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martes, 16 de febrero de 2016

ASESINATO EN AZUL





Las puertas de la mansión gris permanecieron abiertas todo el día por los funerales del marqués. Lo habían encontrado muerto en el salón de fiestas, sentado en el sofá junto a la chimenea y ataviado tan solo con sus botas de jinete y una bauta de porcelana blanca ocultándole el rostro. El rigor mortis ya era patente cuando la policía acudió al lugar y parecía haberse ensañado especialmente con una parte de la anatomía, pues la erección que mostraba era tal que, al ataviar al difunto con su último traje, el funerario optó por dejar la bragueta abierta al resultarle del todo imposible el cierre de la cremallera. Para subsanarlo, colocó estratégicamente un ramo de crisantemos entre las manos macilentas y amarillas que venían a juntarse más abajo del pecho, pero tras la visita de un amante de lo ajeno que se encaprichó del ramo para un requiebro, afloró en el difunto un capullo grisáceo ciertamente inquietante que intentaron ocultar cerrando la tapa inferior del ataúd. Al empujar, la verga hizo palanca y el cuerpo se reclinó abisagrándose y  sembrando el terror entre los asistentes al velatorio. Los alaridos de las plañideras  terminaron alertando al personal de la morgue que acudió raudo al griterío, pero el prepucio del marqués había quedado atascado en el interior del acolchado, por lo que de nada sirvieron los empellones y hubo de emplearse una barra de uña para el descorche. Ante el dilema de socavar la tapa del ataúd o cercenar el pene del cadáver, se optó por la primera opción, por respeto al difunto y contraviniendo las instrucciones de la viuda.

 Doña Abelarda, Marquesa de Mendoza, se acercó al féretro junto a la cohorte de negras brujas que la orbitaban entre plañidos y reclinándose sobre el cuerpo de su marido, le escupió a la cara con una sonrisa de hiena: “Por fin voy a saber exactamente dónde andas, querido” .Después dedicó una gélida mirada a Sandra, la joven intrusa que, ataviada con un vestido ceñido cuya minúscula falda permitía exhibir el final de las medias contrastando con la palidez de sus muslos, lloraba desconsoladamente junto al difunto. Se había teñido el pelo de rosa, con un cardado que resaltaba su delgadez  adolescente hasta el punto de parecer un personaje de cómic  manga. La visión de su figura felina sentada junto al ataúd era  blanco de  lascivia masculina y de las lenguas  murmuradoras que arropaban a la viuda entre salmos y rosarios acompañados de té y pastas aromatizadas por el frescor floral de las esquelas.

El llanto de Sandra por su amado marqués parecía no tener fin. ¡Mal había acabado esa subasta suya de internet por la virginidad!, tesoro incalculable que el adinerado marqués se había adjudicado pujando a justiprecio. –¡Todo un marqués! – exclamó cuando se enteró de la identidad del adjudicatario, pero cuando llegó el momento de cerrar el trato, con ese frío de cojones que hacía en el salón de la mansión, el miembro del marqués sobre los pantalones a media asta no se inmutaba ante su pudoroso desnudo adolescente, escondiéndose bajo los pliegues de la carne como un caracol en su concha.

Desafortunadamente, Sandra no era de las que se rendían fácilmente. Venía preparada ante el miedo escénico, vacunada contra el terror al fracaso en aquel primer encuentro sexual que habría de recordar para siempre. Para ello había acudido previamente a unas clases privadas que impartía su hermana Matilda, Escort de profesión y apasionada por el bondage. Ya se sabía que los marqueses eran algo raritos, que les gustaba eso del látigo y beber sangre. De modo que, mientras el marqués se afanaba en encender la chimenea, ella se atavió de odalisca enmascarada y  preparó un brindis en honor a Baco junto al fuego, con un cáliz de néctar y ambrosía al que añadió doce pastillas azules.

El marqués, semidesnudo, se prestó a la mascarada ocultando su rostro tras una   Bauta  amarfilada de anchas narices y grotesca boca picuda que le proporcionaba un cierto aspecto cavernícola mientras Sandra hacía sonar un CD en el equipo del salón sonriendo seductoramente.

-          Te llamaré mi troglodita. Mi troglodita peludo. Estoy a tu disposición para lo que gustes. ¿Quieres verme bailar?.

