avance del poderoso dragón arrebatado al infierno.


Marcos había aceptado aquel trabajo en el reten, con bajo salario y largas esperas en la base, para estar cerca del fuego. Su fervor laboral constituía un ejemplo de vocación desde muy temprana edad que siempre  había acompañado con abundante simbología: cochecitos de bombero, cascos, escudos con el fuego como emblema e incluso un tatuaje que parecía arder en su espalda.  Durante años se había ganado un merecido prestigio entre sus compañeros por la habilidad demostrada al diagnosticar el devenir de los incendios, pero un buen día llegó la crisis y alguien en algún lugar decidió desde un despacho que los servicios de la brigada no eran por mas tiempo necesarios.

  La crisis se llevó al retén por delante. La brigada de incendios del pueblo fue disuelta y Marcos hubo de recoger los enseres de la base abandonado para regresar a casa de los padres, engrosando la lista de parados y aguantando con resignación los incesantes gritos de la mujer tildándolo continuamente de inútil por su apatía y falta de determinación a la hora de encontrar un nuevo trabajo.

Tampoco a Andrés, hermano de Marcos, le iba mejor el asunto. Sus servicios como guarda forestal fueron rescindidos y al igual que Marcos, optó por regresar junto a los padres, que con unas cuantas vacas y una pequeña finca al menos disponían de alimento. Desde que el estado se hizo cargo del mantenimiento de los bosques, sustituyendo los antiguos trabajos que el pueblo efectuaba por una contrata, todo había ido a peor. Aún recordaba los ascensos al monte junto a padre a podar  ramas, clarear el arbolado y despejar la floresta en caminos y cortafuegos. A cambio, cada vecino del pueblo disponía de una porción de leña para cocinar en los hogares o guardarse del frío. También los animales podían pastar en la arboleda contribuyendo a que la hierba no se alzase demasiado. En esa época no existían los incendios, pero después todo fue cambiando. Al ocuparse la contrata de la conservación tanto el aprovechamiento de la leña como el pastoreo en los montes fue prohibido.  Los servicios de aquella empresa siempre habían dejado mucho que desear debido a una mayor motivación para obtener beneficios prevaleciendo sobre  la conservación del monte, pero cuando la crisis llegó, la contrata dejó de cobrar en tiempo y forma y como consecuencia, los trabajos de conservación fueron interrumpidos dejando a Andrés sin trabajo. Hacía meses que el bosque estaba sucio y cerrado. Las veredas se hallaban intransitables, cubiertas por un enjambre de ramas secas y los árboles se hacinaban uno contra otro sin  apenas aclarados.

Ese estado de cosas oprimía la mente de Marcos. No solo añoraba a Pyros, quien a veces le visitaba en sus sueños más húmedos. También se sentía frustrado por el desprecio con el que después de tantos años de desempeñar su labor había sido tratado. La leña seca que anegaba los montes era una tentación para su espíritu pirómano. Un caramelo exhibido en un escaparate que le impulsaba en una sola dirección: demostrar que se habían equivocado. Que él y sus compañeros bomberos eran necesarios para la comunidad. Durante meses, planes incendiarios repasando cualquier pormenor habían turbado su descanso. Planes que callaba con prudencia aguardando el momento propicio para su venganza. Ya se vería si Marcos Montes era o no necesario.   

 De pronto, algo se rompió en su interior. Marcos supo que había llegado el día. La sequía del verano se había mostrado pertinaz y el viento solano soplaba sobre la arboleda acariciando las copas de los árboles, como al animal le gustaba. Lo liberaría en el valle, al pie de la montaña. Las cunetas estaban sucias y acumulaban el desbrozado seco de varios años. Agarró el coche y las pastillas de encender la chimenea. Bastaría arrojar unas pocas por la ventana.

Al bajar por la montaña no cesaba de mirar hacia atrás. Quería ver al fuego despertando a su letargo y trepar hasta las copas de los árboles, pero desde el volante del vehículo no conseguía discernir salvo unos penachos de humo. Por otra parte, no era prudente andar exhibiéndose por el monte bajo tales circunstancias. Lo mas acertado sería  recogerse y contemplar desde casa el resplandor lejano en compañía de algún vecino.

Su hermano Andrés llegó al atardecer, corriendo a casa con los ojos desencajados y la palabra “fuego” prendida en los labios. El incendio había coronado la loma del monte y ahora, impulsado por el viento, bajaba torpemente por la ladera hacia el valle. Uno de los brazos había alcanzado al corral donde se hallaban los animales y padre ya corría monte arriba para abrir la empalizada cubierta de llamas. Al hacerlo, se quemó las manos, pero consiguió que el ganado pudiera huir en estampida. Otra de las lenguas avanzaba prendida entre los matorrales secos hacia la casa. Andrés y Marcos engancharon el arado de discos al tractor de padre y Andrés echó a andar a velocidad de vértigo, arrancando un surco de tierra en el corazón del prado. El humo le cegaba y conducía a ciegas. La máquina se encabritaba con peligrosos bamboleos cuando alguno de los peñascos del roquedal se cruzaba en el camino.  La casa se quemaría si aquella línea de tierra que el arado había trazado era traspasada por cualquier pavesa arrastrada por el viento.

Marcos apareció en la entrada del garaje montado en la vieja moto que había guardada en el cobertizo. Se había tomado su tiempo para vestirse para la ocasión. Llevaba puesto el mono ignífugo del cuartel, fabricado de una pieza y engarzado con costuras de hilo Nomex, botas de media caña con suelo aislante, gruesos guantes de cuero, mascarilla y sobre la cabeza su antiguo casco de bombero. Había cogido una bolsa de deportes que llevaba colgada al hombro y también una cadena que arrollaba en la cintura. Sin mediar palabra, arrancó la moto y a toda velocidad se dirigió a una de las lenguas, con la bolsa de deportes rodando arrastrada por el suelo tras el vehículo y asida por la cadena. La moto atravesó el terreno en llamas y la bolsa de deportes salió ardiendo de la zona como una tea.  Alcanzó la vaguada que había a pie de monte entra las dos lenguas y la atravesó sin contemplaciones, incendiándola a su paso. Una línea de fuego a unos metros del cortafuegos de Andrés brotó entre los matojos. La bolsa de deportes era como una antorcha que prendía sin piedad. Al verlo, padre pensó en dispararle con la escopeta para librarle definitivamente de su locura, pero con las manos quemadas sería difícil que acertara.  Al alcanzar la segunda lengua, viró con la moto y se detuvo en medio del prado. Entonces, ocurrió el milagro. El frente de llamas que Marcos había sembrado entre las dos lenguas de fuego rebotó débilmente en el surco arado por Andrés y comenzó a trepar montaña arriba formando un contrafuego. Con el nuevo incendio, el viento cambió de dirección, arrastrando la humareda hacia la cima del cerro.

Marcos contempló embelesado el combate entre las dos bestias. Sus pupilas dilatadas escudriñaron las entrañas de los dos colosos enfrentándose a campo abierto. Sus semblante vibraba de placer y de sus labios entreabiertos surgían susurros de asombro. Cuando regresó del estado de trance, encontró a su hermano mirándole con furia.

-         ¡Fuiste tu!. ¿Cómo pudiste?....

Andrés agarró a su hermano del cuello, apretando hasta que el dolor que sentía en el alma le hizo doblar el espinazo y caer de rodillas. Su amado bosque se había calcinado. Con él, media vida había partido. Sus recuerdos de niñez, sus  amistades, su primer amor entre los pinos, sensaciones, olores, sabores .... perdidos en la ceniza.

Llegó el otoño y con él las celebraciones. El ministro en persona iba a asistir a las condecoraciones de los dos héroes que con su valor y esfuerzo habían salvado desinteresadamente al pueblo de las llamas. Aunque, por supuesto, no iban a ser readmitidos, ya que con el monte calcinado como estaba, en el futuro no serían necesarios nuevos retenes. El ministro recordó las palabras de un reciente presidente de EEUU y sonrió: ¡La pasta que iban a ahorrarse en  la conservación del maldito bosque!. Pero lo mejor estaba por venir. Con el nuevo cambio en la ley, que ahora permitía de nuevo construir en zonas incendiadas, quedaba abierto el camino de futuras recalificaciones.

