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sábado, 20 de febrero de 2016

INCUBUS




Los arcanos se han despertado. La sangre de mis venas vertida sobre sus bocas, fluyendo a través de la fría piedra, ha hecho su efecto. Solo es cuestión de días que recuperen sus fuerzas perdidas. La sangre les da poder. Regenera sus tejidos. Permite que la seca telaraña que compone sus vísceras deshidratadas se empape hasta formar músculos, tanto más poderosos cuanto mayor es la avidez que el ayuno genera.

Ya no son los dueños. Una nueva especie, surgida del abismo, ocupa el trono: la cúspide de la cadena alimentaria de la sangre. Los fuegos del infierno devoran su alma en el deseo más intenso. Un deseo que puede ser objeto de culto, por medio de la magia, o por el contrario puede adueñarse del corazón de un hombre volviéndolo codicioso por la belleza, por los labios más sensuales, los pechos más turgentes o el vello púbico diferente, bien por su rizado afrodisiaco, por su barbilampiña candidez o por el agreste sabor del trigo en el estío, pues tras el florido campo se oculta la tierra húmeda, la vagina que ha de ser labrada, arada, penetrada y trabajada hasta que el hijo de la naturaleza sea expulsado de su fértil vientre. Lo sé porque yo soy su padre, fruto y árbol de la semilla germinada.

Largas son las noches de verano en las que el aliento cálido del mar exhala a través de las ventanas de mujeres hermosas, sudorosas, durmiendo desnudas sin apenas una hoja de parra con la que cubrir sus pieles, un sueño húmedo con el corazón  desbocado como yegua montada sin descanso en pos del amanecer. Son esos momentos de silencio nocturno, acompasado por el canto de grillos y cigarras, los que yo aprovecho para mis galopadas nocturnas. Me descuelgo entre la niebla como una muselina vaporosa hasta el lecho femenino agitado por las olas del sueño y la pasión. Después, ellas sienten mi presencia como si una estrella viniera a visitarlas en la noche cayendo del cielo. Sus muslos se abren para mí y la fiebre de los sentidos se apodera de ambos en un anhelo sin límite, hasta que los nenúfares florecen en el rincón más íntimo.

Después sobreviene la muerte. Y con ella, la vida; la de un nuevo retoño fruto de un sueño húmedo e inexplicable; el hijo de un padre sin cuerpo, un fantasma entre la tierra y el cielo. Un vampiro.

 Cuántos hijos habré tenido que no llegaron a discernir más allá de sus orejas; bestias de carga con un solo propósito en la vida: el matadero. Pero este es diferente. Desde que era pequeño le acompañó una visión de la vida más allá de las consideraciones materiales, hasta llegar a lo oculto. Ello le hizo interesante, a la par que peligroso. Durante años seguí su peregrinar, oculto tras el pellejo de un vagabundo. Al poco, la magia afloró en él.  Primero fueron pequeños milagros, como convertir agua en vino tras verter una gota de su sangre. Después, al descubrir en el más árido de los desiertos la interminable sed que se escondía tras su espíritu, aprendió a reanimar a los muertos ingiriendo de un trago su sangre marchita. Pero todo ello no es nada en comparación a cuando decidió compartir sus secretos, mezclando en un cáliz el vino con su propia sangre y ofreciendo a sus discípulos la bebida resultante: el rito vampírico en su más pura esencia. Con ello puso en juego nuestra existencia, la eternidad que nos acompaña, el vínculo de la sangre con nuestras presas y nuestra inmortalidad, para redimir a unos seres perturbados e irracionales con la frivolidad de quien entrega margaritas a los cerdos.

No puedo matarle. Es mi hijo. Por ello esta noche, cuando la ocasión era propicia para arrancarle la vida de una dentellada, en el silencio del olivar, me he limitado a besarlo. Pero vosotros, arcanos, despertados de vuestro sueño milenario con esta sangre que brota de mis venas seccionadas no tendréis piedad. Saciareis vuestra sed muy pronto, ya que como reo fue apresado y vosotros sois los jueces que habréis de juzgarlo.

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