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miércoles, 29 de febrero de 2012

3.5.- MORADA DE DEMONIOS - LA EXTRAÑA FUGA

  
Las sirenas de la prisión aullaron al amanecer anunciando una fuga. Faltaba un preso. Se había esfumado literalmente de su celda, dejando en su huida, apilada en el suelo, toda la ropa que vestía. Un corrillo de vigilantes, apostados frente la puerta de la jaula vacía, murmuraba en voz baja aguardando la llegada de la policía.

La detective Carmen  Botta, acompañada de su joven ayudante, el cabo Perez, o mas bién perseguida con cierta dificultad, avanzaba resueltamente  por el corredor ignorando el griterío de los presidiarios mientras dictaba a la carrera las primeras medidas a llevar a cabo para la captura del preso fugado.

-         Registrad los alrededores. Sin un vehículo no ha podido ir muy lejos. Y si no es así, alguien con buenos contactos en la prisión le ha ayudado en la fuga. Quiero una ficha del fulano. Su foto, sus huellas y su historial completo. Y comunícale al Alcaide que quiero interrogar a unos cuantos. ¿Es esta la celda?

-         Si señora – Respondió uno de los guardias.

-         ¿Sería tan amable de abrir la puerta...? – ordenó la detective.

-         Amador. Abre la 403. Cambio, –  dijo uno de los guardias a través del Walkie negro que llevaba asido a la cintura. Tras unos segundos, se escuchó un zumbido y la puerta de la celda se abrió pesadamente.

-         Interesante – murmuró Botta. ¿No hay posibilidad de abrir la puerta de otro modo?

-         No, señora. Solo es posible su apertura desde el Control.

-         ¿Y estas ropas?.

-         Es el traje de interno del fugado

-          Incluyendo ropa interior, por lo que veo –dijo la detective mientras se agachaba para examinar el montón de ropa.  Y, tras registrar los bolsillos y  esparcer cada prenda por las cuatro esquinas de la habitación, se levantó y se asomó a la ventana.

El muro del módulo hospitalario era un auténtico bullicio. Los internos, enterados de la fuga, golpeaban los barrotes de la ventana, gritaban histéricos  y arrojaban objetos al patio exterior, cercado por un alto muro y coronado con alambre de espino.

-         ¿No pensará alguno que es posible escapar a través de la ventana, verdad?

-         Como no sea a cachos.. respondió el policía del Walkie

-         Ustedes. Muevan la cama, por favor... Y el retrete. No. Está claro que tuvo que salir por esta puerta. Y por tanto, ha de haber un cómplice. Alguien que, además de abrirle las puertas, le ha suministrado ropa. Calzoncillos nuevos incluso...

-         Será para despistar a los perros  - dijo el  ayudante. Carmen lo miró con expresión de incredulidad.


-         O se ha escapao en pelotas - contestó un policía, en medio de una nube de risas reprimidas.

-         Menos guasa.- increpó la detective.- ¿Quién se encontraba de guardia aquella noche?

-         En los pasillos se encontraba Alberto, y en la cabina de control el celador Galindez.

-         Quisiera interrogarles de inmediato.

-         No creo que exista inconveniente. Ahora mismo se encuentran desayunando.  Pero el Sr. Alcaide la está esperando en su despacho desde que se anunció su llegada.

-         Está bien.- dijo Carmen suspirando.  – La cortesía es lo primero.


El alcaide se encontraba tras una mesa, hojeando distraídamente el historial del fugado. Al llegar la detective, se levantó cortésmente tendiendo la mano y sonriendo afablemente.

-         Buenos días, detective.
-         Buenos días, Alcaide. ¿Quería Vd. Verme?
-         Por supuesto, detective. Por favor, tome asiento.