Tras las condecoraciones, el ministro pronunció su discurso. Y mientras Andrés miraba a su hermano con odio creciente, Miguel no podía evitar sonreír cuando escuchaba en boca del ministro la respuesta de siempre. La única que parece saben dar para cualquier problema: Endurecer las sanciones.




sábado, 8 de septiembre de 2012

EL DIA DE LOS OLVIDADOS




Me desperté en el hospital, sudoroso y agitado, cayendo en sueños con un grito de vértigo. Llevaba puesto un camisón verde, abierto por la espalda y un vendaje me envolvía la cabeza. La cama estaba húmeda de orines y sobre mi brazo izquierdo un juego de agujas clavadas en la vena dosificaban suero salino conectadas al gotero de la columna contigua a la cama, donde una máquina impertinente tililaba sin cesar emulando los latidos del corazón. No podía recordar como había llegado hasta allí y apenas alcanzaba a discernir quién era. Tan solo la imagen del limpiaparabrisas de un coche, bailando furioso con la lluvia en una noche de tormenta y una luz cegadora abalanzándose entre una cortina de agua tras una negra curva acudían a mi memoria.
El timbre de llamada a la enfermera parecía no funcionar. Grité varias veces, pero nadie me escuchaba. Me levanté desorientado y dolorido, arrancando los tubos y sondas que me aprisionaban al lecho y fui a tientas al lavabo, donde efectué una micción. Después, paso a paso, abandoné la habitación. El pabellón del hospital se hallaba desierto y los corredores asolados, con papeleras volcadas y sillas arrojadas al suelo. Todo parecía apuntar a una apresurada huida del personal del hospital y sus pobladores.
............................
Ahora he salido a la calle. Respiro una y otra vez el aire de la mañana, inusualmente limpio. Lleno mis pulmones esperando encontrar un virus letal que acabe conmigo, último habitante vivo del planeta, pero no percibo nada. Tan solo el vaho de mi aliento y ganas de fumar un cigarrillo. Estoy descalzo en medio de la calzada y una leve brisa levanta mi camisón agitando las pilosidades del cuerpo desnudo. Me siento como una mezcla de oso Yogui y Marilyn Monroe en medio de la gran urbe. Solo falta que venga un violador y me dé por el culo, aunque al menos me haría compañía. Aquí no hay un alma: Las calle están vacías. El rumor de los coches se ha apagado y los claxons han enmudecido. El incesante ruido de la urbe guarda hoy un inquietante silencio. Mi cuerpo se estremece en una mezcla de terror y frío. Camino sin rumbo, sin saber que hacer ni a donde dirigirme y cada paso me topo con la huella del horror: coches volcados, contenedores ardiendo sobre el asfalto y una nube de papeles rojos que el viento arroja contra mi cara.
 
Por fin, descubro a la policía. Los agentes permanecen juntos, pertrechados al modo militar y con sus porras y escudos preparados. Me dirijo a ellos en busca de auxilio, pero nadie se inmuta por mi presencia. Al llegar al centro de la calle me doy media vuelta y veo a una muchedumbre llegar en masa, con su andar renqueante, los ojos rojizos, las manos agrietadas y la piel del rostro desplomándose sobre la carne. Percibo su hambre. Están famélicos y enfermos. Junto a ellos caminan algunos vestidos de blanco, con batas de médico, sujetando una pancarta reivindicativa. Parece que a los recortes en sanidad se han sumado los de las pensiones. Más me hubiera valido no haber despertado el día de la huelga general.

lunes, 30 de julio de 2012

AMAPOLAS AL VIENTO


Todas las alarmas saltaron cuando crucé a través del escáner del control de seguridad del aeropuerto.  La cantidad de metal detectada por la máquina  indicaba una posible amenaza y la reacción de la guardia de aduanas fué inmediata. El vigilante cacheó  mi cuerpo palpando con frialdad su anatomía hasta que las yemas de sus dedos se hirieron con los extremos acerados de mis prótesis metálicas a través de la fina capa de latex de los guantes. Yo no paraba de repetirles lo de mi operación y los implantes  que llevaba conmigo, pero los guardias no cesaban en su empeño por hallar el origen del enervante sonido que de modo irritante surgía de la consola de control.  Finalmente, me llevaron a una lúgubre sala donde quedé desnuda. Pensaba que se contentarían con introducirme un dedo enfundado en un guante a  través de la vagina y el ano, pero el detector de metales había hallado  bajo mi piel algo que despertaba su curiosidad y el misterio debía ser desvelado.

 Al cabo de un rato, el cirujano, empuñando un afilado bisturí, desgarró la envoltura de latex y goma virgen que cubría mis senos mostrando en medio de mis gritos de horror e impotencia  el implante robótico que me mantenía con vida desde aquel día aciago en el que acerté a pasear junto a aquel maldito coche-bomba. En un instante, perdí los pulmones, el brazo, el corazón, los intestinos y en cierto modo la vida. Cuarenta dias de quirófano dejaron tras de sí  un entramado de tubos de vinilo soportados por una carcasa de metal brillante engarzados a venas y arterias alrededor de dos pulmones artificiales de silicona comandados por circuitería servomotorizada  y  una bomba de membrana que pulsando de modo rítmico bombeaba la sangre al resto de mi cuerpo.

A pesar del rechazo que causa mi apariencia semimetálica, sigo siendo una persona. Un ser humano herido por la locura de la guerra  y reparado a base de implantes mecánicos  que me mantienen con vida. Cada noche he de enchufarme a la red eléctrica para recargar mis baterias y obtener con ello un dia mas de existencia en este mundo, pero ellos repudian mi invalidez y carencias tildándome de monstruo, mitad robot y mitad ser humano. Para ellos, tengo un nombre. Soy un Cyborg.

Muy a su pesar sigo siendo una ciudadana norteamericana, con pasaporte en vigor y no pueden retenerme en la aduana demasiado tiempo, aunque he de soportar las miradas acusadoras de aquellos que me contemplan como una criatura escapada de un macabro espectáculo circense. Especialmente porque la pequeña María me espera en la sala de embarque del aeropuerto, custodiada por un guardia que justo en este instante acaba de abandonar su puesto para ir al botiquín a consecuencia de una repentina hemorragia nasa, dejándola sola.

Finalmente, el avión hacia Los Angeles ha despegado y María juega feliz junto a mí,  emborronando de colores un cuaderno con los lápices que la azafata ha traido amablemente. Mi mano metálica acaricia su pelo.  Es una niña preciosa, de apenas doce años y una embriagadora sonrisa que, después de todo lo acontecido,más allá de las visicitudes que encontramos en el pasado y ahora afloran en mi memoria,aún mantiene radiante. Toda una suerte tener esa facilidad para olvidar, para esconder el pasado en  la recámara más oscura de la mente.

El helicóptero sobrevolaba un terreno devastado. Un desierto polvoriento se agitaba bajo sus aspas. La tierra calcinada se abría agrietándose. Todo era desolación. Las plantas se habían marchitado y de sus tallos erosionados emanaba un pestilente halo de humo blanco, el mismo que se desprendía a través de las cuencas vacías de ojos y bocas abiertas de  cadáveres de animales y personas tras la detonación de la bomba bacteriologica.  El virus  XVH2 era muy potente, pero de corta vida. Consumía tan rápido y de modo tan letal las células de los seres vivos que  acababa desapareciendo una vez que el portador se extinguía.  

De pronto, en medio del páramo, cubierta con una capa de polvo de ceniza, encontraron a María. Vagaba sin rumbo, sujetando entre sus diminutos brazos el cadáver de un cachorro de perro consumido por la descomposición. El virus no la había matado. Había sobrevivido milagrosamente a los efectos de la bomba. Ignorando las advertencias de seguridad, el helicóptero aterrizó y Andrés rescató a la pequeña María transportándola en brazos hasta el interior de la cabina. Tras un examen médico y ocular pensaron que el virus no la había afectado. Andrés se quitó la máscara del traje NBQ y cruzó con ella unas palabras.


Cuando la sangre manó de la nariz de Andrés, tiñendo de rojo el suelo del helicóptero, nadie podía imagirar que a las 48 horas estaría muerto . El virus XVH2 había mutado en el interior de la niña a una cepa menos virulenta, que se extendía por el aire y resultaba letal para personas y animales.

Los médicos de la aldea  carecían de trajes NBQ de supervivencia, por lo que  decidieron abandonarla en un pozo seco alejado de la población al que de vez en cuando se acercaban protegidos mediante velos empapados de agua con lejía para suministrarla alimento. María permaneció más de un mes en ese pozo, hasta que las noticias de la niña superviviente al XVH2 llegaron a mi pais y los militares me enviaron con la misión de conducir a la niña hasta un piso franco en donde un grupo médico habría de investigar el origen de su inmunidad.

Recuerdo el día en que la saqué del pozo en donde la mantenían con vida, rodeada de cadáveres de animales que ocasionalmente descolgaban desde el brocal para que se sirviera de su compañía. Ningún ser vivo duraba mucho en su presencia. Pero  mis carencias como  humano resultaban también un escudo ante el temible virus, ya que los filtros instalados en la aspiración de mis pulmones artificiales  eliminaban con total eficacia al terrible parásito.

   María se pasaba la vida frente al televisor, viendo entre el paréntesis de analíticas y exámenes médicos a la que diariamente era sometida,  aquellos dibujos animados en donde Alicia caía a través de una interminable madriguera de conejo tras el gazapo del reloj  para encontra en su fondo un nuevo mundo, con el sombrerero loco, los gemelos Tweedledee y Tweedledum, la oruga fumadora o el escurridizo gato invisible. Tampoco faltaban el simpático ratón, el perro parlante de aspecto desaliñado, el pato malhablado, la sirenita,  y todos aquellos seres animados que constituían su único contacto con la realidad, conformando un mundo sin maldad construido a base de color.

