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domingo, 21 de febrero de 2016

LA MUERTE NO ES EL FINAL




- “Señor Peláez. Sabemos que está allí. Abra la puerta”.

Los golpes de la policía sobre puerta del piso resuenan en mi cabeza. Después, una pausa entre murmullos presagia el fatal desenlace. Los ojos de los vecinos se asoman tras las mirillas en la penumbra de la escalera y sus oídos; con el fonendoscopio pegado al delgado tabique, auscultan la situación con el corazón tan en vilo como cuando en la televisión emiten Gran Hermano. Otro desahucio en medio de la gran crisis. ¿Quién será el siguiente?  Nunca pensé que ese podría ser yo. Toda la vida trabajando para verme al final en esta situación.  Después de haber pagado quince años de los veinte de la hipoteca del piso, me echarán a la calle como a un perro. El piso lo venderán por una miseria a un subastero  gordo que fuma un puro, lleva una camiseta de tirantes sudada y  una cadena de oro anudada al cuello y yo lo veré desde la calle mientras se aleja en su Ferrari a toda prisa. Pero allí no acaba la historia.  La subasta no cubrirá mi deuda y todavía deberé dinero al banco. Serán los dueños de mi vida. Siempre lo fueron, pero al menos antes tenía un techo que creía mío. Me convertiré en un esclavo del mundo moderno, en un proscrito  condenado a vagar por las calles con el salario embargado de por vida.

 El silencio se ha roto.  Los chirridos de la cerradura, forzada con desdén por el cerrajero,  emiten una sinfonía dodecafónica que produce dentera. Es hora de acabar con todo. La gasolina que robé anoche ya cubre el suelo de parquet del salón. Me preocupo por dejar todo bien empapado: cada mueble, cada mesa, cada alfombra… Finalmente, enciendo un cigarrillo con mi pequeño zippo mientras la cacofonía del cerrajero deja de sonar y la puerta de la calle se abre.

-         ¡Malditos cabrones! ¡Sólo tendréis las cenizas de mi vida!.

Una barrera de llamas me aísla del retén de policía, del cerrajero de mono azul, del  señor de gafas con carpeta en la mano, de la portera que simula barrer la escalera y de los vecinos estirando los cuellos como serpientes a través de las puertas entreabiertas de sus pisos. Al contemplarlos  me viene a la mente la idea de que el infierno está tras esas llamas y yo debo acabar.

Miro hacia atrás y por un instante una alucinación se apodera de mí: me veo ascendiendo en medio de una nube de cristales desde el patio hasta cruzar el ventanal de la terraza. Una fría ráfaga de viento me atraviesa como un escalofrío . Los cristales fragmentados que  ascendieron junto a mí  van colocándose uno tras otro, en perfecto orden hasta restaurar la transparencia del vidrio. He visto mi futuro. Es hora de emprender el vuelo.

La caída resulta interminable. Por fin llego al suelo. Mi cuerpo se estampa pero el alma rebota. Contemplo desde el aire mis restos destrozados en medio de un charco de sangre mientras el mundo se nubla como si fuera de noche, dejando al descubierto un vórtice luminoso, como una cueva con paredes de luz que me absorbe hacia su interior. Al fondo aguardan dos grandes puertas doradas erguidas sobre nubes de algodón  en medio de un fulgor  azul. Don Eustaquio, el cura de mi pueblo,  hombre encorvado de manos retorcidas como sarmientos, me espera vestido con túnica blanca junto a una de las puertas. Hace ya unos años que abandonó el mundo de los vivos. Todavía recuerdo los capones y tarascadas que me propinaba cuando era niño, pero no le guardo rencor.

-         Lo siento, hijo, pero no puedes pasar.. ¿Es que no te he enseñado nada? Aquí no admitimos a los suicidas. De modo que... Hala. Arreando por donde has venido.


-         Pero Don Eustaquio. No puedo volver. Mi cuerpo está destrozado....
-          
-         Bahbahbah.... ¡Excusas!. Busca otro cuerpo y reencárnate o si no, vete al infierno.


De pronto, el cielo desapareció y nuevamente me encontré en una cueva, sólo que esta vez sus paredes estaban hechas de carne sanguinolenta. Me muevo como un pez en el seno de un líquido amarillento intentando buscar una salida y finalmente hallo una luz al final del túnel. Un doctor con guantes, gorro, mascarilla y bata verde me extrae de la cueva con cierta violencia. El dolor me hace llorar.


Y después... la vida en un instante. Pequeñas instantáneas de mi nueva existencia: Mi primer día en el colegio, mi bicicleta, mi boda, mi divorcio, el baile... Las luces del estroboscopio girando sin piedad frente a mis ojos, encendiéndose y apagándose en un ritmo cadencioso y destellante. Gente bailando en la discoteca  entre  flashes de luz en medio de una sucesión de imágenes que retroceden en el tiempo. Una azul golpea sin descanso mi retina, arrancando de los nervios ópticos una pila de imágenes grabadas en mi memoria mientras el sabor agrio de un cóctel farmacológico, suministrado vía intravenosa, invade mi garganta abriéndose paso hasta el cerebro a través de la carótida.


 Finalmente, las luces se detienen. Me encuentro atado en una especie de silla de dentista, en una habitación de paredes blancas y lisas con un hombrecillo miope  vestido de negro que me mira con fijeza.


-         ¿Señor Peláez?

-         ¿Siii?

-         Permítame que me presente. Soy Gutiérrez, del Banco Financiero de Inversiones. Usted firmó esta hipoteca en su anterior vida. ¿Lo recuerda ahora?. Como podrá comprobar en la cláusula quince, su alma nos pertenece hasta la totalidad del pago del préstamo otorgado más los intereses de aplazamiento, que esperamos poder cobrar en su actual reencarnación. ¿O acaso pensaba que se iba a largar de rositas sin pagar?

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