El alcaide se sentó tras su mesa, y adoptando una aptitud seria comenzó a hablar:

-         Detective, créame que lamento los inconvenientes que hayamos podido causarle. Realmente, a pesar de que en este centro no existe el mismo nivel de seguridad que el existente en un centro penitenciario, son muy pocas las fugas que hasta la fecha hemos tenido. Pero como responsable de este centro, he de admitir la evidencia. La fuga se ha producido y en consecuencia, debemos revisar  a fondo la seguridad de nuestros sistemas.

-         ¿Puede Vd. Decirme si existe constancia de que, tras la cena, el interno fuera conducido a su celda? – preguntó  Carmen sin más preámbulos.

-          Después de la cena, todos los internos forman una fila y son conducidos por orden hasta sus habitaciones, en las que son depositados uno a uno. Como habrá podido observar, la apertura y cierre de la celda se efectúan desde el centro de control.

-         ¿Y cómo es posible entonces que el interno haya podido abrir la puerta y escapar durante la noche?

El alcaide se reclinó sobre el respaldo del butacón con gesto serio. Carraspeó y contestó a la detective:

-         Por supuesto, todo en esta vida tiene una explicación razonable. A mi modo de ver, debió de producirse sin lugar a dudas un fallo en el mecanismo de la cerradura. Ha ocurrido en alguna ocasión, y posiblemente, el interno se apercibió del fallo durante la noche, aprovechando la ocasión para darse a la fuga.

-         Es una posibilidad, sin duda. -murmuró Botta. - Pero ¿Cómo explica Vd. El cúmulo de ropas que se hallaron en la celda?

-         Admito que este hecho me ha intrigado durante un buen rato. Pero ha de entender Vd, que éste es un centro de baja vigilancia,  por lo que no sería difícil para cualquiera  agenciarse ropa desde el exterior de la prisión. Al parecer, nuestro fugado ha podido detectar desde hace días el fallo en el mecanismo de cierre de su puerta. O incluso, por qué no, ha encontrado un modo de forzar la cerradura.

Carmen asintió al escuchar las palabras del Alcaide. La ropa amontonada a toda prisa en el suelo de la celda sugería a todas luces una huida adecuadamente planificada. Resultaba evidente que, una vez en el exterior del centro, cualquier persona que se pasease  vestida con el uniforme de recluso no  podía albergar demasiadas esperanzas de éxito en una fuga.

-         Realmente, he de admitir que su razonamiento es muy lógico – dijo la detective. – Y no dudo que la hipótesis a la que Vd. Apunta es hasta ahora la más sólida que tenemos. No obstante, hemos de explorar también la posibilidad de que el recluso contara con la ayuda de alguien dentro del centro, por lo que, como es lógico, solicito su permiso para interrogar al personal.

-         Adelante – respondió el Alcaide exhibiendo nuevamente su sonrisa. – Tómese el tiempo que necesite.

-         Quisiera pedirle además una copia del historial del recluso fugado- solicitó la detective con frialdad.- . Puede sernos de utilidad para su captura.

-         Bueno. No quisiera que pensara que nos negamos a colaborar. –dijo el alcaide alzando los brazos en un gesto paternal.- Pero el trasvase de documentos debe hacerse según los cauces oficiales establecidos. No obstante, precisamente tengo aquí el historial. Sobre mi mesa. Si quiere Vd. Echarle un vistazo, yo no tengo el menor inconveniente..

El Alcaide volteó  sobre la mesa la carpeta que contenía el historial del fugado, pero la detective no se encontraba en aquel momento demasiado motivada para su lectura, por lo que decidió postergar su examen.

-         ¿Sería  mucho pedir que tuviera Vd. La amabilidad de ordenar a su secretario que me sacara unas fotocopias? – dijo la detective esgrimiendo su mejor sonrisa.

-         Como le he dicho, señorita, son documentos oficiales, - respondió el Alcaide. No obstante, sería suficiente recibir de Jefatura un simple fax solicitándolos. No existirá objeción ninguna, se lo prometo

-         Gracias por su ayuda.- Dijo Botta levantándose de su silla y tendiendo la mano al Alcaide. - Le mantendré informado.