Finalmente me ordenaron matarla, de un modo limpio y aséptico sin que su sangre se derramara por el suelo. Una tarea facil para un cyborg. Una criatura metálica sin corazón debiera ser despiadada, pero yo no fui capaz de llevar a cabo el sacrificio. Algo en la mirada de aquella niña detuvo mi mano y provocó una descontrolada reacción química en mi cerebro. En lugar de eso, maté a todos los médicos y juntos desaparecimos del lugar en medio de una alocada fuga.

El avión ha aterrizado. María y yo hemos llegado Finalmente al castillo de los sueños, donde la Bella Durmiente acostumbraba a danzar al ritmo de alegres valses antes de que las sombras poblaran el reino. Contemplamos sus altas torres de techos cónicos azules y banderas triangulares ondeando al viento, sus  paredes rosadas , engarzadas con terrazas doradas y los tapices izados sobre  farolas que circundan el camino de acceso a través del puente de piedra que conduce al patio interior por el  paso levadizo.  Adornos multicolores cuelgan de las murallas, iluminadas con un inmenso rosario de pequeñas luces blancas, descolgándose entre  las almenas como espuma de hielo fluorescente.

Se acerca la navidad. La carroza de Santa Claus se desliza por el amplio paseo  jalonado de abetos navideños engalanados de guirnaldas,  luces y bolas de colores. Los niños la vitorean al pasar. Santa Claus rie burlón desde su trineo gigante  remolcado por renos que andando sobre dos patas arrojan caramelos al publico. Principes y princesas tomados de la mano desfilan junto a la carroza de un gran muñeco de nieve, en donde  gira sin cesar una bailarina de tutú blanco escoltada por una división de soldaditos de plomo desfilando al son de la banda de música,  con sus uniformes blancos y rojos repletos de botones dorados a juego con el brillo de los instrumentos de viento que suenan sin descanso.

María grita feliz, excitada por aquella explosión de música y color que invade sus sentidos. Su cuerpo menudo se agita entre una melé de crios  agachados que pugnan entre ellos por el dulce botín de caramelos que pueblan el suelo. Nunca la he visto tan viva como en estos momentos. Su goce me hace pensar que el viaje ha merecido la pena.

Pasamos el resto del dia visitando la montaña rocosa Matterhorn, deslizándonos en barca a través de canales acuáticos, visitando el exótico mundo submarino, el mundo de los piratas y la mansión encantada.

 Por fin se ha hecho de noche. Esqueletos mariachi, con sombrero mexicano  y un toque navideño cantan frente a nosotros tocando la guitarra, maracas, xilófono y contrabajo en conmemoración al dia de los muertos. Brillantes fuegos artificiales multicolores iluminan  el firmamento nocturno. La tierra del pirata y el pato, el perro y el gato. De Alicia y Aladino. El lugar donde los sueños se hacen realidad. María corre enfundada en su gorro con orejas de ratón por el recien estrenado camino  que conduce hasta Oz, nuevo y reluciente, cuyo lustre amarillo se llena cada segundo de manchas rojas como un prado de amapolas en el estío y yo siento que la amo, que está más cerca de mí que ninguna criatura. A su paso, el mundo languidece bajo la sombra de seres sangrantes, olvidados de la naturaleza, corrompidos por dentro. Ellos son los monstruos, los que crearon el XVH2, los que lo lanzaron sobre una población indefensa jugando a ser dioses, sin pensar que de algún modo, la naturaleza siempre devuelve los golpes.

domingo, 20 de mayo de 2012

LA TORRE DE HIELO



-         Si, amigo mio. Soy yo. Aunque no puedo decirte durante cuanto tiempo. La mordedura del Khan-Shitan  transforma mi cuerpo. Pronto seré como el guardián de la torre.


El semblante de Klarag se había vuelto pálido. Su amigo Snogall tenía rasgada media cara y tras la piel asomaba un ojo de águila rodeado de escamas plumosas. Tras ellos, tambores Mamrios, ocultos en la jungla, resonaban en la noche de Ronga, iluminada por sus cuatro lunas como el latir de un corazón gigantesco. Pronto los dos soles de Tau-Ceti emergerían uno tras otro del horizonte despertando a los árboles pensantes. Si no alcanzaban el páramo, estaban perdidos.

 La expedición había sido un desastre desde el principio. La nave se había estrellado al tomar tierra, cuando el suelo fundido desapareció bajo sus pies. Una maldita burbuja, pensó Klarag. Hubieran debido aterrizar en la jungla y no sobre el  glaciar. Los retrocohetes derritieron el hielo y bajo la  capa de nieve solamente quedó el vacío de una cueva interminable. Una sima que los engulló a todos.

Ronga siempre había mostrado un elevado vulcanismo. Mientras el frió del espacio mantenía helada la superficie del planeta, en su interior se generaba un sistema hídrico subglacial de caudalosos ríos fluyendo bajo el permafrost. Inmensas cúpulas y cuevas esculpidas en el hielo por el constante fluir de la lava habían forjado bajo la corteza helada, un mundo hueco, al que sustentaba un bosque de gruesas columnas de hielo azul.  Su lejanía a los soles lo había catalogado durante muchos años como planeta rocoso helado, lejos de la zona habitable del sistema solar. Pero la órbita era muy elíptica y en ocasiones, cuando los soles se alineaban, el planeta se acercaba tanto a Tau-Ceti que los glaciares se derretían formando inmensos lagos en la superficie. Los nativos Mamrios conocían esos lagos superiores como el mar volador, donde según las leyendas habitaba una estirpe de navegantes. Durante la época de deshielo, el agua del mar volador caía a las profundidades del planeta en interminables cascadas. El magma evaporaba el agua y el vapor era expulsado a través de gigantescas fumarolas. Bajo el manto de neblina, la luz de los soles se descomponía en arco iris. Un mundo realmente hermoso. Pero letal para los humanos.

Los Mamrios, servidores de la criatura conocida como Khan-Shitan, habitaban en las cuevas subterráneas del planeta. Eran un pueblo primitivo. Atraídos por el estruendo de la colisión, les rescataron y cuidaron. Parecían amistosos, pero finalmente solo buscaban nuevas víctimas para alimentar al Khan. La tripulación pereció devorada. Solo Klarag consiguió escabullirse, escapando a través de las grietas azules del glaciar y siguiendo el curso torrencial del agua deshelada, que formaba un laberinto de cuevas bajo la costra de hielo. Ahora se alegraba de ver nuevamente a su amigo Snogall, aunque fuera bajo aquella apariencia siniestra.

Klarag miró a su amigo. Le pareció que todo su cuerpo crecía por momentos. Los párpados se habían caído dejando al descubierto dos grandes ojos verdes llameantes. Snogall parecía sumido en una enorme lucha interna a consecuencia de la personalidad del extraño ser que lo consumía, que comenzaba a dominarlo poco a poco. Klarag decidió hablarle:

-         Snogall. Amigo. Tenemos que salir de aquí.

Snogall miró hacia el horizonte. El primer sol comenzaba a despuntar por encima de las paredes del gran cenote de varios kilómetros de diámetro con paredes de hielo donde se encontraban. El suelo tembló levemente. La luz  del día en Ronga despertaba a los árboles pensantes, reunidos alrededor de un lago de cuyo centro brotaba una columna de vapor. Pronto el aire se ionizaría y comenzarían las auroras de los árboles, con su sueño lumínico alimentado por la luz de los dos soles. Los poderosos pensa-vientos atravesarían los valles e impactarían contra ellos privándolos de la razón y sumergiéndolos en un mundo alucinatorio en donde lo real y lo imaginario resultaban ser la misma cosa. Todo vestigio de raciocino humano era borrado. La razón se perdía y los infortunados seres que osaban adentrarse en el dominio de los árboles  viajaban sin rumbo por los bosques hasta resultar devorados por las criaturas salvajes que allí habitaban. Solo en el caso de alcanzar la noche, podrían despertar del sueño de los árboles, quizás con la razón perdida para siempre. Debían de huir al páramo, en donde sin duda los Mamrios les andarían buscando.

-         De acuerdo, Klarag. Haré lo posible para ayudarte.

Los Mamrios no tardaron en aparecer. Surgieron de los restos de un antiguo volcán extinguido por una gigantesca estalactita de hielo que, como un colmillo volador, había caído del cielo clavándose en la entraña de la caldera. Era su lugar más sagrado, la torre del hielo, el templo del Khan. Snogall alzó la vista y la horda se detuvo. Los ojos del humano brillaban ahora como los de su amo el Khan. La mordedura de la criatura era mortal para los Mamrios. Tan solo los humanos sufrían las transformaciones. Por ello todos agacharon la cabeza apartando la mirada de aquellos ojos llameantes.