Sandra se alejó unos pasos y comenzó cimbrear sus caderas, agachándose y abriendo los muslos con las manos sobre las rodillas. Dos pezones rosados, desafiantes tras una telaraña de oro y gemas brillantes se alzaron sin asomo de flaqueza sobre la redondez de unos senos de ninfa, desafiando a la gravedad. El vientre se meció descubierto, adornado con una perla solitaria destellando en el ombligo, desnudo hasta los dominios de Venus, donde un cinturón dorado atrapaba de modo imposible una vaporosa falda de seda rodeada de pañuelos. Las pulseras de los brazos tintineaban metálicamente, mecidas por el ritmo de la danza mientras uno a uno, los pañuelos iban desapareciendo. Después llegó la espada. El filo de la hoja descansó sobre su brazo derecho, en perfecto equilibrio, respetando la carne como si de lugar sagrado se tratara. La lanzó al aire, recogiéndola desde el suelo entre los muslos y esgrimiéndola en círculos sobre la cabeza con la habilidad de un consumado espadachín. Su lengua recorrió la reluciente hoja y comenzó a hacer el amor con ella. Las manos, la carne, la piel entera parecían apartarse ante la dureza del metal y no obstante, lo dominaban, lo acariciaban envolviéndolo como agua y convirtiéndolo en instrumento de placer.

Al terminar la danza, todo vestigio de tela había desaparecido del cuerpo virginal de Sandra. Se acercó al marqués impulsada por sus piernas interminables, blancas como la nieve, hasta que la bauta colisionó en el frondoso valle donde las almas se perdían. El marqués exhibía una gloriosa sonrisa de triunfo, con un pequeño reguero de baba azul surgiendo de la comisura de los labios. Sandra se arrodilló a los pies del marqués y orgullosamente comprobó el fruto de sus esfuerzos: un inconmensurable brote verde que sin dudarlo se llevó a la boca. Fue entonces cuando advirtió que el marqués no tenía pulso.


El comisario Cornelio no albergaba la menor duda. Las pistas que aguardaban en comisaría apuntaban a una sola dirección:  fue ella. Al final tenía que ser una mujer. Son siempre ellas las que suelen liarlo todo, hasta el punto sin retorno en que el mundo se derrumba a tu alrededor dejándote frente a la montaña de ruinas que alguna vez fue tu vida. Sidenafil, decían unos. Tadafil, decían otros. Asesinato, decía la policía. Qué importaba ya. Al final, el frondoso árbol que otrora fuera el marqués había caído, víctima de una solicitud excesiva, y de la madera seca, con el mástil erguido, navegaba surcando los vientos del mas allá un velero renacido.


Por fin llegaron los barítonos del orfeón de Moratalaz, compañeros cofrades del marqués, ataviados con smoking negro. Tras una reverencia al difunto, la tapa del ataúd fue cerrada y el féretro izado a hombros por la cofradía  para su traslado al camposanto familiar de la mansión. La viuda y la joven Sandra  encabezaron el cortejo de las mujeres, caminando juntas tras el cadáver. Sandra no paraba de llorar, hasta conmover a la fría marquesa que de vez en cuanto  la miraba apretando los labios pensando: “¡Ayyyy... Tan joven y ya asesina!”.

-          Anda y suénate, chiquilla, que pareces una fuente – exclamó la marquesa alargando un pañuelo a la joven. - ¿Tanto querías a mi marido?
-          Noooo... Si yo no le quería.
-          ¿Entonces, por qué lloras?
-          ¡¡Porque aún soy virgen!!

Un silencio incómodo se apoderó del momento, prolongándose hasta que toda la comitiva estuvo reunida al pié de la fosa. Fue entonces cuando  Doña Abelarda sonrió a Sandra, abrió su bolso y extrajo de él una bolsa en la que guardaba cuatro cajas de Cialis vacías.

-          Este medicamento lo tomaba mi marido. No sé por qué lo he guardado, pero sin duda, la policía hallará aquí sus huellas y el caso de asesinato se resolverá con un suicidio.

Y mientras las graves voces de la cofradía se unían bajo el cielo para acompañar al ilustre ciudadano en su último viaje, las dos mujeres se besaban en los labios apasionadamente. ¡Cuánto amor había dejado el Marqués!. No pudieron evitar derramar sobre el féretro una lágrima que habría de brotar en primavera, junto con una inusitada actividad de capullos azules. ¡Así mueren los héroes! ¡Cumpliendo con su deber! ¡Con las botas puestas como el general Custer!.

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