-         Es un  placer tenerla aquí con nosotros – respondió el alcaide levantándose de su asiento.- Si desea algo más estaré en éste despacho.

Botta, siempre perseguida por su ayudante, abandonó el despacho del Alcaide y  mientras efectuaba con el teléfono móvil una llamada a Jefatura para solicitar oficialmente el expediente del fugado, dirigió sus pasos hacia el comedor del establecimiento. Con algo de suerte todavía podría encontrar allí a alguno de los vigilantes que la noche de la fuga estaban de guardia.

El comedor estaba dispuesto en un gran número de mesas perfectamente alineadas y  presididas por una barra de bar en la que servía un camarero. Botta pidió dos cafés y preguntó por Alberto o por Galindez.

El camarero señaló a una mesa en la que Galindez dormitaba con grandes ronquidos. Botta y su ayudante agarraron sus tazas y fueron a sentarse junto a él, sin que el Celador Galindez se apercibiera en lo más mínimo. Dormía tan profundamente, alterándose tan poco ante sus inmensos ronquidos que, aunque en aquél momento hubiera pasado por allí una manada de elefantes en estampida , no habrían sido capaces de  alterar su sueño lo más mínimo.

-         Si éste es el ojo avizor que vigila aquí, lo raro es que todavía queden inquilinos en el establecimiento – ironizó Botta .

-         ¿Quiere que lo despierte?.- respondió el cabo Perez.

Carmen hizo un gesto afirmativo. El policía comenzó a zarandear al celador hasta que éste recuperó la consciencia en un respingo.

-         ¡Qué ocurre!. ¿Quiénes son Vds.?

-         Perdone que le despertemos de este modo tan brusco, Sr. Galindez.  Soy la detective Carmen Botta y mi compañero es el cabo Perez.  Hemos sido informados de que Vd. Era el vigilante de guardia de la pasada noche y necesitamos hacerle algunas preguntas. Quizás nos pueda proporcionar alguna información sobre la fuga del recluso.

-         Escuchen. –  respondió el celador visiblemente molesto.-  Llevo toda la noche despierto y no puedo pensar con claridad. ¿Por qué no vuelven en otro momento?.

-         Lo siento, señor, pero ante una fuga es de vital importancia una actuación rápida para atrapar al fugado. ¿Puede decirnos si, durante su turno de guardia observó algo anormal?.

-         Nada en absoluto.- musitó Galíndez visiblemente adormilado.  La misma rutina que todas las noches.

-         ¿Puede explicar cómo es posible que no detectara al fugado a través de los monitores mientras se escabullía de la celda?


-         ¡Y yo qué sé! – masculló el celador. -Ocurriría en algún instante en el que no estaba prestando atención.  Ninguna persona es capaz de estar, noche tras noche, observando esos monitores sin acabar harto.

Carmen trató de imaginarse el inmenso aburrimiento que supondría para cualquiera estar toda la noche pendiente de unos monitores en los que no ocurría nada interesante. Intentó proseguir el interrogatorio, pero el celador no aportó nada nuevo. Finalmente, se quedó dormido, por lo que ambos apuraron sus cafés, ya fríos y preguntaron al camarero dónde podrían encontrar a Alberto, el vigilante que efectuaba la ronda por los pasillos. El camarero respondió que a estas horas se encontraría en su casa durmiendo. De modo que decidieron volver al despacho del Alcaide. Mientras caminaban hacia el despacho, el cabo Pérez preguntó a la detective:

-         Carmen. Supongo que te habrás fijado en la cicatriz en la sien de Galindez. Era reciente. Apuesto que se la produjo la pasada noche. ¿Por qué no le has preguntado cómo se la hizo?.

-         No lo he creido necesario, por el momento. Además, nos hubiera soltado  cualquier historia y no hubieramos tenido más remedio que confiar en su palabra.

-         ¿Y ahora, qué vamos a hacer?.

-         Buscar al fugado. Quizás su historial nos proporcione alguna pista a cerca de donde ha podido dirigirse.