Ambos echaron a andar cruzando a través de la multitud. Los Mamrios temían a Snogall y se apartaban ante su avance, mientras éste  apretaba el paso abriéndose paso, pero Klarag  tenía dificultades en seguirle. Los nativos levantaban las manos sobre sus cabeza, propinándole continuos palmetazos en la nuca. A medida que avanzaban, el ascenso hacia la ciudad sobre la que se alzaba la gran torre de hielo resultaba más pronunciado. Klarag sintió que le abandonaban las fuerzas. De pronto, su amigo gruñó con voz ronca.

-         ¡Rápido! ¡Me voy....!  ¡Agárrate a mi cuello!

Klarag obedeció sin pensárselo dos veces. El cuello de Snogall había comenzado a ensancharse, llenándose de nuevos músculos. Su cuerpo tomó el aspecto de un enorme león mientras la mandíbula se afilaba y expandía, llenándose de dientes. El dolor de la transformación le hizo gritar. Su garganta emitió un potente rugido que hizo huir a la multitud gritando:

-         “!Ayeeeeeeh, Kzz Tzitann!!

-         ¡Khan Shitan! –pensó Klarag al tiempo que Snogall se abalanzaba en una veloz carrera persiguiendo a la aterrorizada multitud, huyendo en estampida hacia la boca de la gruta.


Pero la huida de los nativos conducía hacia una trampa. A la entrada de la cueva aguardaba un grupo de guerreros Mamrios fuertemente armados, apostados en el techo y paredes de la cueva colgando como murciélagos de sus extremidades inferiores. Una lluvia de lanzas y flechas partió hacia los fugitivos en todas direcciones, impactando algunas en el lomo de la criatura que era ahora Snogall. Bajo el cerco de los guerreros, buscaron refugio en la zona más oscura, oculta a todas las miradas por una neblina.  Allí se quebró la espalda de Snogall y  brotaron dos inmensas alas. Los ecos de su poderoso rugido reverberaron en las paredes de la cueva estremeciendo a los Mamrios el tiempo suficiente como para poder escapar en un rápido vuelo de aquella trampa de hielo.

En el exterior de la cueva, impulsados por el amanecer del primer sol, los árboles pensantes habían despertado y un torbellino de pensa-vientos multicolor se adueñaba del páramo. Al fondo, la cascada celestial caía desde el mar volador hasta el lago. Siguiendo su curso, ascenderían hasta el mundo superior y buscarían la ayuda de los navegantes, pero Snogall estaba herido. Perdía fuerzas mientras el remolino de pensa-vientos se acercaba....

Las cinco de la mañana. El despertador entona su monótona melodía. Es hora de levantarse. La ducha está fría. El mono de trabajo aún no está seco y el desayuno apenas se desliza a través del gaznate. El autobús se retrasa y el jefe me recibe con una mirada de desprecio. Los animales esperan en sus jaulas.. Cuando llego a la jaula del león, el gran macho se me acerca, hasta quedar tras los barrotes a un palmo de mi rostro. Ambos nos miramos a los ojos. “- Hola, amigo. Sé que eres tú. No te he olvidado. Esta noche ambos  conseguiremos escapar de ésta pesadilla.”

sábado, 10 de marzo de 2012

FIDELIO


PORCIA.- Te pertenece una libra de carne de ese mercader: la ley te la da y el tribunal te la adjudica.
SHYLOCK.- ¡Rectísimo juez!
PORCIA.- Y podéis cortar esa carne de su pecho. La ley lo permite y el tribunal os lo autoriza.

"El mercader de Venecia", de William Shakespeare



Conocí al músico de Ipanema en  Rio de Janeiro, ciudad maravillosa a la que acudí por vacaciones un mes de febrero. El músico, sentado sobre una toalla junto al paseo marítimo en la Avenida Delfín Moreira, entre la familiar  Leblón  y la tumultuosa playa  de Ipanema, rodeado de niños, tocaba la guitarra cadenciosamente, mientras susurraba al son de los arpegios una triste canción, dedicada a un amigo perdido, de nombre Fidelio.

No muy lejos de allí, en la loma de una colina, entre Pedro Dos Irmaos y el Morro de Cochrane, se extiende una vasta extensión de humildes casas. Un enjambre humano y caótico de viviendas descolgadas en el irregular trazado de la ladera del morro, con paredes de ladrillo visto, en ocasiones pintadas de vivos colores o apenas enfoscadas, techadas con cobertizos planos de chapa ondulada, levantándose como garitas en medio de árboles centenarios, vestigios de la selva amazónica y engalanadas de ropa tendida al sol sobre ventanas y azoteas. El lugar se conoce como Favela Rocinha. Bajo sus estrechas calles, cubiertas por un bosque de cables eléctricos que viajan entre los edificios sin orden ni concierto, una multitud de 50.000 personas pulula bulliciosa y alegre, afrontando cada día la vida con una sonrisa.

 En ese lugar, en medio del paraíso olvidado, vivía Fidelio, un joven mulato  sin familia de apenas trece años. Casi había olvidado el día en que sus padres fueron asesinados por el Carter. Las reglas son sencillas. Quien no las cumple, acaba muriendo. Durante un tiempo fue cuidado  por su hermana Patrizia, apenas tres años mayor que él. Un buen día, Patrizia desapareció y Fidelio no volvió a saber nada más de ella. Desde entonces, Fabio y Edu, amigos del barrio, fueron su única familia.

Fidelio Vivía en el ático de una casa, bajo un techado de cartones junto a un depósito azul de agua en la parte alta de la colina. Desde el lugar  podía divisarse el Corcovado y el refulgente mar carioca. Unas chanclas, unos vaqueros despernados y una vieja camiseta eran todo su patrimonio. El depósito de agua y las lluvias amazónicas los mantenían razonablemente limpios.

Fidelio nunca estudió. La única escuela que conoció fue la de Samba académicos de Rocinha, en donde él y sus amigos solían colarse a visitar al músico de la guitarra. La calle fue su escuela, la fuente de la que bebió toda su sabiduría. Desde que cumplió los nueve años, ganaba el sustento como correo de los narcos o como limpiabotas en el paseo marítimo. Cuando Fabio y Edu le acompañaban, aguardaba su oportunidad frente a la puerta de los servicios públicos de la playa en la zona de los hoteles y se cruzaba con los clientes, dejando caer el cepillo de lustre junto a ellos. El educado caballero, compadecido del pobre muchacho que sin darse cuenta había perdido en su deambular el cepillo, lo recogía del suelo y llamaba al despistado crío. No había vuelta atrás. Fidelio agarraba el cepillo de la mano del turista y una décima de segundo más tarde se encontraba esparciendo el betún sobre el zapato del sorprendido individuo. A los pocos segundos, llegaba el momento de la cuenta. O quizás debería decir el sablazo, porque tras el breve lapso que el muchacho tardó en limpiar los zapatos, extendía su mano y solicitaba un importe de mil reales (Al cambio, unos cuatrocientos euros aproximadamente).  Entonces el amable caballero, sorprendido por el elevado precio del servicio solía sonreír diciendo: “Te has equivocado, muchacho. Serán mil céntimos y aún así, me parecería excesivo”. A continuación, Fabio y Edu aparecían en escena, acusando al ingenuo turista de estafar al limpiabotas mientras Fidelio fingía llorar. Normalmente, la escena se solventaba cuando el individuo, avergonzado por aquella escena de escándalo, les entregaba  una suma variable que solía ser como mínimo cuatro euros, o si la ocasión resultaba propicia, la mitad de lo que la víctima llevase encima, lo cual raramente llegaba a sobrepasar los veinte euros, aunque todo ello dependía de la cercanía de la patrulla de policía, sobradamente conocedora de los pillos locales.

Aquel día el sol brillaba con fuerza y la mañana prometía. El individuo que acababa de entrar en los servicios tenía que estar forrado de pasta. Un gringo que calzaba unos hermosos zapatos italianos de diseño de más de mil reales, traje oscuro hecho a la medida, gemelos plateados en los puños de la camisa, gafas de sol de gama alta, un gran reloj Rolex  Day-date con montura de platino y anillo de oro en el dedo índice engarzado con un enorme brillante. Sin duda, un buen negocio para cubrir el día.

Tal y como acostumbraba, Fidelio se escondió tras un contenedor de basura apostado en un lado del acceso hasta que el hombre salió de los retretes. Después, pasó frente a él, a unos pocos pasos y disimuladamente dejó caer al suelo el cepillo de lustre. No había caminado aún diez pasos cuando escuchó la voz del gringo llamándole. Fidelio dio la vuelta, llegó hasta la altura del extraño, recogió el cepillo de su mano y en un rápido movimiento, se sentó en el suelo abrillantando los zapatos con esmero sin que el gringo se inmutara lo más mínimo.

Al terminar el trabajo, Fidelio se levantó del suelo y extendió la mano  hacia el forastero, diciendo: “-Son mil reales, señor”. El gringo sonrió socarronamente y preguntó: “-¿Cómo te llamas, muchacho? “. “- Fidelio”, respondió mientras el hombre le agarraba la cabeza y con los dedos separaba los párpados examinando sus pupilas.

