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lunes, 20 de febrero de 2012

7-MORADA DE DEMONIOS -VIAJE AL PASADO II



Al asomarse sobre las aguas, tras la cabeza del lobo grís y embutido entre sus fauces, surgió  reflejado el rostro moreno de un muchacho de ojos castaños y mirada limpia, que saciaba su sed sirviéndose de una mano para beber. Llevaba como única vestimenta una piel de lobo, que le colgaba por la espalda, y un cinturón del que pendía un primitivo cuchillo.  Tomás veía a través de aquellos ojos el mundo que le rodeaba. Ojos escrutadores acostumbrados a ver en la oscuridad.


- Iky Dhal – Escuchó Tomás a través del muchacho

El muchacho alzó la mirada y contempló tras él la silueta de una mujer desnuda, ataviada únicamente con collares, recortándose contra el firmamento estrellado. La luna llena brillaba en todo su apogeo y cerca de ésta, un fulgurante cometa  surcaba los cielos. Tomás creyó entender que las palabras que había escuchado en boca de aquella mujer debían de corresponderse con el nombre del muchacho que vestía de lobo.

La muchacha se dio la vuelta y el chico lobo la siguió de cerca.  A no mucha distancia acampaba su tribu, velando aquella  noche en medio de un ritual de danza al son de roncos tambores tallados en madera y cubiertos con los intestinos de algún animal. Los guerreros, con sus rostros tintados de tierras blancas y rojas,  danzaban junto al fuego imitando en sus movimientos el sigiloso andar de los lobos y alzando sus armas en un rito ancestral, mientras los jovenes y ancianos se sentaban desperdigados por los alrededores, consumiendo en cuencos de barro la sangre de un animal sacrificado que era servida por las mujeres.

La chica ofreció a Iky un cuenco de sangre que este rechazó, cosa que alegró al espíritu huésped de Tomás, que sintió repugnancia por aquella bebida. Ella no se ofendió y, mojando las yemas de los dedos en  el contenido del cuenco, le marcó dos líneas rojas en la mejilla izquierda.

El jefe de la tribu surgió de las sombras emitiendo un agudo y reverberante grito. Los tambores quedaron en silencio y toda la tribu se levantó, siguiendo los pasos de su jefe, abandonando en el campamento todos sus enseres.  El grupo se encaminó con lentitud zigzagueando hacia la cima de una colina coronada por una planicie, semejante al tocón de un gigantesco árbol.  Allí aguardaban otras tribus ataviadas con pieles de animales que al verles llegar profirieron gritos de bienvenida.

En la cumbre de la colina, ardía una gran hoguera. Sus ascuas se elevaban incandescentes hasta perderse en el cielo estrellado. Un anciano ciego, de ojos cubiertos por un velo blanco y ataviado con collares, plumas y pieles de animal se sentaba en solitario ante ella. Rodeando el fuego se cernía  un círculo de pequeñas piedras brillantes y algo más lejos, una tosca muralla construida con  piedras apiladas. La muralla estaba abierta con cuatro puertas orientadas en la ruta del sol y flanqueadas por  grandes menhires.

Tres tribus aguardaban, cada una junto a un menhir, la llegada de los que vestían de lobo. Solo después de que la última tribu hubiera ocupado su sitio comenzaría una extraña ceremonia.  De cada menhir surgió un hombre, dando unos pasos al frente hasta llegar al borde del círculo mágico. Cada uno vestía con una piel de animal diferente. Lobos, osos, ciervos y alces se habían reunido aquella noche. Los cuatro hombres se detuvieron al borde del círculo de piedras y solo entraron al recinto donde ardía la hoguera cuando en anciano ciego se lo permitió, sentándose el jefe de la tribu de los lobos junto al anciano. Las tribus, rodeando el perímetro marcado por la muralla,  asistían al encuentro de los jefes. Entre aquella multitud silenciosa, se encontraba Tomás, contemplando la escena a través de los ojos de aquel muchacho primitivo.

El anciano comenzó a hablar en un lenguaje que resultaba  para Tomás desconocido, ya que no entendía el significado de las palabras, pero a la vez simple e inteligible, pues de alguna manera acertaba a comprender el significado de aquellos sonidos guturales. De pronto, el hechicero ciego se puso en pié y, a pesar de su ceguera,  señaló con total precisión  al cometa que surcaba los cielos. Todos los asistentes volvieron en un murmullo sus miradas al cielo.  Tomás comprendió entonces que la reunión de aquella noche tenía relación con la misteriosa estrella.