Al llegar al despacho del Alcaide, preguntaron al secretario si ya habían recibido el fax de jefatura. El secretario asintió. El Alcaide había dado el visto bueno para la entrega de una copia del dossier a la detective, tal y como había prometido. La copia estaba lista y encuadernada. Tomaron la carpeta y se dirigieron a la salida del centro.

La detective abrió la carpeta y, entre los papeles, encontró una nota manuscrita:

Si quieren saber más sobre la fuga, pregunten por Carlos el Chamán


De inmediato, dio media vuelta y, nuevamente perseguida por el Cabo, se encaminó hacia el despacho del Alcaide.

El Alcaide la recibió esta vez sin levantarse de su butaca .

-         ¿Cómo van sus investigaciones, detective Carmen? – Preguntó de modo sonriente.

-         Verá, Alcaide. Quisiera agradecerle su colaboración y rapidez en la entrega del dossier del fugado. Necesito interrogar a un recluso.

-         No hay inconveniente. ¿De quién se trata?

-         Carlos el Chamán.

La expresión de sonrisa del Alcaide se desvaneció escuchar ese nombre.

-         ¿Para qué quiere Vd. Hablar con ese despojo humano?. Esa sabandija ha estado robándonos medicamentos todo este tiempo, para después venderlos en el mercado negro. Esta misma mañana he firmado su traslado a un centro penitenciario de alta seguridad.  Le puedo asegurar, detective, que cualquier cosa que semejante individuo pueda contarle, no será más que una sarta de mentiras.

-         Es posible – asintió Carmen.- Pero aún así, solicito su permiso para interrogarle.

-         Está bien. Pero no irá Vd. Sola. Ese tipo es peligroso. Le acompañarán dos de mis hombres.

Carlos se halla internado en los sótanos del hospital. Al descubrir los negocios fraudulentos de éste, el Alcaide había montado en cólera y ordenó su traslado a la zona más húmeda y lóbrega de todo el edificio. Botta y los hombres que la acompañaban cruzaron a través de los sótanos, en donde la iluminación resultaba insuficiente y las tuberías de la calefacción goteaban, colgando en ocasiones los envejecidos revestimientos del calorifugado en una mezcla confusa con las telarañas y la mugre que impregnaba el lugar.

Al llegar al fondo del edificio, encontraron una puerta metálica precintada con un candado de acero. Uno de los guardianes activó un interruptor eléctrico que permitía la iluminación de la celda. Después procedió con parsimonia a la apertura del candado y de la puerta.

El recluso, sentado en el fondo de la habitación sobre un sucio jergón de lana les dio la bienvenida. Parecía estar esperando la visita.

-         ¡ Vaya, señora detective! ¿Recibió Vd. Mi mensaje? – dijo Carlos mostrando su amarillenta dentadura, poblada de anchos dientes.

-         Ve al grano, Carlos.- respondió Carmen. - ¿Qué es lo que quieres?

-         ¿Querer? ¿Yo?. ¿No será Vd. La que quiere algo? – respondió Carlos sonriente, moviento las cejas de arriba abajo con expresión burlona.

-         Tu me llamaste.- dijo la detective visíblemente enfadada por haber sido obligada a acudir a aquel sucio antro.-  De modo que te agradecería que me explicaras por qué coño me has hecho bajar hasta aquí.

-         No se enoje, detective. No voy a estar aquí por mucho más tiempo –dijo Carlos señalando a las paredes en donde un buen numero de cajones se encontraban apilados. – Todo gracias al amigo Galindez. Ese cabrón de celador me la ha jugado. El hijoputa ha querido asegurarse de que no suelto prenda y me ha firmado un pasaporte al presidio. De modo que aquí me tiene. Haciendo el equipaje.

-         Ya veo, Carlos. –dijo Botta mientras se acercaba a husmear el contenido de las cajas. – Una auténtica lástima. Pero ¿Qué querías contarme?