El gringo introdujo su mano en el interior de la chaqueta extrayendo una abultada cartera de cuero llena de billetes. Con gran habilidad reunió la suma convenida y la expuso frente a los ojos del muchacho. Fidelio no podía creerlo. Una fortuna se hallaba a su alcance ante sus ojos. Lo suficiente como para dejar de preocuparse quizás para siempre por la pobreza en la que vivía,  pero ¿dónde estaban Fabio y Edu?. ¿Por qué no habían aparecido?.

-         ¿Lo quieres? – exclamó el gringo.
-         Claro, señor – dijo riendo Fidelio
-         Piénsatelo. Un trato es un trato. ¿No quieres reconsiderar el precio de tu servicio?. ¿No prefieres discutir su precio?
-         No hay nada que pensar, señor. – respondió Fidelio esta vez con semblante serio. -Yo ya hice mi trabajo y mil reales es su precio. Una vez hecho el trabajo es tarde para discutirlo.
-         Sea pues, -dijo el hombre con semblante serio mientras entregaba a Fidelio la suma exigida ocultando la mirada tras el brillo de sus gafas oscuras.

Tan pronto como Fidelio tuvo la suma en sus manos echó a correr cuesta arriba, en dirección a la fabela. Al cabo de dos minutos, Fabio y Edu le alcanzaron corriendo:

- ¿Qué has hecho, Fidelio?. – dijo Fabio mientras corría junto a él. - ¿No sabes quién era ese tipo?.
- ¡No lo sé! – gritó Fidelio sin parar de correr – Pero me ha pagado los mil reales.
-         ¡ Le llaman el Señor Muerte! – exclamó Edu jadeante. – Yo que tú desaparecería una temporada. Deberías ir a ver a Edgar para que te esconda.
-         - ¡¡Nosotros no te hemos visto!! – gritó Fabio antes de alejarse junto con Edu al doblar la esquina.

Edgar era uno de los gerentes  locales del negocio de distribución de droga en la zona de Rocinha. Apenas tenía diecisiete años, pero en aquel negocio se comenzaba joven. Heredó el negocio de su antecesor, otro joven criado en las calles y misteriosamente desaparecido. Principalmente trabajaba la cocaína, porque era lo que más le gustaba. Regentaba el negocio en un antiguo surtidor de gasolina abandonado y cuando los chicos lo habían necesitado, Edgar les había dado dinero a cambio de hacer de mula para él. El lugar quedaba a una cierta distancia, por lo que Fidelio tuvo que recorrer un largo camino cuesta arriba hasta llegar a la oficina de Edgar y para colmo, las lluvias amazónicas hicieron acto de presencia, por lo que llegó empapado.

Al llegar al surtidor, observó un elegante Jaguar negro parado frente al expendedor de gasolina  roto y oxidado. Probablemente Edgar estaría ocupado con alguno de sus jefes, los que proveían  al negocio la mercancía. Nunca se habían dejado ver por allí, pero todos sabían que existían. De modo que Fidelio entró con cuidado en el establecimiento abandonado. El lugar permanecía silencioso, apenas alterado por el tintineo de la acusadora campanilla de la puerta, que todavía permanecía en funcionamiento cumpliendo su servicio.

-         ¿Edgar.....?

Pero Edgar no podía oírle. Yacía en el suelo con la garganta degollada en medio de un inmenso charco de sangre que llenaba toda la habitación. El chapoteo de la sangre hizo a  Fidelio mirar al suelo. Se encontraba de pié en medio de aquel charco.

La puerta de la gasolinera se cerró bruscamente, dando un portazo. Junto a ella, se encontraban dos hombres armados. Fidelio retrocedió instintivamente hasta toparse con un hombre que le agarró por los hombros. No hizo falta que Fidelio se volviese para reconocerle. Bastaba con ver sobre su dedo índice aquel anillo de oro engarzando al enorme diamante.

Los hombres de la puerta se acercaron al muchacho y le agarraron de los brazos. Levantaron su cuerpo en vilo y lo sentaron sobre la desordenada mesa de Edgar, previamente limpiada con el rápido barrido de la culata de un fusil. Uno de ellos permaneció tras la mesa, agarrando de los brazos a Fidelio mientras el segundo hombre esparcía por el fondo de la habitación un bidón de gasolina.

El Señor Muerte miró a Fidelio. Tomó un cubo y una esponja abandonados en un rincón de la gasolinera, que en otro tiempo sirvieron para limpiar el parabrisas de los coches y sin decir palabra se acercó al muchacho, se agachó frente a él y comenzó a limpiar con la esponja la sangre  de Edgar que al entrar en la habitación Fidelio había pisado y  que ahora teñía pies y pantorrillas de rojas salpicaduras. El muchacho sollozaba:

-         Perdóneme. No sabía quien era usted. Le devolveré su dinero. Haré lo que quiera...

El gringo continuó impertérrito, hasta que todas las manchas de sangre de los piés de Fidelio desaparecieron. Alzó la cabeza. El ruido de las aspas de un helicóptero fue aumentando en intensidad. El sicario de la gasolina había encendido el fuego. Solo entonces, con las llamas del incendio reflejadas en sus oscuras gafas, el Señor Muerte rompió su silencio.

-         Bueno, muchacho. He limpiado tus pies. Ahora te diré cuál es mi precio....

..............................

Jhonny abrió los ojos en el hospital, encontrando junto a la cama a sus padres, que le sujetaban de las manos con rostro sonriente. Los primeros rayos de sol de la mañana se filtraron a  través de la ventana junto con el bullicio del despertar de Nueva York. La operación había sido un éxito. Después de incontables esfuerzos, un corazón había llegado. Jhonny podía vivir.

Las semanas transcurrieron y el pequeño Jhonny se recuperaba rápidamente. Sus células eran aún jóvenes y el donante había resultado compatible. De modo que el médico le dio el alta. Los Anderson montaron en su coche con el pequeño muchacho sanando con rapidez. Al llegar a Brookling tuvieron que detener su marcha. Una comparsa, con música y tambores, ocupaba la calle. Era época de carnaval.

De pronto, Jhonny se puso pálido y se llevó la mano al pecho. El torax le latía con fuerza, como si su nuevo corazón quisiese escaparse. Los Anderson dieron la vuelta y regresaron al hospital a toda velocidad, accediendo al mismo por Urgencias. Cuando llegaron, el médico de guardia lo examinó con su fonendoscopio ante la mirada atenta y preocupada de sus padres, diagnosticando que se trataba de una anomalía.

Pues ¿Cómo diablos les iba a decir a los Anderson que el corazón de su hijo estaba latiendo a ritmo de samba?.


LA ESTATUA DEL TEMPLO



Estoy sentado en este pedestal, del que no puedo escapar. La gente viene a adorarme. Me cubren de flores y rezan. Encienden fuegos y velas perfumadas mientras hablan frente mi rostro impasible. Puedo oírles, aunque mis labios están sellados e inmóviles, prisioneros del frío mármol que alberga mi ser. Una vez fui un hombre, antes de que la mirada de Medusa transformara en estatua mi cuerpo de guerrero. Ahora soy solo una sombra. Un inmortal carente de vida testigo de las penas de los hombres. Ellos me cuentan sus problemas, piden por su salud o la de sus seres queridos, como si yo pudiera, merced a una magia antigua, apaciguar los dolores que sufren sus cuerpos y  almas. ¡Qué ilusos!.

No se puede escapar del cielo. Yo lo sé mejor que nadie. Por mucho que corra o intente esconderme, los astros me acaban encontrando. Solo en las noches de eclipse consigue el destino burlar la maldición de la Gorgona y otorgarme por unas horas el don de la vida. Así he conocido a los griegos, que vieron en mí a un corredor olímpico, romanos, Hititas, egipcios, Persas y  cientos de pueblos de la tierra. Incluso quise escribir mis desgracias en un pergamino que el contacto con mi piel se convirtió en piedra cuando la luna impuso en el cielo su presencia. En esta ocasión había aguardado mi destino sentado sobre la hierba mientras contemplaba el cielo.

Hoy me han traído un cesto de fruta. Parece que la pequeña hija del gobernador ha sanado de sus fiebres. Sin duda será un buen festín para los monjes del templo. En otro tiempo me regocijaba contemplar el pueblo postrándose a mis pies en busca de favores, pero sus penas son a veces demasiado intensas y su dolor demasiado profundo, incluso para un frío corazón como el mío.


Siento la lluvia cayendo sobre mi rostro de piedra. El agua me golpea en la frente y anega mis ojos para después fluir hacia el océano surcando en un pequeño torrente mis mejillas.  He visto hacerlo a los hombres muchas veces. Lo llaman llorar. Es bonito.

sábado, 3 de marzo de 2012

1.- MORADA DE DEMONIOS - PRISIONERO DE MI MISMO

Tumbado en el jergón de mi celda, con la luz de la prisión desvanecida, percibo, a través de los reflejos del muro de cristal que me aísla del largo corredor, el lento deambular del vigilante, en ocasiones detenido frente a la puerta de una celda, observando a sus moradores como si contemplase un cuadro en una exposición. Entonces viene a mi mente aquello que una vez imaginó un filósofo griego sobre la percepción de la vida desde el fondo de una cueva. Sombras en la pared que solo alcanzamos a interpretar.