El hechicero canturreó una canción improvisada en la que  relataba un sueño. Durante la noche anterior, había sentido el calor de aquel cometa, que se acercaba al mundo en busca de su destrucción. Sus antepasados, que habitaban en él, le habían hablado. El padre de su padre le advirtió que ocurriría, pues la historia se repetía desde tiempos arcanos. La estrella caería desde el firmamento sobre el seno de las aguas y el mar despertaría de su tranquilo letargo, asolando con furia toda la tierra. Una negra nube cubriría el cielo durante muchas lunas e Inmensas olas sepultarían toda vida en la tierra. Hombres y bestias serían arrastrados por  lluvias infinitas o por la fuerza de gigantescas olas, hasta los límites del mar. Allá donde sólo los peces y las aves sobreviven.

El consejo, consternado ante la magnitud de tales revelaciones,  preguntó al hechicero si estaba seguro de su predicción. Este respondió que los signos eran claros, pero en cualquier caso nada en este mundo es seguro. Todo dependerá finalmente de la voluntad de los dioses. El jefe de los ciervos pareció creerle y preguntó  cuánto tiempo les quedaba para esconderse de la ira de los dioses antes de que el funesto designio llegara a cumplirse. El anciano volvió su rostro hacia el cometa y sintió cercana su presencia. Tras un pequeño canturreo, respondió que el cometa llegaría con  la próxima luna.

Tras el pésimo augurio, todos agacharon la cabeza y guardaron silencio. Después se inició un leve murmullo que, al cabo de un rato, fue en aumento. Así hasta que el jefe de los osos alzó su garra y proclamó que los osos viajarían hasta la montaña más alta en donde sus gruesas pieles les protegerían del frío. Allí buscarían la morada de los dioses y les pedirían clemencia con un sacrificio.

La propuesta del jefe oso fue recibida con un murmullo de aprobación entre su tribu y signos de asentimiento entre alguno de los otros miembros. Pero el jefe de los Alces también tenía otra idea, y proclamó que su tribu viajaría a las cuevas de la montaña en donde los hombres más antiguos una vez habían vivido. Allí trabajarían recogiendo leña y alimentos, que guardarían en el fondo de las cavernas para ocultarla de la ira de los dioses.

Cuando el jefe de los alces hubo callado, el lobo jefe, hijo del hechicero, se levantó de un salto. Alzando su mano arengó a las tribus indicándoles que construirían una gran canoa en la que albergarían una pareja de animales de cada especie. Trabajarían día y noche sin descanso y cuando el mar arrasara la tierra ellos flotarían sobre su superficie hasta encontrar un nuevo hogar allá donde el destino los llevase. Tomás no la consideró una propuesta muy sensata, pero los lobos gruñeron con aprobación. Comenzarían los trabajos a la salida del sol,  pues no había tiempo que perder.

El anciano habló de nuevo. Agarró la mano de su hijo y entre canturreos, proclamó ante todos que se encontraba viejo para sobrevivir a ninguna aventura que el destino pudiera depararles. Las fuerzas le habían abandonado y su paso por este mundo estaba cumplido. Pero el espíritu de sus antepasados no debía de morir con él. Debía pervivir en los de su sangre para guiarles a través de la oscuridad cuando el sol del destino les volviese la espalda. Dicho esto, ofreció a su hijo el cuchillo sagrado, tallado de las piedras que una vez cayeron del cielo por el más antiguo lobo del clan y desnudó su cuello, despojándose de su ropaje hasta la cintura. El jefe lobo lo miró horrorizado. Desde que tuvo uso de razón, había temido que llegara ese momento.

Según las creencias de la tribu de los lobos, quien bebiera la última sangre viva de un hombre, aquella con la que se esfuma la vida, adquiriría de él no solo sus cualidades espirituales y su fuerza, sino también todos los recuerdos y conocimientos atesorados a lo largo de su existencia. Por ello, desde tiempos inmemoriales, cuando el portador de este don divino presentía que el fin de sus días estaba próximo, hacía llamar a su heredero de sangre para iniciar el ritual. De este modo, la memoria de generaciones enteras conseguía perpetuarse  en el cuerpo y alma del elegido, poseyéndolo como si de un libro en blanco se tratase.

Tras dudar un instante, el jefe de los lobos seccionó de un tajo la yugular de su padre y, entre lágrimas, sorbió lentamente la sangre que manaba del cuerpo del hechicero. Este último, adormecido entre los brazos de su hijo, comenzó a sonreir como si un sol brotase en el interior de su alma, hasta que finalmente cayó desvanecido.

Al morir el viejo hechicero, el jefe de los lobos se levantó como si le hubieran herido de muerte, para luego caer de rodillas entre desgarradores gritos, mientras se abrazaba a sí mismo como si un puñal de hielo le atravesase. Después cayó desvanecido. Las mujeres de la tribu recogieron su cuerpo exánime y le trasladaron al poblado, en donde pasó la noche cubierto de pieles y presa de una extraña fiebre.

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