-         No tan deprisa, detective. ¿No quiere sentarse – dijo Carlos señalando una esquina del sucio jergón donde descansaba mientras la lanzaba miradas lascivas. Botta lo miró con repugnancia.

-         No gracias, el seguro no me cubre las enfermedades venéreas. Prefiero seguir de pié.

-         Como desee, agente. La he hecho llamar porque tengo para Vd. Una valiosa información que comunicarla con relación al interno fugado hace algunos días. Pero, como puede suponer, nada es gratis en este mundo. Ya sabe, yo la ayudo a Vd. Y Vd. Me ayuda a mí.

-         Mira, Carlos. Si quieres hacer algún trato, yo no soy la persona adecuada. Solo estoy a cargo de esta investigación. Personalmente, tu situación personal me importa una mierda y no estoy en posición de concederte ningún tipo de beneficio, sea penitenciario o de otra índole. De modo que, si quieres hablar, te escucho. Y si prefieres estar calladito,  símplemente  daré media vuelta y me marcharé por donde he venido. ¿ Queda claro?.

-         Sus zapatos...

-         ¿qué pasa con mis zapatos?

-         Démelos.  Los quiero...

-         ¿Estás loco? - Dijo Botta mientras veía cómo Carlos se daba la vuelta y se recostaba sobre el jergón en posición fetal, aislándose del mundo. Resultaba evidente que el recluso no estaba dispuesto a colaborar en absoluto a menos que ella accediera a llevarle la corriente. - Bueno, supongo que sí lo estás, si no no se te ocurrirían estas cosas. Haremos un trato. Si me gusta tu historia, te daré una prenda...

-         Sus zapatos.

-         ¿Quieres contar la historia de una maldita vez?.. ¡Está bien! ¡Ya veo que es inútil. Vámonos!

-         ¡Espere, por favor!. ¡No se vaya! –exclamó el interno incorporándose brúscamente y arrojándose a los pies de la detective.

-         ¡Suéltame el pié! ¡Maldita sea! – dijo Botta propinando al recluso un punterazo en la boca. Un hilillo de sangre resbaló por la comisura de los labios de Carlos. Este, sonriendo a la detective, comenzó a hablar.

-         Vd. Ya había sospechado del celador. ¿Verdad?.  Es la única persona que desde su puesto de mando puede abrir una celda. Lo que no se imagina es lo solitario que puede llegar a ser estar toda una noche sentado delante de una pantalla de televisión en la que no ocurre nada.

-         Me hago una idea. Respondió Botta limpiándose el zapato con una esquina del colchón mugriento.-  Hace muchos años que por eso mismo no veo la tele.

-         Supongo que tampoco conocía la debilidad que el celador tiene por los jovencitos.. Las noches se vuelven mucho más cortas si uno cuenta con una complaciente compañía. No sé si me entiende Vd...

-         Lo que entiendo con claridad es que estás cabreado con el celador por haberte denunciado al  Alcaide y buscas vengarte como sea. – Dijo Botta mientras caminaba en círculos ante la puerta. Su impaciencia iba en aumento. – Si me has hecho venir para esto, entonces te has equivocado de medio a medio.

-          ¿Venganza? .- Exclamó Carlos con los ojos iluminados - ¿O quizás justicia?. ¿Qué pensará Vd. Si le digo que, hasta esta misma noche Galindez era mi socio?. La verdad es que tener un socio como ese tipo le reporta a uno muchas ventajas dentro de esta institución, dado que uno puede darse de vez en cuando algún paseo y atender las necesidades de los clientes necesitados de heroína auténtica, no los fármacos repugnantes que administran en este establecimiento. – Carlos escupió en una esquina.-  El comercio exterior tampoco resultaba malo, pero lo que no sabía es que ese cabrón grababa desde su puesto de vigilancia mis visitas nocturnas  para tenerme cogido por los huevos.

-         Y tú, a cambio, le hacías de alcahueta, ¿Verdad?. ¡Eres repugnante! –dijo Carmen agachándo la cabeza y escupiéndo  ella también al suelo en un gesto de desprecio.