Hace frío. El aliento se condensa al  salir de mi boca mientras arropo mi cuerpo con la manta de lana, gris y mugrienta como las paredes de la cueva del filósofo. En todo caso, la cueva de la que hablaba aquel griego se hallaba habitada. Podemos ver la cueva, porque está hecha de carne, pero no a sus habitantes que, como los guardianes de la prisión, aguardan en un zaguán oscuro, oculto en las profundidades de la cueva, su turno de ronda para saborear las delicias de la percepción y gobernar durante un instante sobre actos  y palabras, si su destino es en algún momento el gobierno de la carne que los cobija. En el caso de mi persona, si existe algún “yo” inmutable en mí, éste sería la cueva, la casa, el castillo, el hogar, la morada. Una morada habitada por demonios.

¿Quién soy yo?, se preguntarán algunos. Hoy me llamo Tomás Gomez. Mañana puedo ser cualquiera. Y a pesar de estar internado en esta institución mental, que se asemeja a una prisión más que a ninguna otra cosa conocida, no me considero un loco. Estoy aquí por culpa de un incidente del que no albergo memoria alguna. De cualquier forma, mi involuntaria estancia como huesped de éste establecimiento me ha revelado que desde donde mi memoria alcanza, he aprendido a ser carcelero de mi mismo. A encerrar a cada demonio en su celda y escuchar sus gritos desde los corredores más profundos sin permitir que sus gritos alteren jamás mi conducta. Realmente, algo muy parecido a lo que acontece aquí cada día.

 Pero todo ello cambió de repente, en una noche de luna llena, cuando las puertas de la prisión se abrieron y escaparon todos mis demonios.

viernes, 2 de marzo de 2012

2.- MORADA DE DEMONIOS - EL OTOÑO


Las campanas de la iglesia del pueblo tañeron aquella mañana de un modo especial. Un tañido cadencioso, apagado y herrumbroso, emitido desde la torre de la iglesia, emergiendo fantasmagórica sobre el mar de espesa niebla que cubría el resto de las casas de la población. Don Alejandro De la torre, montado sobre una yegua andaluza blanca, escuchó en aquel  día de temprano Octubre  ese tañido peculiar desde la cima del monte que coronaba el pequeño pueblo, reconociendo su mensaje. El otoño había llegado y con él, la vendimia.

 Tras el largo y soleado verano, los pámpanos de las vides se habían vuelto ocres, trasladando su vigor a las uvas, que habían empezado ya a pintar y como todos los años, había llegado el momento de nombrar un viñadero que desde aquel día se encargaría de vigilar los viñedos, prohibiendo la entrada a las viñas tanto a personas como a animales.

 La elección del viñadero resultaba en aquel paraje potestad del cura, por ser el único autorizado a transmutar el vino en la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Es por ello que el campanero, acostumbrado al oficio de mensajería de maitines, bautizos, defunciones y otros eventos, obsequiaba a los parroquianos aquella mañana con el cántico de las viejas campanas llamando a comicios. A la postre, daba igual quién se presentaba como candidato, pues finalmente, la última palabra la tenía el cura.

Años atrás, ningún viñadero hubiera osado prohibir a Don Alejandro la entrada a sus propias tierras, pero debido a su constante y pertináz ausencia a los servicios religiosos y a su carácter poco diplomático,  el párroco no profesaba a  Don Alejandro demasiado afecto y una vez nombrado el viñadero, éste no tendría oportunidad de visitar sus propios viñedos hasta el momento mismo de la vendimia sin que por ello mediara una trifulca,  pues éstos  se encontraban en los lindes del viñedo comunal. De modo que el hombre azuzó la montura y sin demasiada prisa se encaminó hacia sus tierras para efectuar un último examen a las uvas.

Al rodear la colina, Alejandro se encontró con Hidalgo, el pastor, que se encontraba moliendo a palos a el abuelo Zacarías. El pobre abuelo había perdido la razón hacía ya muchos años, cuando su nieto, el actual Marqués de los Vados era aún un crío. Solía deambular por aquellos parajes medio desnudo, cubierto de harapos y resultaba un problema para todos los ganaderos de la región. A menudo se deslizaba por las noches en el interior de los gallineros de la comarca para sacrificar unas cuantas gallinas cuya sangre succionaba de la yugular de los animales para infortunio de sus criadores. Pese a ello, pocos osaban reclamar al marqués compensaciones  por los daños sufridos, debido al peculiar carácter de éste en lo relativo a asuntos económicos, y se contentaban con aprovechar al animal para un guiso en la cazuela, debido a que el abuelo Zacarías no consumía la carne de sus presas.

En esta ocasión, Zacarías se había excedido. Había degollado a una oveja vieja, que se encontraba postrada junto a ambos,  despatarrada como un alfombrón de lana. Desde luego, el abuelo se merecía en esta ocasión un buén castigo, y el pastor Hidalgo ayudado de su perro, que le mordía ferozmente la entrepierna,  le estaba dando una buena tunda.


Los viñedos de Don Alejandro se encontraban en las laderas de una montaña, en lo más alto de los viñedos comunales, dispuestos en bancales. El suelo que sustentaba las vides estaba formado sustancialmente de grava, extraida de las vastas cuevas que horadaban la montaña de piedra caliza sobre la que se erguía el castillo del marqués. La tierra que lo formaba – si es que merecía tal calificativo – resultaba tan pobre que difícilmente tendría otra utilidad que no fuera el cultivo de la vid. Los bancales, dispuestos a modo de terrazas sobre la empinada ladera, disponían las vides en hileras, soportadas sobre espalderas  paralelas a los bordes de gruesa piedra que formaba los muros de contención de cada terraza, buscando siempre el sol de la mañana. Debido a la inclinación del terreno, apenas se disponía de dos hileras de vides por terraza, lo que dificultaba su acceso a vehículos y obligaba a un mayor despliegue de medios humanos para efectuar las labores del campo.

Don Alejandro ató su montura al tronco de un viejo árbol y se encaminó a pié ascendiendo pesadamente hacia su cultivo. Al llegar a las terrazas, paseó sobre ellas examinando el estado de los racimos. El resultado le hizo sonreir con satisfacción.  La  uva tempranillo  se encontraba próxima a su  punto de maduración, momento en el que adquiriría los grados exactos de azúcar y acidez necesarios para la elaboración de unos excelentes caldos.

 La boca de las primeras cuevas, en donde antaño los habitantes del lugar almacenaran el vino en barricas, se encontraba próxima. Ahora pertenecía por entero al marqués, señor del antiguo castillo que imperaba sobre la llanura. Alejandro no pudo reprimir un suspiro de tristeza. Había trabajado para el marqués durante mucho tiempo, suministrándole y fabricándole en su antiguo taller de calderería, fundado por su padre, una infinidad de artilugios necesarios para la elaboración del vino. Depósitos de acero inoxidable, prensas estrujadoras, despalilladoras y un sinfín de equipamientos e instalaciones necesarios para la elaboración industrial del vino.  Los caldos del marqués eran los más afamados de aquellas tierras y Alejandro pasó gran parte de su juventud satisfaciendo sus mínimos deseos. Pero el marqués siempre había sido un hombre ingrato y tacaño por naturaleza. Un mal pagador que finalmente consiguió arruinar por completo la industria que su padre había fundado. Aún así, le hizo un gran favor a Alejandro, pues una vez finiquitado el negocio familiar, pudo dedicarse por completo a la pasión que durante muchos años había ardido en su corazón: La elaboración del vino.

Don Alejandro era un hombre grueso y bonachón. Excelente persona. Tan amable en su trato que en ocasiones le había resultado harto imposible mantener la disciplina entre aquellos que en alguna ocasión habían trabajado para él. Pese a ello, debido al rebosante entusiasmo que había albergado en todas sus empresas durante su vida ya madura, resultaba explosivamente apasionado e iracundo en ocasiones. Ello le había llevado en el pasado a cosechar enemistades  profundas, que en ocasiones había lamentado. Pero el rasgo que quizás sobresalía de entre todos en su personalidad era su enorme ingenio. Valiéndose de él, había desarrollado nuevas técnicas en la elaboración de los vinos. Técnicas que  su antiguo amo, el marqués, no podía soñar en alcanzar. Ello le proporcionó con el paso del tiempo una gran fortuna. Sus vinos rivalizaban en calidad con los del marqués, superándolos en muchos aspectos,  aunque para ello tuvo que pagar el precio de la soledad, pues el marqués, molesto con Alejandro por haberle éste robado parte de sus secretos de elaboración mejor guardados, seguía siendo el amo de aquellos lugares y con su influencia consiguió apartarle casi por completo de la vida social de la comarca.