-         Veo que nos entendemos, detective – prosiguió  Carlos tras una maléfica sonrisa. - como antes he dicho, todo en esta vida tiene un precio, y de algún modo tenía que pagar a ese cabrón. De modo que, regularmente, me agenciaba de jovencitos que se encontraban demasiado drogados como para enterarse apenas de lo que estaba sucediendo. A cambio de sus servicios, les suministraba opiáceos que me agenciaba del botiquín. Y de este modo, todos contentos..

-         ¿Y qué ocurrió con el fugado? – preguntó Carmen.

-         El tipo tenía un cierto magnetismo animal que, desde un principio atrajo a Galindez. Solo que el chaval pasaba de este tipo de rollos, por lo que me resultó más dificil camelarlo. El pobre está como una cabra. Piensa que es una especie de hombre lobo, y no tuve más remedio que seguirle la corriente para llevarle a mi terreno. De modo que anoche le suministré un somnífero y, una vez que éste le hizo efecto, lo llevé a hombros hasta la garita de control en donde le esperaba Galindez para darse un festín.

-         ¿Y queres hacerme creer que lo desnudaste en su celda y se lo llevaste en pelotas a Galindez? – contestó riendo la detective.

-         No exactamente. Fue el propio Galindez, ya en la garita,  quien se encargó del trabajo. Le encanta hacerlo. Solo que el tipo era sonámbulo, y cuando el celador le tenía ya mirando hacia la meca y se la iba a hincar, de repente  el chaval le golpeó y salió corriendo como alma que lleva el diablo.

-         ¿Pero cómo consiguió salir al exterior del hospital estando sonámbulo?

Carlos miró nuévamente de modo lascivo a la detective. Se sentó en el jergón y, detrás de la almohada, extrajo una cinta de vídeo, mostrándosela a Botta.

-         Como he dicho antes, mi bella señora, todo en este mundo tiene un precio. Si quiere conocer el final de la historia, tendrá que darme sus zapatos a cambio.

-         Cabo. –Dijo Botta. – Quítele la cinta.

El policía  se acercó al recluso, pero este agarró la cinta y extrajo de ella una pequeña porción. El  cabo Perez  se detuvo.

-         Vamos, detective. – Dijo Carlos en tono burlón.- ¿No querrá  arruinar una prueba?. ¿Qué dirían sus jefes?.

-         Escúchame bien, Carlos –dijo la Teniente.- Se bien que quieres vengarte de ese cerdo del celador por haber tramitado tu traslado. Yo no tengo nada en contra tuya. De modo que, si me das la cinta, te prometo...

Carlos siguió tirando del contenido de la cinta mientras miraba desafiante a la policía.

-         ¿Quieres parar de una vez, maldito chiflado?. Si realmente tienes alguna prueba, a parte de la sarta de mentiras que te hemos escuchado, más vale que me la dés. De otro modo, nadie te va a creer. ¡Y date por jodido!.

El recluso se quedó pensativo. De repente comprendió que la situación no estaba como para tirarse faroles y decidió efectuar una concesión.


-         Está bien – Dijo Carlos. - Aquí tiene la cinta. Pero si después de verla quiere mi testimonio, y conocer el resto de la historia, tendrá que darme lo que le he pedido.
-          

En la sala de audiovisuales encontraron un viejo vídeo que los doctores usaban para adormecer a los pacientes con interminables sesiones de culebrones. Al pase de la cinta se apuntaron una pareja más de policías, además del cabo Perez, la detective Botta y el Alcaide en persona

La cinta resultó ser la grabación de las cámaras de vigilancia del hospital. Cada imagen registrada se reproducía en una pequeña subpantalla, de modo que se podía observar simultáneamente todo lo que cada cámara grababa individualmente. Era muy aburrida, por lo que optaron por emplear el avance rápido del mismo hasta que, en un momento dado, pudo verse a alguien corriendo desnudo por una galería .  En aquel momento, restablecieron la velocidad de reproducción normal.