Mientras Alejandro consumía su tiempo en un tranquilo paseo entre las vides, vió salir de una de las grutas que horadaban la montaña a Pepe,  antiguo  oficial calderero de su taller. Durante muchos años había trabajado para su familia. Primero lo hizo para su padre y después para él. Hasta que perdió los dedos de la mano derecha en un desgraciado accidente a causa de un descuido con la plegadora. Ahora trabajaba como arromador en la bodega del marqués, controlando la pesada de la uva además de ejercer otros oficios si lo que aún conservaba de su mano derecha se lo permitía.

-         Buenos días, don Alejandro.- gritó Pepe a pesar de la poca distancia que les separaba. - ¿Qué le trae por aquí?.

-         He venido a ver las viñas. Y a dar un paseo.

-         Ahh. Bien. ¿Cómo se encuentra su hija?.- gritó nuevamente el arromador,  cuyo oído, después de muchos años trabajando en la calderería,  no era demasiado bueno.

-         Sigue igual – respondió Alejandro con tristeza. Aunque Clara no tenía vínculo de sangre con Alejandro ni con su mujer, ella era su hija más querida. Había sido abandonada a su puerta hace ya veinte años, cuando todavía trabajaba para el marqués y él la había acogido, vestido, alimentado y amado como si de su propia sangre se tratase. Ahora se encontraba en coma profundo en un hospital de la capital, a consecuencia de un fuerte trauma generado presumiblemente por una brutal violación a la que el pasado verano fue sometida. Desde entonces, Alejandro   no había tenido valor suficiente para ir a visitarla al hospital, pues la vista de su joven hija postrada en el lecho y sin ningún signo de vida le provocaba abundantes lágrimas.

-         Ya sabe que le aprecio, don Alejandro.- dijo Pepe esbozando una sonrisa en la que exhibió su deteriorada dentadura.- Usted siempre se portó bien conmigo. Pero ya sabe que al patrón no le gusta verle por aquí.

El arromador giró la cabeza y miró hacia la cima del monte en donde se alzaba el castillo del marqués. Se sentía visiblemente inquieto, como si alguien estuviera espiándoles desde sus murallas.

-         No te preocupes, Pepe. No me quedaré mucho por aquí.

Pepe se despidió con un sordo gruñido y desapareció en las fauces de la cueva como un oso malhumorado, dejando a Alejandro continuar con su paseo. Una vez inspeccionada meticulosamente cada planta, éste descendió de la ladera del monte y se alejó del lugar cabalgando sobre la yegua en dirección a su finca.

Mientras cabalgaba, no cesó de acordarse de su querida esposa. María, fallecida años atrás, le había sumido con su ausencia en la soledad más profunda. Alejandro nunca tuvo hijos. Solo Clara había mitigado con su compañía el profundo desamparo que sentía tras la desaparición de su esposa. Ahora, privado también de su hija por las atrocidades de un psicópata, se sentía vacío.

La finca de Don Alejandro se encontraba a varios kilómetros del pueblo. Para llegar hasta ella había que atravesar por un polvoriento camino de tierra y cruzar un arco blanco de adobe encalado. En esa antigua propiedad, adquirida hace años a un terrateniente de la zona con los dineros obtenidos en la liquidación del taller, Alejandro tenía su casa, su bodega, unas caballerizas e incluso un cementerio con su propia ermita, en cuyas catacumbas había instalado un laboratorio en el que pasaba la mayor parte del tiempo dedicado a experimentos secretos destinados a la elaboración del vino. Nadie, salvo él, entraba allí.

Al llegar a la finca, le esperaba Ambrosio, su capataz. Alejandro descendió de su montura y entregó la yegua al capataz.

-         Las uvas están listas, Ambrosio. Es hora de formar una cuadrilla.

El capataz asintió. Tomó las riendas de la yegua y la llevó a los establos. Después cargó algo de equipaje en un viejo coche todo terreno y salió de la finca rumbo a la capital. Don Alejandro lo vio  partir desde la amplia ventana de su salón. Sabía que tardaría en regresar, pues desde hacía años, a raíz de las presiones del marqués, ningún habitante del pueblo osaba trabajar en su viñedo temiendo  posibles represalias.

Cuando la nube de polvo que levantaba el vehículo desapareció de su vista, Alejandro se sintió solo nuevamente. Recordó a su hija, tendida en el hospital y le poseyó una inmensa rabia hacia su violador. Sabía que había sido capturado. Un muchacho de la edad de su hija, perturbado hasta el extremo de cometer tal atrocidad. Hubiera deseado matarle con sus propias manos. Arrancarle a mordiscos sus entrañas. Despedazarle sin piedad como a un animal inmundo, pero al menos sentía el consuelo de saberle a buen recaudo. Mientras trataba de desechar tales pensamientos, se sirvió una copa de un viejo brandy que guardaba bajo llave. Cansado del paseo se sentó en el sofá, cerró los ojos y acercó la copa a sus labios bebiendo un sorbo.



jueves, 1 de marzo de 2012

3.- MORADA DE DEMONIOS – EN EL CASTILLO


El marqués de los Llanos observó desde la torre el cauto descenso de Don Alejandro a través de los viñedos hasta alcanzar su yegua blanca. Como todos los días, empleaba aquellas horas de la mañana en limpiar y pulir con esmero los delicados prismas verdes de cristal que pertenecían a su familia desde tiempos inmemoriales. Para ello, empleaba una gamuza nueva cada día que frotaba contra las caras de los cristales hasta hacerlas relucir como esmeraldas. Después la gamuza era desechada, cosa inusual en una persona de talante avaro como el marqués.

La torre del castillo tenía doce almenas, y en cada hueco, armadas sobre unos soportes de bronce oxidado, como cañones de luz apuntando en todas direcciones, relucían once de aquellas misteriosas piedras verdes. Tenían el tamaño del brazo de un hombre y la forma de un prisma hexagonal, con las caras de los extremos perfectamente paralelas entre sí.  Faltaba una. Había desaparecido el mismo día que el marqués se había negado a pagar a Alejandro un depósito de acero inoxidable en el que habían aparecido manchas de óxido, a consecuencia de una insuficiente eliminación del decapante. El marqués siempre había sospechado que fue Alejandro quien lo sustrajo, despechado por el impago del depósito, pero nunca había tenido ocasión de comprobarlo.

Al terminar de limpiar el prisma de cristal que daba al  río, el marqués se agachó y miró a través de uno de los extremos del cristal. Las huestes del moro Almanzor seguían acampadas en la orilla del río, sitiando la fortaleza. El campamento era un hervidero de gentes venidas de uno y otro lado en un completo caos, portando armas y víveres para el asedio. Las cabalgaduras se apretaban entre sí, portando cada jinete un estandarte en la punta de su lanza, como si el día fuera festivo y se aprestaran para una celebración. El marqués suspiró profundamente y extrajo el cristal de su soporte de bronce, sustituyéndolo por uno próximo, de idéntico tamaño. Nuevamente, se agachó a mirar. La bella Dorotea se bañaba ahora desnuda en las aguas de un río inusualmente limpio.

-         ¡Andrés!. ¿Ya estamos otra vez fisgoneando a las doncellas? – exclamó una voz femenina a sus espaldas.

-         ¡No, querida! Respondió el marqués turbado dándose la vuelta y descubriendo en el portón de la torre a su esposa Amelia. – Estaba observando al ejercito de Almanzor. Aún sigue acampado junto al río. Creo que se acerca el día del Santo.

-         No sé por qué tienes ese empeño en fisgar en el pasado – dijo Amelia mirándo a su esposo con escepticismo.- Si al menos pudieras ver el futuro con esos inútiles cristales, al menos podría entender que te pasaras las horas muertas en este lugar sin otra cosa mejor que hacer. Vamos. Ven conmigo. Tenemos visita.

La marquesa se dio la vuelta y desapareció por el portón. Andrés, sintiéndose incomprendido por su afán de estudio sobre la historia, siguió a la mujer rezongando mientras descendía la interminable escalera de caracol de la torre.

Al llegar al salón del castillo, se encontraron con dos hombres esperándoles. Uno de ellos era el joven párroco Don Carmelo. La marquesa le saludó efusivamente, reclinándose a besarle la mano como si del propio Papa se tratase. El sacerdote, sintiéndose turbado, protestó tímidamente instando a la marquesa a levantarse. El marqués se limitó a estrechar su mano.

El hombre que acompañaba al párroco esperaba pacientemente junto a la puerta a que el párroco le presentase, momento que hubo de postergarse merced a la locuacidad de Doña Amelia con el joven párroco. Era un hombre de poca estatura y edad madura, correctamente vestido, que les miraba indiferente a través de sus lentes y que en su mano derecha sujetaba un maletín. Tras un breve carraspeo del desconocido, el párroco interrumpió a la marquesa y se dirigió hacia éste.

-         El caballero que me acompaña es Don Herminio. Viene de la capital.

-         Encantado, Herminio – dijo Amelia estrechándole la mano.- Es un placer que nos visite.

-         A sus pies, señora – dijo el desconocido cortésmente.

-         Y díganos, señor – dijo el marqués mientras le estrechaba sonriente la mano al invitado. ¿A qué debemos el honor de su visita?

-         Me envía la Agencia Tributaria.