Un guardia perseguía por los pasillos al hombre desnudo. Parecía querer ocultar su identidad con la mano pero, en realidad, frenaba la hemorragia de una pequeña herida en la frente. En un momento dado, el vigilante dobló una esquina y todos reconocieron de inmediato el rostro del celador Galindez.

El celador trató de aprehender al fugado, pero éste se defendía con fiereza, deshaciéndose de él continuamente. La escena se repitió de cámara en cámara, pasillo tras pasillo.

El hombre desnudo llegó corriendo hasta la puerta misma del hospital, que se encontraba cerrada, y comenzó a zarandearla con furia, asido a los barrotes. Al no poder salir, comenzó a gritar como un poseso. Sus gritos parecieron llamar la atención de otro guardia que apareció en la pantalla, avanzando con lentitud hacia la zona de la que provenían los gritos.

En aquel momento, el rostro del celador se volvió descompuesto hacia la cámara que le enfocaba  y se acercó hacia la misma hasta tocarla.. Había escuchado las voces de alerta que se acercaban al lugar y,  presa de gran nerviosismo, gesticulaba histriónicamente al que se encontraba en aquel momento en la cabina de control indicándole que hiciera álgo.

Unos segundos después, la puerta de la calle se abrió y el recluso salió por ella corriendo desnudo a toda velocidad. Galindez quedó paralizado, llenando el objetivo con su grueso y pasmado rostro, esferizado por la lente.

Tras la fuga, el segundo guarda llegó al punto donde se encontraba el celador y le preguntó algo. El celador le respondió unas palabras visiblemente malhumorado, llevándose las manos a la herida y ambos abandonaron la galería conversando.


-         ¡ Lo que hay que ver! – exclamó Botta  mientras policías y vigilantes cuchicheaban entre sí emitiendo guturales risas, interrumpidas por un brusco portazo. Después, los vociferantes gritos del Alcaide expeliendo por los pasillos el nombre de “Galindez” llenaron el lugar.

Una hora más tarde, Carlos el Chamán había tomado una ducha y se encontraba esposado y con ropa limpia sentado en la sala de reuniones delánte de un micrófono. La teniente Botta entró en la sala, se descalzó y le deslizó sobre la mesa sus zapatos, calzándose los pies con unas babuchas del hospital.

El recluso metió la nariz en  los zapatos y comenzó a masturbarse a dos manos, con las esposas puestas.

-         ¿Le quitamos los zapatos? – preguntó el cabo Perez

-         No, contestó Botta mirando con incredulidad al recluso. Creo que me compraré un par nuevo.

Transcurrieron unos minutos antes de que Carlos pudiera alcanzar el Climax. Después, la detective le interrogó delicadamente:

-         Bueno, Carlos. Dentro de unos minutos mis compañeros entrarán a tomarte declaración. Pero  tengo curiosidad por conocer el resto de la historia.

Carlos sonrió nuevamente.

 – Realmente, no hay mucho más que contar que no puedan haber supuesto ya. Después de que el muchacho saliera corriendo, Galindez se dedicó a perseguirle por todo el hospital dejándome a mí en el puesto de control. A través de los monitores pude seguir toda la escena. Alberto estuvo a punto de descubrir a Galindez  persiguiendo al muchacho desnudo, por lo que en aquel momento pensé que lo mejor era abrirle la puerta y facilitarle la fuga. De modo que, desde la cabina de control, le abrí la puerta.

-         Y aprovechaste la ocasión para agenciarte la cinta. ¿No es así?

-         Así es. La escondí entre las ropas del muchacho, y después fui a la celda y deposité la ropa en el suelo. Pero Galindez debió de echar la cinta en falta y quiso joderme. El resto ya lo saben.

Tras la breve conversación, entraron en la sala más policías para completar el interrogatorio. En medio del mismo, los altavoces del centro reclamaron a la detective Botta para que se presentase en el Hall.

El muchacho fugado había robado un coche.

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