-         ¿La agencia tributaria? – balbuceó el marqués mientras sostenía horrorizado la mirada a aquel hombrecillo que a través de sus gruesas lentes le observaba palidecer y perder la sonrisa. -  ¿ Qué quiere Hacienda de mí?.

-         Verá, señor – dijo el inspector sentándose en uno de los sillones del salón sin esperar a ser invitado y abriendo su maletín sobre la mesa – se trata de sus declaraciones de Hacienda y Patrimonio de los últimos cinco años. He venido a efectuar unas simples comprobaciones.

-         ¡Como guste! – suspiró Andrés resignado mientras se sentaba en el sillón contiguo a su invitado. – Pero antes de nada, debo decirle que personalmente no entiendo demasiado de asuntos económicos. Y quizás fuera más oportuno concertar una cita en la Delegación, en donde podría asistir con mi abogado y con los documentos que fueran necesarios.

La marquesa y el cura se sentaron junto a ellos en el sofá, sin parecer mostrar demasiado interés por los asuntos mundanos. Amelia cuchicheaba al oído del párroco frases que parecían escandalizarle.

-         Quizás más tarde sea necesario efectuar una citación – prosiguió Herminio – Pero de momento, desearía que me explicase cómo es posible que no declare Vd. Tener ingresos viviendo en una casa como ésta.

-         Esta es la morada de mis antepasados - respondió el marqués con un educado tono de indignación.-  Toda mi familia ha vivido aquí desde hace siglos. No necesito pagar renta alguna por vivir aquí. Me pertenece por derecho. Por nacimiento. Además, pertenece al abuelo.

-         ¿Y vive su abuelo con Vds?.

-         Naturalmente. Nosotros cuidamos de él. Realmente, no está en sus cabales. ¿Sabe Vd?. Cosas de la edad.

-         Pues no me consta que ningún contribuyente haya declarado nunca por este inmueble ni por los ingresos obtenidos con el negocio del vino que, según tengo entendido, Vd regenta – dijo el inspector hojeando los papeles que guardaba en su cartera.

-         Todo pertenece al abuelo – respondió Andrés alzando los brazos. – Pero como el hombre ya no tiene ni edad ni cabeza para llevar ningún tipo de negocio, nosotros lo hacemos por él desinteresadamente.

-         Ya veo – sonrió Herminio – Llevan sus negocios pero no hacen por él la declaración.

-         ¿Cómo podríamos? – respondió irónico el marqués – La declaración de hacienda es algo personal. Como la confesión .- Perdón, Padre.

-         Quisiera ver a su abuelo

-         ¡Ah no!-  Interrumpió la marquesa gesticulando con los brazos. – El abuelo no recibe visitas. No le gustan.

Herminio centró sus gafas y adoptó una expresión seria.

-         Su abuelo, suponiendo que aún esté vivo, debe tener la friolera de ciento veinte años, según la documentación de la que dispongo. De modo que, si no compruebo físicamente su existencia durante mi visita, he de obrar con lógica y pensar que una persona de su edad no puede seguir viva, lo que les convierte a Vds. En defraudadores de primer nivel ante la Administración Tributaria. En cualquier caso, no quiero seguir insistiendo. - Dijo mientras recogía sus papeles y cerraba la cartera .- Sus bienes seran embargados y sometidos a subasta pública.

-         ¡Espere un momento, por favor! – suplicó el marqués visíblemente nervioso. - ¡Ahora mismo viene!.

Andrés se levantó del sillón y cogió junto a la chimenea un mazo en cuyo extremo había una bola cubierta de tela. Con ella, comenzó a aporrear frenéticamente, una y otra vez, un gong de gran tamaño que colgaba de la pared al tiempo que gritaba un nombre.

-         ¡Pepeee!

Tras un largo rato de ensordecedor ruido, unas sonoras pisadas se escucharon en el pasillo. Instantes después, apareció Pepe,  el calderero que una vez trabajó para Don Alejandro.

-         ¿Llamaba, patrón?

-         Trae al abuelo – dijo el marqués.

Pepe se quedó mirándo, como si no entendiera la orden, por lo que el marqués se puso a gesticular.

-         Es que es algo sordo, ¿Sabe Vd.? – dijo sonriente la marquesa a Herminio.

Al cabo de un rato, el calderero pareció entender la orden, y tras un “Lo que usted diga, Patrón”, se encaminó hacia los sótanos del castillo. Mientras esperaban, la marquesa se dedicó a conversar con el cura. Le recordó que se acercaba el día del santo patrón de la comarca, y era costumbre efectuar una ofrenda., pero la ermita del santo se encontraba fuera del pueblo, en la finca de Don Alejandro  y este hacía ya años que no permitía visitas en su propiedad. Andrés no podía concentrarse en otra cosa que no fuera la inspección a la que se veía sometido, pero comprendió que Amelia había ideado una astucia para conocer mediante el párroco los secretos que Alejandro guardaba en el mausoleo.

Mientras conversaban, un sonido de cadenas y engranajes, similar al ruido efectuado por un puente levadizo, llegó desde el sótano hasta ellos. Herminio y el cura se miraron sorprendidos, pero la marquesa les tranquilizó diciéndoles que en aquella antigua morada eran normales todo tipo de ruidos extraños.

Al rato, reapareció Pepe acompañado de un anciano cubierto de harapos. El hombre, de facciones simiescas, conservaba todo su pelo, incluso unas largas patillas que le llegaban al mentón. Iba totalmente desaseado, y una fina pelusa cubría su rostro y se extendía tras su cuello, ceñido por una argolla y una pesada cadena que le mantenía encorvado. Pepe sujetaba con disimulo el extremo de la cadena mientras miraba silbando al tendido.

-         ¿Pero qué aberración es ésta? - gritó el cura indignado - ¡Suelte a ese hombre inmediatamente!.

-         Es por su propio bien – susurró la marquesa. – Para que no se haga daño.

El marqués ordenó a Pepe mediante un gesto que soltara al anciano. Este obedeció y se retiró hasta la puerta. El inspector se acercó al anciano y tras mirarle detenidamente, le entregó una nota.

-         Por la presente, se le cita en la Oficina de Recaudación número cinco el próximo Jueves para dar cuenta de sus responsabilidades tributarias. Deberá aportar el Documento Nacional de Identidad, Fé de Vida y ....

El anciano cogió la nota y tras olisquearla se la llevó a la boca. La masticó pausadamente, exhibiendo una arruinada dentadura, para después escupirla a los piés de Herminio.

-         ¡Pero ¿Cómo se atreve?! – masculló el inspector. No tuvo tiempo de decir nada más. El anciano, esgrimiendo una agilidad y reflejos asombrosos, se lanzó de un salto a su yugular clavándole los dientes.

Andrés y Pepe corrieron a separar al abuelo del cuello de Herminio, Les costó bastante trabajo conseguirlo, y finalmente Herminio quedó tendido en el suelo en medio de un charco de sangre mientras con la mano trataba de frenar la hemorragia.

-         Ya le dije que el abuelo estaba un poco ido – dijo Andrés con una risita nerviosa. – Abuelo. Eres un cachondo. ¿Cómo se te ocurren esas cosas?.

Pepe volvió a colocar la cadena en el grillete de la argolla que rodeaba el cuello del anciano y desapareció arrastrándolo escaleras abajo. Mientras Amelia iba en busca de un botiquín, Carmelo ayudó a levantarse a Herminio, que apenas podía hablar. El marqués le preguntó cómo se encontraba. Había perdido bastante sangre y si la lesión era grave, habría que llamar a una ambulancia. Herminio le tranquilizó. Prefería abandonar el lugar en el vehículo del párroco y visitar la clínica, para que allí le inyectasen la antirrábica, la antitetánica y lo que fuera necesario.  Se tapó la herida con un pañuelo el tiempo necesario para que Amelia regresara con vendas y desinfectante, con los que improvisó una cura de urgencia. Una vez terminada la cura, se marchó apresuradamente en compañía de Don Carmelo, no sin antes gesticular un “Tendrán noticias mías”. 

Andrés y Amelia despidieron a Don Carmelo desde el rellano de la escalera del palacio. Cuando el coche se alejó, Amelia se volvió hacia el marqués:

-         ¿Qué hacemos Ahora?

-         No te preocupes, querida. Únicamente hemos de llamar al abogado para que envíe un escrito a la Delegación de Hacienda. Un hombre de 120 años no tiene la salud como para andar atendiendo a citaciones de ningún tipo.

-         ¿Y no sería mejor declarar al abuelo incapacitado y ser nosotros los administradores de sus bienes?

-         No.

-         ¿Y para cuándo vas a hacer la transmutación?

El semblante del marqués se ensombreció de repente

-         Para cuando encuentre alguien capaz de cargar con la maldición. Además, te recuerdo que para efectuar la transmutación, hemos de contar con los doce cristales. Y nos sigue faltando uno

-         Ese traidor de Alejandro....  Espero que el cura tenga en cuenta mis palabras y podamos hacer una visita a lo que sea se esconda en esa ermita.